N° 1683 - 11 al 17 de Octubre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDe los pocos reveses con los que debió confrontarse Claudio Monteverdi en su carrera siempre ascendente, “Il combattimento di Tancredi e Clorinda”, ópera o casi ópera sobre textos del Canto XII de la “Jerusalén Libertada”, compuesta para el carnaval de 1624, fue uno de los más agudos y sonoros. Cuando se estrenó en el Palazzo Dándolo, de la familia Mocenigo, los amigos del dueño de casa, habitual mecenas del músico, no ocultaron su reticencia e incomprensión y se dieron a murmuraciones en las que se reprochaba a Monteverdi la osadía de separar la orquesta de los actores, enfrentados como en dos palcos. Y también se le acusaba de jugar con recursos expresivos de la voz demasiado complejos o abstractos. Para el artista, que ya había cobrado por la pieza, no fue grave este primer efecto; tan involucrado se sentía con la historia, tan cercana al espíritu del texto fue la estructura melódica y tan centrado en el episodio el ímpetu dramático que puso, que en verdad le importó bien poco no escuchar los habituales halagos que toda obra suya apenas estrenada venía suscitando.
El poema de Torcuato Tasso, en su perfectísimo equilibrio, tiene, es cierto, diversos focos de intensidad a lo largo de sus veinte cantos, todos apasionantes (la aparición del Arcángel a Goffredo o la memorable infatuación de Rinaldo) combinando la épica con el romance, el registro fantástico con el realismo más cercano, la pura crónica de combates con el alegato espiritual y patriótico. Pero el buen ojo de Monteverdi ha sido también el buen ojo de la historia de la literatura: nada se parece al gran momento del encuentro entre Clorinda y Tancredo sobre la segunda mitad del Canto duodécimo. La historia, en su resumen, es más o menos así: Clorinda, sarracena, se ha propuesto deslizarse por detrás de las líneas cristianas e incendiar una torre que es base de la conquistada defensa de Jerusalén. Poco tiempo antes se había cruzado con el caballero cristiano Tancredo, quien quedó secuestrado por su belleza y su sensualidad; ella, aun con el pesado traje de combatiente, también sintió esa apelación primordial en el medio del pecho, en lo profundo de los ojos y en la inesperada humedad de sus labios. Pero más fiel a su reino que a sus sentimientos, decidió seguir adelante con la guerra. Es así que se vuelve a encontrar con Tancredo, esta vez bajo la forma de combate singular y ataviada con inexpugnable armadura.
El relato nos dice que Tancredo comenzó a perseguir a su contendora, quien se da vuelta y le increpa:“¡Oh, tú que así vienes corriendo! ¿Qué me traes? ‘La guerra y la muerte’, responde el caballero. ‘Pues tendrás una y otra —replica ella—: Nunca me niego a darlas a los que la buscan’, y se para, aguardándole a pie firme. Tancredo salta del caballo, pues ve que su enemigo no lo tiene, y empuñando cada cual el agudo acero, se precipitan el uno contra el otro, inflamados de orgullo y de despecho, cual dos toros celosos e irritados”.
De creciente violencia es el combate: “Los dos guerreros no paran, no desvían los golpes, no acuden a la destreza. Las sombras y el furor les vedan valerse de la astucia. Sus aceros chocan con violencia; sus pies permanecen siempre en el mismo sitio, mas no dan reposo a sus brazos, ni disparan en vano ningún golpe”.
En esta parte el narrador se sirve de la reflexión para marcar el tono exacto de la inminente anagnórisis, eje de la tragedia: “Se miran el uno al otro, apoyando sus rotos miembros en el pomo de sus espadas. Los primeros rayos del día, que asomaban en el Oriente, eclipsaban ya el resplandor de las últimas estrellas, y Tancredo se alegra y llena de orgullo al ver que apenas está herido y que la sangre de su rival riega el suelo con abundancia. ¿Oh, loca mente humana, que tan fácilmente se envanece al primer soplo de la fortuna! Infeliz, ¿de qué te alegras? ¡Ah! Tu triunfo será triste, y terribles tus laureles; cada gota de aquella sangre te costará, si vives, un torrente de lágrimas. De este modo los dos guerreros descansaron un poco mirándose en silencio. Tancredo lo rompió el primero para preguntarle el nombre a su adversario”.
Finalmente se produce la aparición de la verdad, y con ella la eterna mortificación de Tancredo: “Tancredo dirige la punta de su acero al blanco seno de la joven, y penetra en él y bebe con avidez su sangre, tiñendo de encarnado el vestido tejido de oro, que suave y tiernamente, ceñía poco antes los senos. La guerrera se siente morir; sus débiles piernas ceden al peso de su cuerpo. Mas Tancredo quiere completar su victoria; amenaza y estrecha a la virgen herida, la cual, al caer, pronuncia con voz apagada sus últimas palabras: “Venciste, amigo —dijo—, te perdono; perdona tú también, no a mi cuerpo, que nada teme, sino a mi alma. ¡Ah! Ruega por ella, y dame el bautismo, que debe lavarme de todos mis pecados”. Resuena en aquellos lánguidos acentos un no sé qué de dulce y melancólico, que penetran en su corazón, apagan en Tancredo todo enojo y le hacen asomar las lágrimas a los ojos”. (Editorial Iberia, Barcelona, 1965, páginas 190-202)
Es uno de los momentos más dolorosos que como lector he vivido.