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    Un libro sobre las Américas que fueron y son

    En cierta ubicación del centro de Londres se encuentra una muy venerable y cuestionable institución: el Museo Británico. Venerable por su historia, significado y por el innegable aporte al conocimiento científico que se ha desarrollado dentro y en sus alrededores desde su fundación en el siglo XVIII.

    En ninguna otra parte del mundo, salvo tal vez en su directo competidor, el Louvre de París (aunque este es más un museo de arte que uno antropológico-etnológico como el Británico), puede encontrarse una reserva semejante de siete millones de objetos que representan todo el desarrollo de la humanidad, desde un hacha de piedra del neolítico hasta un billete uruguayo de 2000 pesos perfectamente utilizable en cualquier almacén montevideano con cambio. Por su sala de lectura, que desde 1973 conforma una institución separada, la Biblioteca Británica, pasaron desde H.G. Welles, Oscar Wilde o Kipling hasta Lenin en 1902 y antes, famosamente, Karl Marx buscando un lugar tranquilo para estudiar y tomar apuntes, preparándose para redactar El capital.

    Los cuestionamientos, iguales a los que se les pueden hacer a instituciones similares de Francia, España y la Europa colonial en general, provienen de la rapiña sostenida que los grandes museos llevaron a cabo a lo largo y ancho del mundo durante los siglos pasados. Rapiña, porque literalmente, escudados en la investigación científica y en el poderío colonial, se llevaron lo que quisieron de donde quisieron. Así es como se pudo descifrar la piedra de Rosetta en el Museo Británico, cierto, pero así también se despojó a Egipto de una pieza importantísima de su historia. Y al día de hoy el turista que quiera empaparse de la magnificencia del Partenón griego puede ir a Atenas y ver lo que queda del templo, o trasladarse 2.400 kilómetros al norte y ver los magníficos Mármoles de Elgin, resto de los frisos y otras decoraciones del edificio. El Conde de Elgin fue quien en 1806 rapiñó las esculturas en mármol y las fletó a Londres, lo cual puede verse como un robo descarado o como una afortunada preservación, viendo el poco respeto del Imperio otomano, que dominaba Grecia en la época, le tenía al edificio. El asunto es que pese a incontables denuncias y pedidos de restitución, las esculturas siguen firmemente asentadas en Londres, y se las puede ver o se puede ver el edificio en Atenas, pero la experiencia de percibirlo todo como un conjunto en un solo sitio es imposible.

    Ventana americana

    El Museo Británico tiene innumerables ramificaciones, derivados y subsecciones. Una de ellas es el Santo Domingo Centre of Excellence for Latin American Research, dedicado a, según dicen, experimentar “con las formas en que se lleva a cabo la investigación en museos y cuestionando las representaciones tradicionales hechas sobre Latinoamérica”. El Centro Santo Domingo, entre otras tareas derivadas, organiza el Hay Festival, cuyo nombre indica su función: un festival itinerante de cultura y afines, que ha pasado desde hace 35 años por diversas ciudades de Inglaterra, Europa y América. En 2023 se llevará a cabo en Colombia, y ya están a la venta las entradas en la modalidad early bird, por si a alguien le interesa.

    Y finalmente, un derivado del Hay Festival es el libro Volver a contar: Escritores de América Latina en los archivos del Museo Británico (Anagrama, Barcelona, 2022, versión en inglés: Untold Microcosms: Latin American Writers in the British Museum, Charco Press, mismo año, la diferencia en el título permanece, de momento, inexplicada). La propuesta, curada y editada por tres representantes del Centro Santo Domingo, es interesantísima: se convocó a una decena de autores latinoamericanos para que seleccionaran, presencial o virtualmente, un objeto de los 63.000 que componen la colección del museo dedicada al continente, y se basaran en él para escribir un texto totalmente libre. Los autores convocados fueron Yásnaya Elena A. Gil (México), Cristina Rivera Garza (México), Joseph Zárate (Perú), Juan Cárdenas (Colombia), Velia Vidal (Colombia), Lina Meruane (Chile), Gabriela Cabezón Cámara (Argentina), Dolores Reyes (Argentina), Carlos Fonseca (Costa Rica) y Djamila Ribeiro (Brasil). Un grupo variopinto, interesante y tirando a joven. Los tres representantes del festival y del centro (Cristina Fuentes, Laura Osorio y Felipe Restrepo) firman el prólogo a seis manos y se reparten el escribir breves introducciones a cada texto. Estas introducciones no por breves dejan de ser lo más flojo del libro, escritas en jerga institucional, tratando de llamar la atención sobre puntos o detalles que interesan más al departamento de comunicación del centro (y del museo) que al lector, y por momentos realizando valientes y fútiles intentos por encuadrar la lectura siguiente en políticas o tendencias no lo suficientemente realzadas por los escritores. Por ejemplo, en su introducción al texto de Dolores Reyes, la doctora Laura Ossorio Sunnucks (así firma el prólogo) menciona, sin que venga a cuento, el trabajo de un antropólogo queer, Hugo Benavidez, sobre “harenes de sirvientes religiosos homosexuales en la costa pacífica del Ecuador”, tema sin duda desconocido e interesante, que no tiene nada que ver con el texto de Reyes. Pero bueno, quedó hecha la mención.

    Todas las voces

    Lo interesante del libro, sin que sea sorpresa para nadie, es la diversidad de tonos y ángulos elegidos por los autores. La premisa de “un objeto, un texto” es varias veces ignorada, y tantos textos hablan de las culturas americanas representadas como se refieren al propio museo. La cosa arranca fuerte con el texto de Yasnaya Gil, ambientado en un futuro posterior a una debacle climática, en el cual Europa entera desapareció bajo las aguas y las comunidades indígenas de América volvieron a su organización social previa a la Conquista. En el relato, una investigadora de la comunidad mixe de la actual Oaxaca le cuenta por carta a una sobrina la aparición de un cajón del antiguo museo con una vasija en perfecto estado, que la gente de la comunidad devuelve a su función original, cocinar. Desaparecida la cultura europea y sus instituciones (parte de lo que llaman la “noche capitalista”), la gente americana no logra comprender, ni les interesa, el concepto de museo como exhibición de artefactos de uso cotidiano.

    El segundo texto, totalmente opuesto en estilo pero no en tono, es de Gabriela Cabezón Cámara, y es igualmente crítico con la función del museo. No es un relato ficticio sino una crónica de un viaje realizado a la comunidad wichi de Salta, que malvive entre saqueo territorial, abuso político y desprecio cultural. Cabezón Cámara es directa en su mensaje: que el museo se quede con las baratijas rapiñadas, lo que necesita atención es la propia comunidad wichi.

    A partir de estos dos, los textos siguientes varían enormemente, desde relatos hasta crónicas. Uno de los más derivativos y escalofriantes es el de la brasileña Djamila Ribeiro, que no menciona ni al museo ni casi al objeto seleccionado, sino que pinta un panorama desde adentro de la complicada situación actual del culto a los orixas, asediado por el gobierno de Bolsonaro y por la embestida agresiva de las religiones evangélicas, y cita y menciona pródigamente algo que fuera del ambiente académico es bastante, sino totalmente, desconocido: la existencia de abundantes investigadores, papers y literatura sobre la religión afroamericana, tema de estudio de académicos que a la vez son practicantes religiosos, por ejemplo Rodney William, “babalorixá y doctor en ciencias sociales”, o un “babalorixá y doctor en lingüística”, Sidnei Barreto Nogueira. El texto de Ribeiro no hará referencia al museo ni a nada de lo esperable, pero informa no solo de la situación actual de las religiones derivadas del candomblé, sino de la existencia de un sólido y nutrido cuerpo intelectual dedicado a su estudio desde adentro.

    Luego hay recuerdos personales, relatos, defensas tibias del papel del museo, derivaciones varias y, al cierre, una mezcla de géneros de Joseph Zárate, entre la crónica y el recuerdo personal, que pone en su lugar el papel histórico de la colección del museo: elige como objeto un tocado de plumas de un líder de la tribu bora de Perú, y lo usa como piedra de toque para recordar la terrible masacre de comunidades indígenas durante el auge de la explotación del caucho, que diezmó y hasta hizo desaparecer tribus enteras durante una de las tantas aventuras comerciales europeas, ya sea como imperios coloniales o como imperios capitalistas. Sobre esas bases, recuerda Zárate, se funda la gigantesca, maravillosa e imbatible colección de objetos del Museo Británico, no pocas veces manchados de sangre.

    Y por casa…

    La ausencia de escritores uruguayos en la recopilación no es extraña, porque el Hay Festival nunca tocó estas costas (aunque tampoco las argentinas, si vamos al caso) y, por otra parte, porque la colección de objetos uruguayos del Museo Británico tampoco es lo que se diga un disparate.

    Consta de unos 250 objetos, la mayoría billetes y monedas (como el ya mencionado de 2000 pesos). Fuera de eso hay algo de platería criolla, algunos mates, una solitaria bombilla, las infaltables y más bien tristonas boleadoras y unas pocas piezas de alfarería indígena. Un posible colaborador uruguayo al proyecto es probable que eligiera uno de estos cacharros, ya que no en vano nos creemos el país de la garra charrúa y esas cosas. Y eso sería caer de cabeza en la misma categoría que el propio Museo Británico, tan admirable como cuestionable, tomando en cuenta el espantoso genocidio llevado a cabo contra la población originaria de nuestro país, que logró la triste proeza de borrarla del todo de la existencia, si no genéticamente, por cierto culturalmente. Toda mención, todo recordatorio, toda apropiación de la cultura originaria de este país es en realidad un intento torpe de expiar ese pecado, como lo es en gran parte el propio libro Volver a contar. Y, como el propio libro entre sus páginas, toda mención a lo que hubiera en territorio uruguayo antes de la colonización tiene implícitas la culpa, la distracción, la acusación y la vergüenza.

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