Nació en Mendoza en 1947, pero él se siente de Rosario porque a esa ciudad llegó con pocos meses. Su vida ha transcurrido entre Rosario, Buenos Aires y Montevideo, aunque vivió un tiempo también en Piriápolis. Escritor y traductor, Elvio Gandolfo ha tenido una larga trayectoria como crítico y periodista en publicaciones argentinas y en “El País Cultural”, suplemento del diario “El País” del que fue despedido a comienzos de este año, cuando los directivos decidieron que la publicación fuera digital y saliera solo una vez al mes en papel. Hace pocos días, Gandolfo recibió una noticia que compensó el sacudón del despido: su libro “Cada vez más cerca” (Caballo Negro) recibió el Premio de la Crítica de la Feria del Libro. de Buenos Aires. “Cuando me llamó el editor cordobés, Alejo Carbonell, no sabía de qué me hablaba. Para los dos fue sorpresivo porque el premio es para el libro y para el editor, y es raro que en Buenos Aires premien a un editor de Córdoba”, comenta.
Un hombre en el sillón del dentista, con la boca llena de aparatos y tubos, se olvida de su cuerpo incómodo y vuela hacia un recuerdo más sensual; otro hombre encuentra en un baño a alguien sacándose algo muy desagradable de su nariz, y el proceso parece no terminar nunca; un crítico pierde en un taxi un manuscrito único y original de una novela excepcional de un escritor amigo, y debe hacer algo para que no se olvide su contenido. Estas son algunas de las historias que cuenta Gandolfo en su libro, que pasan como “al descuido” del realismo a la fantasía, o a la ciencia ficción o al terror más angustiante. Siempre inquietantes, sus cuentos tienen el condimento de la ironía, que es el sello de Gandolfo. Sobre su libro y la situación del periodismo cultural, el escritor mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
—También llama la atención que sellos pequeños, como Caballo Negro, se estén abriendo paso entre los grandes conglomerados editoriales.
—En Buenos Aires no podés creer cuántas editoriales chicas están apareciendo. Debe de haber unas 60. Cada una busca un nicho y se radica ahí. Lo bueno es que eso se reprodujo en España, y ahora hay sellos chicos que publican lo interesante. Porque los grandes te dan pocas sorpresas. Caballo Negro cumplió cinco años, nació en un momento de auge de Córdoba, que en los últimos siete años dio un salto tremendo. Tiene un cine sólido, deben de tener como diez largometrajes propios. Un día salió una editorial que se llama Recovecos, que editó a media docena de autores de Rosario, y después surgieron otras, y hoy hay fácil 15 o 20 sellos.
—En “Cada vez más cerca” pesa mucho Buenos Aires como escenario, con criaturas pequeñas que se meten por orificios del cuerpo humano y una criatura gigante que vive en lo más profundo. ¿Son los pequeños y grandes infiernos de la ciudad?
—Sí, hay varios cuentos sobre Buenos Aires, donde viví ocho años como corresponsal de “El País Cultural”. Describo sobre todo la zona de Palermo, entre Córdoba y Santa Fe. La idea de lo pequeño y lo grande ya la tenía desde hacía mucho tiempo. Muestro lugares horrendos, como el baño de un bar de levante de homosexuales que era todo de chapa. Ahora estoy escribiendo un libro que se desarrolla totalmente en Montevideo, lo que hasta el momento no había hecho. Ya vas a ver cuando leas el infierno de Montevideo.
—El libro tiene una mixtura entre cuentos realistas, de ciencia ficción y fantásticos. ¿No importan los géneros en este libro?
—Si hacés buena literatura no importan los géneros. Me da satisfacción lo que me han dicho varios, que no sabés con lo que te vas a encontrar al leer cada cuento. En más de uno, al inicio no pasa nada, pero cuando querés acordar hay algo que cambió. Por ejemplo, en una de las historias hay una artista plástica que es excelente y con el tiempo su obra se viene abajo. Yo vi mucho de eso en el ámbito de la cultura, a mujeres u hombres que se destacan mucho y de golpe empiezan a decaer, y uno se pregunta: ¿qué les pasó? Un día Rodolfo Fogwill me dio una explicación sobre esto. Me habló de un escritor que era bueno, pero que había empezado a complicar su escritura de una manera que no se podía seguir leyendo. Entonces me dijo: “¿Viste lo que le pasó? Se casó”. Yo le contesté: “No seas atorrante, vos te casaste tres veces”. “Sí, pero no sabés con quién se casó”. Llevé eso a la exageración en el cuento, con un hombre que es prácticamente el demonio que le va quitando la vida a la obra de su mujer.
—En “Los pasos en las huellas” hay un funcionario de la SIDE que durante años sigue, inútilmente, a un escritor. Algo de eso tenía “El caso Benedetti”, aquel cuento de 1986 en el que el comisario Suárez tiene que averiguar por qué Mario Benedetti, a pesar de ser un best seller, rara vez es incluido en antologías de poesía latinoamericana. ¿Qué consecuencias tuvo ese relato?
—Ese cuento fue un placer. Yo le respetaba a Benedetti algunos cuentos y algunos ensayos, y había gente que me decía que tenía que leer su poesía. Un día me llegó “Inventario” y me dio pereza tener que comentarlo. Entonces decidí hacerlo en forma de cuento. Ya había hecho tres o cuatro relatos breves en esa línea, con Suárez como protagonista. Nunca tuve problemas por el cuento, pero Benedetti mostró su enojo, que era lógico. Recuerdo en alguna entrevista que dijo: “No sé qué puede pasar cuando nos crucemos”. También llegó a decir que le iba a dar un patatús si me encontraba. Pero yo iba a comer muy seguido a la esquina de “El País” con Homero (Alsina Thevenet) y lo saludaba, y a Benedetti nunca le dio ningún patatús.
—¿El cuento “El tango y Tito Lamónica” es autobiográfico?
—Esa pareja que baila, aunque es muy diferente a la real, es la de mis viejos. Así fueron los 80 años de mi madre. Mi padre está presente en varios cuentos. Un amigo me dijo: “Cuando ponés a tu padre en una historia, tu cuento vuela”.
—“Caballero estafador” tiene una historia que en algo recuerda a la película “Nueve reinas”. ¿Fue real?
—Me la contó un taxista y la anécdota es tal cual. Es un retrato de Argentina en ese momento, cuando no había cajeros, ni mucha tecnología. El personaje es un chanta total, sin límites y muy entrador. Los estafadores de “Nueve reinas” tienen más ritmo, este tiene más elegancia. Autodefinirse como “caballero estafador” es como para matarlo.
—Acaba de renunciar Gabriela Adamo, presidenta de la FIL de Buenos Aires, al parecer por presiones políticas. ¿Es otro infierno de Buenos Aires?
—Lo que pasa es que para alguien sensible, la Feria del Libro es muy desgastante, se ha transformado en una fuente de dinero importante. Adamo invitó a una escritora cubana, Zoé Valdés, que había hecho declaraciones muy exageradas sobre Cristina Kirchner, entonces pagó ese precio. También hay mucho forro alrededor de la feria, como los de Carta Abierta (grupo de intelectuales que apoyan al gobierno), que salieron a declarar “qué lástima que se va Adamo”, y seguro las presiones las hicieron ellos. Cuando inauguró la feria Vargas Llosa, también hubo escandalete. Adamo, que estaba desde el 2011, no es una mujer complicada y habrá dicho “hasta aquí llegué”. Yo dirigí una editorial municipal y aguanté año y medio, me produjo efectos físicos.
—¿Se veía venir la transformación de “El País Cultural” y de los despidos?
—No, ninguno de nosotros lo esperaba, y menos así, con tanta brusquedad. László (Erdélyi, director del suplemento) nos llamó para hablar y nos dijo todo de golpe. Era un viernes, después él mismo nos dijo que los directivos del diario le habían pedido que hablara con nosotros el lunes. Yo pensé: “Pero claro, boludo. Nos arruinaste el fin de semana”.
—Se suele hablar de un futuro terrible para el periodismo cultural. ¿Será así o habrá un reacomodo que lo haga sobrevivir?
—Ahora me doy cuenta cuando leo “Ñ” (suplemento cultural de “Clarín”) de que están haciendo lo mismo que hacíamos nosotros en los últimos meses en “El País Cultural”. Metíamos mucha nota de los servicios de “The New York Times” o de diarios de los que teníamos derechos. Ahora en “Ñ”, si querés colaborar, no te pagan. Los cuatro o cinco periodistas fijos escriben casi la mitad del suplemento. Es una tendencia. Viste que a la raza humana no la podés parar, se le ocurre algo y se tira al abismo. Para mí “El País” hizo todo muy apresurado porque “El Cultural” es un suplemento con cierto prestigio, que no estaba tirando la plata por la ventana. Es ridículo ahora sacar un número mensual con el mismo tamaño del semanal. Todos se esperaban un número más grande, y lo que sale en digital es la cuarta parte del número.
—Tal vez lo que faltó fue un proceso de adaptación a los nuevos tiempos y los nuevos lectores.
—Bueno, si leés “El País” no vas a pretender que ese diario haga una adaptación. Es como Planeta en la edición: cada sello que compra lo hace pelota. Por otro lado, es bastante comprensible, es el enfoque de quienes lo dirigen. El resto del diario no tiene nada que ver con “El Cultural”. Empezaron a sacar mucha basura que no sé si funciona porque lo miden según la cantidad de consultas que hay en Internet. Alguien sugirió que se tendría que comprobar cuánto tiempo se queda una persona en cada página, si no, la gente puede leer solo los títulos. Pero a su vez creo que todo está en ebullición. El suplemento podría haber muerto cuando murió Homero. El problema es que se reducen otros lugares, como “Ñ”. Ahora sí volví a “Perfil”, y publico algo de vez en cuando.
—¿Qué es lo más difícil para un traductor literario?
— La traducción literaria es la que peor se paga. Eso es lo más difícil. La traducción técnica la pagan el triple, y con un traductor público hay una diferencia abismal. Por otro lado, es un oficio muy placentero y esa es la trampa mortal porque permitís que te paguen poco. Llevo 150 libros traducidos. Encontré una lista de cuando no había computadora y vivía en Piriápolis. Era increíble, llevaba como 15 libros traducidos en un año, a máquina; cuando corregía lo tenía que pasar todo de nuevo.
—En una entrevista seleccionaste entre diez autores a Nicanor Parra, a César Aira y a Onetti. ¿Por qué a ellos?
—Hay tres o cuatro cambios grandes en la lengua española, y una fue el de Nicanor Parra. Está el Siglo de Oro, Rubén Darío y Nicanor Parra. César Aira es otro capo, debe tener cien libros y treinta de ellos son excepcionales. A mi juicio es un tipo cuyo papel está a la altura del de Borges. En el discurso del premio lo mencioné a él, a Fogwill y a Levrero como tres tipos que me dieron lecciones de vida a partir de lo que en inglés se llama small talk, que es el “boludeo verbal”. Admiro más a Felisberto Hernández que a Onetti, pero en esa entrevista mencioné sus novelas cortas.
—¿Y Mario Levrero?
—Levrero fue un tipo completamente fuera de serie. Comparto la opinión de Leo Maslíah en un documental que se hizo sobre él en TV Ciudad. Para mí es de los seis o siete grandes escritores uruguayos de todos los tiempos.