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Es más bien petiso, retacón y fornido. Anda cerca de los cincuenta. Se viste bien, pero muy bien. Tanto que sus camisas se pusieron de moda, en lino azul o clarito. Para colmo, vive en una casa alucinante frente a la playa. Una de esas casas antiguas, señoriales, con balcones de mármol y muchas habitaciones. Siempre está con los ventanales del cuarto abiertos. Siempre la cama con sábanas claritas que hacen juego con los cortinados. El tipo se levanta y se tira al mar a nadar. Un mar azul con olas suaves y arena fina. Un bon vivant, un crack. “Eh, comisario, cómo va”, le grita un pescador de la zona. El policía sube a su balcón y se toma un cafecito con el torso desnudo y una toalla sobre los hombros.
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Así de sencillo es el comienzo de algunos de los capítulos de El comisario Montalbano (Canal Europa/Europa, los domingos a las 22 h con repetición los viernes a las 24), serie italiana que hace años comenzó su periplo de éxito, basada en las novelas de Andrea Camilleri, ya famoso pero siempre interesante escritor octogenario. Dicen que Italia paraba cuando daban a Montalbano en formato de serie semanal de dos horas. No es para menos, refleja el espíritu hedonista del sur de Italia, especialmente de Sicilia, donde se desarrollan todos los capítulos. Pero también el de los italianos un poco chantas, un poco lúcidos, con tremendo sentido común.
El detalle de ese arranque tan original es que en el momento en que el protagonista disfruta de la vista y de su café, lo llama el agente Catarella, personaje divertidísimo, entreverado, confuso y muy bueno con la computadora. Catarella le arruina el café, le anuncia el crimen del día, le entrevera los nombres y le saca ese humor de balneario. El comisario se empilcha y sale rumbo al lugar del crimen en su viejo y sencillo Fiat que dos por tres debe soportar el paso alocado de un Audi. Es el típico galán mediterráneo, nunca se diría que es un policía. Pero lo es y muy bueno.
Suele enfrentar dos o tres líneas argumentales que en algún momento comienzan a unirse. Las une él, claro. Porque salvo su ayudante Fazio, un joven muy serio para su laburo, el resto es un grupo de tanos medio atolondrados, buenos pero un poco desharrapados, que corren tras las órdenes de Salvo Montalbano. Entre ellos, el Dr. Augello, subcomisario y segundo al mando, un mujeriego de bigotitos y buena presencia, el típico tano que no puede mirar el mundo sin una sonrisa y una guiñada a cualquier mujer que se le cruce. Casado, con un hijo al que le puso Salvo en homenaje a su padrino. El Dr. Augello siempre anda enredado en líos de polleras, incluso algunos se entreveran en los casos. Pero es derecho. Nunca traicionaría su profesión o al gran amigo. Es como un niño al que Montalbano cuida, rezonga y encamina.
Hasta ahí, el mundo masculino de la comisaría y sus personajes. Ya con este panorama, la serie ofrece una atractiva construcción de ambientes y perfiles humanos de ese lugar maravilloso que se llama Vigata, nombre inventado que corresponde a Puerto Secco, en la punta occidental de Sicilia. La casa de Montalbano existe y es el hotel Bed and Breakfast. Vale la pena quedarse allí. Pero antes, hay que ver la serie. Y después leer algunos de los libros que cuentan las historias de este famosísimo investigador que se llama así en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, recordado autor español de Pepe Carvalho, otro personaje adorable.
El siciliano comparte el gusto por la buena mesa. Otra escena típica es su visita de mediodía a un pequeño restaurante de playa. Otro balconcito maravilloso donde el protagonista se hace un pequeño alto para comer los spaghettis con frutos de mar o un buen antipasto. Con vino. Lo interesante es que en ese tiempo televisivo, Montalbano repasa los hilos de la investigación o charla con alguien que le permite avanzar. Pero a veces, solo come. Es un tiempo dedicado a la gastronomía en plenitud, sin mayores enredos.
El espectador disfruta esos momentos de una vida cotidiana rodeada de pequeños placeres. Comparte con el comisario el gusto por la vida, la fuerza de la naturaleza, el placer de disfrutar a pesar del contraste con un mundo de criminales y mafiosos. La mafia es un dato y un elemento presente en casi todos los capítulos. Pero no es central, otra curiosidad del autor. Pone además al comisario entre la necesidad de impartir justicia y los acuerdos ingratos para llegar donde se pueda.
Pero hay más, mucho más que hace de esta oferta a destiempo un momento de invención formidable, ya un clásico de la literatura negra y de las más logradas adaptaciones a la televisión. Porque si el mundo de la serie puede sonar un poco envejecido, queda la literatura. Hay que leer esas estructuras casi perfectas, la narrativa liviana pero profunda, la sensación de modernidad que impone un autor que revitalizó el género, lejos del oscurísimo Wallander o los CSI de turno, también de los clásicos como Agatha Christie o incluso el inspector Maigret, otro referente policial. Porque detrás está el escenario y su gente, notablemente explotado y traducido a la pantalla. Están las callecitas y el entorno histórico y arquitectónico de Vigata. Un lugar fantástico que el autor conoce muy bien.
La adaptación hecha por el propio Camilleri está montada sobre el pueblo y su gente, sobre el paisaje aldeano y centenario. Las casas de piedra, los patios enjardinados, los jarrones etruscos, las ruinas romanas. Los vecinos, actores sin experiencia que llenan el aire de verdad y pasión. La maravillosa y plena actitud popular, al rayo del sol, con la ropa colgada y los gritos destemplados. El viejo con el burro que camina en las afueras y casi siempre da una pista, el hombre de campo, la mujer veterana que ve llegar al comisario y lo recibe con buñuelos y un licorcito. Todo con una dosis de humor y un tiempo televisivo casi exclusivo, que pocas veces uno puede disfrutar en la producción occidental. Ni lento ni vertiginoso. Justo, como es el personaje central —interpretado por Luca Zingaretti— que a veces se calienta, pero no demasiado, que es buen tipo, centrado, un poco inocentón, defensor del patrimonio local, que pocas veces usa un arma. Piensa y va organizando el puzzle. Por si fuera poco, atractivo para las mujeres de las que a veces huye porque pretende mantenerse fiel a Livia, una rubia ya grande, espectacular mujer que vive en otra ciudad. Generalmente duerme solo, aunque a veces aparece Livia, su relación de años que sostienen a fuerza de teléfono y visitas esporádicas. Un fenómeno Montalbano, el personaje para la mediana edad, el sujeto al que todo buen hombre quisiera parecerse. Sin dobleces ni tonterías. Un justiciero en el Paraíso, para los tiempos que corren donde casi ya no quedan paraísos.