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    Un país serio y con memoria

    Nº 2239 - 24 al 30 de Agosto de 2023

    Salimos de Capurro hacia el Centro y lo hacemos con la duda de si doblar hacia Uruguayana o hacia los accesos. “Probablemente sea más corto por Uruguayana pero creo que por los accesos va a ser más rápido”, dice mi amigo. Y dobla hacia la izquierda. Desembocamos en la bahía, que aparece llena de luces plantadas en zonas que le han sido ganadas. Doblamos otra vez a la izquierda y nos incorporamos a la ruta justo enfrente del reducido y renovado parque Capurro. Las luces del parque se suman a las de la ruta y a la maraña luminosa que se alcanza a ver en el fondo, en el trayecto que nos lleva hacia la Ciudad Vieja.

    Entramos en el nuevo viaducto y el comentario aparece de manera automática en los labios, “qué bien quedó, qué fácil y rápido es acceder al Centro”. Miramos a los lados y lo que vemos son las luces de las instalaciones portuarias, algunos depósitos y galpones. Pasamos veloces frente a la Central Batlle, hoy casi en desuso. Atrás quedó la refinería de Ancap, como metáfora del pasado industrial que alguna vez Uruguay tuvo. O tiene, después de todo el viaducto que transitamos fue diseñado para que pasara el tren de UPM por debajo.

    El viaducto no parece haber afectado demasiado el barrio. Seguramente se deba a que la zona por donde cruza no se parece demasiado a un barrio. Es una zona industrial vetusta y venida a menos, en donde coexisten depósitos, desechos industriales, fierros retorcidos, ranchos de chapa y nylon, junto a la Torre de las Comunicaciones. El viaducto pasa justo al lado de ese edificio, lo más parecido a un rascacielos que tiene el Centro de Montevideo, con el perdón del palacio Salvo.

    Y entonces, tras dejar atrás la columna luminosa del edificio de Antel y pasar la más bien inútil estación moderna, aparece a la izquierda del viaducto una zona oscura como boca de lobo. Cuadras y cuadras de esa inmensa playa de maniobras para trenes que ya no circulan. Y al fondo, destacándose en gris, aunque igual de opaca, la silueta de la Estación Central General Artigas. Abandonada, como un absurdo signo de interrogación plantado en la frente de una ciudad (y ya que estamos, de un país) que dice mirar al futuro pero que en realidad solo parece ser de verdad veloz cuando se trata de construir viaductos por encargo.

    Y es que solo una sociedad con serios problemas de amnesia colectiva sería capaz de dejar en el actual estado de abandono un edificio que es Monumento Histórico Nacional desde hace casi cinco décadas. Y que, por razones de tenor burocrático y una pasmosa ausencia de ideas, no se usa para nada y se viene dejando caer a pedazos, sin más. Si algo resume visualmente la ausencia de Estado y en particular de ideas en el Estado, es la fachada de la Estación Central, desgastada y gris, detrás de un alambrado y con pasto que crece por todos lados.

    Inaugurada en 1897, la Estación Central es una obra del ingeniero italiano Luis Andreoni, responsable también de construcciones tan notables como el Hospital Italiano, el Club Uruguay, la Casa Vaeza (sede del Partido Nacional) y el Teatro Stella de Italia, entre otras. Andreoni fue además el responsable del canal que lleva su nombre en Rocha y que desagua los bañados de San Miguel y las lagunas Negra y Blanca. Estos antecedentes por sí mismos deberían bastar para que cualquiera con un mínimo de sentido de Estado se preguntara cómo es posible que la principal estación del país, con unos antecedentes tan nobles, permanezca abandonada desde hace más de 20 años. Pero eso no parece estar ocurriendo.

    La celeridad que demostramos como Estado cuando aparece algún capital extranjero y nos plantea la necesidad de construir una infraestructura necesaria para su inversión contrasta de manera horrorosa con nuestra desidia colectiva en la preservación de infraestructuras clave. Es el mismo contraste que se puede observar desde el coche, al entrar al Centro por el estupendo y muy bien iluminado viaducto, y girar la cabeza hacia la izquierda, hacia el abismo oscuro y semiderruido en donde se esconde la Estación Central.

    Si hemos viajado, también somos veloces a la hora de elogiar la principal estación de cualquier ciudad europea y nos encanta lo bien que en ellas se conjugan pasado y futuro, admirando lo bien que funcionan como nodo de movilidad, ofreciendo todos los servicios que un viajero necesita: baños y comercios de todo tipo. Nos maravilla la bellísima Estación Central de Amberes, con sus cuatro niveles de vías, dos de ellos bajo tierra, por donde transitan tranvías, trenes convencionales y trenes de alta velocidad. Adoramos la funcionalidad de la Estación Central de Malmö, en Suecia, por su excelente forma de cruzar lo antiguo y lo moderno. Nos impacta la dimensión de la Estación de Francia en Barcelona, aunque no es muy distinta de la que tenemos abandonada en la esquina de casa. Ninguna lo es, salvo por la idea colectiva que las mantuvo vivas mientras acá dejábamos morir la nuestra.

    La historia del abandono de la principal estación montevideana se remonta a décadas atrás pero fue tras 15 años de abandono profundo que la Justicia resolvió otorgar su custodia al Poder Ejecutivo a través del Ministerio de Transporte y Obras Públicas (MTOP). Eso fue hace más de cinco años, y la situación de la Estación Central no ha dejado de empeorar. Es el mismo MTOP que tuvo toda la premura necesaria para ejecutar la obra y tener el viaducto terminado en tiempo y forma. De alguna forma, esas distintas velocidades en el tratamiento de ambos asuntos reflejan no solo una escasa comprensión de las mínimas patrimoniales sino además una forma de concebir la inversión pública como esencialmente ligada a las necesidades productivas del país. Como si la calidad de vida de los ciudadanos, su posibilidad de movilizarse de manera adecuada y en espacios diseñados para eso, fuera una especie de lujo, algo del primer mundo.

    Y, sin embargo, no lo es. Es tal como ocurre con la educación, en donde de acuerdo con nuestros indicadores sociales en general nuestros valores de egreso en bachillerato son simplemente inaceptables. E igual de inaceptable es que un Monumento Histórico Nacional, con todo el potencial social de movilidad, empleo, articulación barrial y demás que tiene la Estación Central, permanezca abandonado sin que a nadie en la madeja de burocracia estatal se le caiga una idea que lo mueva de allí.

    Es precisamente en esa clase de inversiones (relanzar la Estación Central y hasta un servicio de trenes de cercanías no es un costo, es una inversión) en donde se decide qué tan social es el carácter de una sociedad. Tanto como cuando se decide hacer obras de infraestructura que apuntan a reforzar a los sectores productivos. Porque en este caso particular el patrimonio no es simplemente un edifico antiguo que hay que proteger (eso también). Recuperar la Estación Central General Artigas es una inversión social indispensable para ser, como decimos querer ser, un país serio y con memoria. Y pienso en que seguramente votaría a quien llevara adelante un proyecto así, justo mientras el coche sale del viaducto, deja atrás la sombra de la estación y se interna en las no muy iluminadas calles del Centro.