N° 1663 - 24 al 30 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa medida de la importancia de Antoine Arnauld en el mundo de la cultura está dada por el resuelto interés de Leibniz en conocer su opinión acerca de ciertas proposiciones de orden metafísico y teológico que el filósofo estaba discurriendo hacia 1686. No sabiendo cómo contactar directamente al sacerdote que a la sazón se encontraba en Bruselas exiliado de su querida academia de Port-Royal, Leibniz establece contacto con el príncipe de Hesse, un antiguo protestante convertido al catolicismo, para que le haga llegar sus preguntas y su ruego de una opinión calificada sobre el curso de sus investigaciones.
Luego de no pocas tribulaciones, el filósofo, mediante un carta fechada el 16 de febrero, le encarece al príncipe Ernesto sobre ese extremo, pues entiende que habida cuenta de que Arnauld “sobresale igualmente en la teologíoa y en la filosofía, en la lectura y en la meditación”, no encuentra nadie “más adecuado que él” para juzgar acerca de la orientación que habría de darle a su trabajo sobre la naturaleza de Dios y la relación para con sus creaturas. Se trata, en puridad, de un no pqueño inventario más o menos ordenado que incluye 37 puntos; el primero de ellos versa sobre la perfección divina, “ y que Dios hace todo de la manera deseable”. El segundo se ocupa de los que “sostienen que no hay bondad en las obras de Dios, o bien que las reglas de la bondad y de la belleza son arbitrarias”. El último de los puntos sumariados dice: “Jesucristo ha revelado a los hombres el misterio y las leyes admirables del reino de los cielos y la grandeza de la suprema felicidad que Dios depara a los que aman”. Algunos de los otros puntos consultados son: utilidad de las causas finales en la física; en qué caso nuestro conocimiento va unido a la contemplación de la idea; la teoría platónica de la reminiscencia; en qué consiste un conocimiento claro y oscuro, distinto y confuso, adecuado o inadecuado, intuitivo o supositivo, definición nominal, real, causal, esencial.
Poco menos de un mes más tarde, el 13 de marzo, Arnauld le responde con cierto desgano al príncipe; la carta, muy breve, denota que se sintió abrumado por tanto requerimiento. Pero hay algo más: en realidad no entiende qué pretende Leibniz, y se lo hace saber al intermediario. Le dice que está resfriado, pero que ese no es su problema mayor, sino que encuentra en el inventario “tantas cosas que asustan”, y que todos los hombres encontrarán por demás “chocantes” por esa razón. Y, si bien agradece los elogios y la deferencia del filósofo, prefiere no gastar su tiempo en atender tanta demanda dispersa. Para rematar su no simpática carta, le manda decir al luterano Leibniz, que por entonces intentaba unificar todas las iglesias cristianas, para lo cual realizó diversas gestiones en Roma, que se despierte de una vez a la salvación y se deje de rodeos: “¿No valdría más que dejase estas especulaciones metafísicas, que no pueden ser de ninguna utilidad ni a él ni a los demás, para aplicarse seriamente a la mayor tarea que pueda jamás tener, que es asegurar su salvación ingresando a la Iglesia, de la cual no han podido salir las nuevas sectas sino haciéndose cismáticas?”.
Comprensiblemente, Leibniz reaccionó con asombro; no entendió cómo alguien de la reputación de Arnauld podía responderle de un modo tan desasosegado. Se lo hizo saber al príncipe, y el príncipe se lo hizo saber al clérigo de Port-Royal y éste, como buen caballero, decidió afrontar a su corresponsal directamente y pedirle disculpas por sus extremos, aduciendo confusión, fatiga y molestias externas. Desde ese momento es que, en rigor, comienza el fecundo intercambio entre los dos filósofos acerca de la índole del saber humano frente al poder y el amor de Dios, acerca de las cuestiones últimas de la realidad , y también respecto de la crucial cuestión en esa época de los límites del conocimiento del hombre frente a la voluntad divina.
La editorial Losada (que distribuye Océano) publicó en su muy buena colección de filosofía las cartas de referencia. Para el lector común, quizá prometan muy poco esos textos, pero para quien avanzó un poco en la agenda intelectual del siglo XVII, donde era perentorio encontrar respuestas mecanicistas a todas las cuestiones, especialmente a las más alejadas de ese restrictivo encuadre (como las cuestiones metafísicas o teológicas), el diálogo entre los filósofos es iluminador e incita a nuevas lecturas, a las que también orienta. Y eso es, habida cuenta de la profusión de tantos y no tan buenos libros de historia de la filosofía, algo que mucho debe valorarse.