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    Turismo extremo

    “Terror en Chernobyl”

    Unos muchachos norteamericanos se toman fotos en el aeropuerto de Los Ángeles. Están encantados, hacen chistes, bobean: Europa oriental los espera. Primero paran en Kiev, donde se divierten, y antes de seguir viaje hacia Moscú alguien sugiere “hacer turismo extremo” y visitar la ciudad dormitorio Prípiat, hoy completamente abandonada, donde antaño pernoctaron los trabajadores de la central nuclear Chernobyl.

    Y allá se dirigen tres parejitas de turistas, bien tiernitas y risueñas, creyendo que su visita a la ciudad fantasma será un juego, un tour simpático, una pasada para tomar unas cuantas fotos originales y seguir viaje. Pobrecitos: no saben que van directo a una película de terror.

    Uri, el guía turístico, es cuadrado y pesado como una vieja heladera de las repúblicas socialistas soviéticas. Además, prestó servicio en las “fuerzas especiales”. Habla un inglés con fuerte acento ucraniano y conduce una camioneta desvencijada. Imaginen lo que puede ocurrir.

    Uno de los muchachos del grupo le ha comprado un anillo de compromiso a su novia y piensa dárselo como una sorpresa. Atención con este detalle.

    El grupete llega a Prípiat por la tarde, recorre las fantasmales instalaciones de la ciudad envenenada (“no hay problema”, dice Uri, mostrando un aparato para medir la radiactividad tan confiable como su camioneta), saca fotos a los reactores de Chernobyl que se ven a lo lejos, hace unas cuantas tonterías y vuelve al vehículo cuando ya cae la tarde. Uri se sienta al volante, pero la camioneta no arranca. Imaginen. Prueba y prueba (¡chuc, chuc, chuc!, ¡chuc, chuc, chuc!), pero la camioneta sigue sin arrancar. Se desatan los reproches en el grupo: “Te dije que no viniéramos”, “En Europa todo es viejo”, “Esta gente está atrasada”.

    Nos encontramos en el momento de mayor tensión, en la antesala de la película de terror, con las tres parejitas y Uri encerrados en la camioneta que no arranca. Y la luz que se disipa. Uri está cagado hasta las patas, más que los turistas, porque algo sabe que ellos no saben. Es lógico: el ucraniano es local, los yanquis son visitantes. Dice Uri: “Mejor pasamos la noche dentro de la camioneta y mañana vamos a pedir ayuda”. Mañana, sí, claro.

    Y aquí dejamos la cosa, con las tres parejitas y Uri encerrados en la camioneta, la ñata contra el vidrio, esperando que desde afuera, desde la oscuridad más absoluta, algo les salte, un efecto carísimo, esencial, insustituible en el cine de terror.

    No contemos más nada, no revelemos más nada. Apenas unos datos más para ubicar al espectador.

    Sí, esta es una película de bichos.

    No, no tiene efectos especiales.

    Sí, está plagada de lugares comunes.

    No, no tiene sexo.

    Sí, es del mismo productor de “Actividad paranormal”, el señor Oren Peli, también responsable del guión.

    No, no hay ningún actor conocido.

    Sí, fue rodada en escenarios naturales de Serbia y Hungría (no en Chernobyl, donde en definitiva pasaron cosas más horribles que las que ocurren en esta película).

    No, no es espantosa, más bien es una serie B total.

    Sí, el final se remata con una canción metalera plagada de guitarras guerreras y voces radiactivas ucranianas que seguramente gritan: “¡Esto es Europa oriental y no vengas a meter tus narices aquí, yanqui motherfucker!”.

    “Terror en Chernobyl” (“Chernobyl Diaries”). EEUU, 2012. Dirección: Bradley Parker. Guión: Oren Peli. Con Jesse McCartney, Jonathan Sadowski, Olivia Dudley, Ingrid Bolsø Berdal, Dimitri Diatchenko. Duración: 86 minutos.

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