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    Un juglar para Beethoven

    Columnista de Búsqueda

    N° 1697 - 17 al 23 de Enero de 2013

    Parte de la buena fama inicial que tuvo Wagner la debe a su excelente trabajo sobre las obras de Beethoven, a las que transcribió para piano con delectación escolar y más tarde dirigió como quizá pocos lograron hacerlo en su tiempo. Reflejo de esa consagración es una colección de escritos dispersos en sus obras completas que algún editor avisado decidió reunir para conocimiento y solaz del aficionado a las ideas musicales del artista cuyo bicentenario sigo celebrando.

    Bajo el obvio título “Beethoven”, la casa Gallimard, de París, publicó en 1937 una traducción directa del alemán que reúne escritos variados de Wagner acerca de distintos aspectos de la creación de aquel artista a quien Viena supo darle la espalda sin más ceremonia que una mísera mención entre la constelación de notables cuya música entretenía a la corte. Tengo el ejemplar numerado con el registro 41 de esa noble edición, obra que no dejo de consultar toda vez que debo confrontarme a la evolución de los dilemas estéticos del romanticismo y en particular a esa extraña conjunción de demanda sagrada y de apelación laica que es la Sinfonía en Re Menor, sobre la que Wagner escribió la mejor página que jamás se haya escrito o se vaya a escribir en los próximos mil años.

    Consta este libro de seis capítulos, de los cuales el segundo se compone de los apuntes a propósito de la ejecución de la IXª sinfonía que el autor propuso con fulminante suceso en Dresde en 1846; el tercero abunda en la misma sinfonía, solo que se trata esta vez de una invencible explicación de los elementos expresivos; el cuarto capítulo es un buen estudio de la tercera sinfonía, análogo en pretensión y encuadre al que formulara de la novena; el quinto capítulo indaga genéricamente en ciertos aspectos de la obertura Coriolano; la última parte es el texto con el que Wagner celebra, en 1870, el centenario de Beethoven; se trata, ante todo, de una semblanza existencial, de un acercamiento al universo fenoménico y espiritual de Beethoven tan bueno como el que Baudelaire formuló a propósito de Poe, Max Brod sobre Kafka, Sartre sobre Flaubert. Todos estos textos son interesantes, los recomiendo, ruego su lectura.

    Pero lo que verdaderamente me parece único de este libro es el primer capítulo, que no es una glosa biográfica ni tampoco un análisis o un encomio. Se trata de un simple y divertido texto de ficción, una suerte de cuento que relata las vicisitudes de un joven músico alemán que viaja trabajosamente a Viena para conocer al maestro, para recibir la Gracia de su palabra, el privilegio de su mirada, para ratificar el destino que ha elegido en esta vida y en todas las vidas posibles. Su aventura comienza muy bien: en una taberna del camino, para ganarse derecho a la comida y al hospedaje, toca algunas piezas de Beethoven, lo que suscita el acercamiento de un gravoso ciudadano inglés que tiene las mismas intenciones, que descubre en el alemán un buen medio para llegar a Beethoven, y que se le pega con el objeto de ganarle en la carrera, puesto que es fama que el músico encerrado en Viena tiene poca paciencia con las visitas y, si recibe a uno, es probable que el otro quede fuera de la bendición.

    El juego dramático de esta pequeña obra de artesanía literaria que combina hábilmente la dialéctica verosímil de las situaciones con la reflexión conceptual, tiene dos partes, a saber: las incidencias del viaje, las buenas discusiones y la diversión de las posadas, donde el alemán —narrador interno—no oculta su desdén por el insular envarado, tramposo e impertinente, y del que a la vez recibe valiosa información respecto a Beethoven, lo que le permite ir completando el cuadro entero de su admiración. En la segunda parte, ya tenemos a Beethoven en su lívida habitación de marginado como un actor que habla, que tose, que se tropieza, que desliza ironías, que grita de manera desaforada, que sabe hacer algunas bromas, que se pone serio cuando habla de música y colérico cuando habla del ambiente de la música y, lo más importante, que da consejos.

    Músico antes que escritor, Wagner liberta sus mejores duendes en el personaje de Beethoven y nos ofrece una hipótesis magnífica acerca de cómo se debe vivir enteramente el desafío de hacer música en un mundo donde la prosa y sus viles ruidos ocupan todos los escalones del poder. Proclama que la verdad en la música y en todas las artes nace de una emoción, pero no pertenece genuinamente al dominio de las emociones sino a algo más profundo, más misterioso y hasta menos personal; algo que Carl Gustav Jung décadas más tarde de manera un tanto abusiva creyó desentrañar.