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    Un repecho muy empinado

    Columnista de Búsqueda

    N° 2009 - 21 al 27 de Febrero de 2019

    Gracias a la embolante costumbre de Facebook de recordarle a la gente cosas que se escribieron hace X número de años, un amigo se encuentra con un posteo mío de 2014 en el que, ante el asesinato de estudiantes en Venezuela, cuestionaba el papel de la FEUU, que se había colocado del lado de los asesinos y había acusado a los estudiantes muertos de ser agentes del imperialismo. Lo que comenta mi amigo es que los argumentos de quienes justificaban entonces esa violencia de Estado son idénticos a los que se esgrimen actualmente para Venezuela: hay una conspiración interna y externa que intenta sabotear una luminosa revolución, los muertos bien muertos están porque se lo merecían por ser fachos, todo aquel que cuestione esos dogmas es automáticamente un trumpista y un asesino de pueblos libres, un cipayo y un agente del imperialismo. Que lejos de aprender de los hechos, estos parecían haber servido solo para confirmar prejuicios.

    Sin embargo, leyendo la breve ola de comentarios que siguió a la actualización de ese posteo, fue evidente algo que no había ocurrido hace cinco años: varios de quienes justificaron el asesinato de estudiantes entonces dicen hoy, alegremente, que saldrían a asesinar en la calle a quienes no piensan como ellos. ¿El argumento para sostener tal disparate? Que “con las derechas no se puede ser blando” y que, viendo que mucha gente las está votando en la región en los últimos tiempos, la solución para evitar su regreso es asesinar preventivamente a sus potenciales votantes.

    Es obvio que quien sostenga esa clase de “argumentos” no puede ser tomado en serio y de hecho no lo hago. El problema es que la lógica argumental (de alguna manera hay que llamarla) que subyace en esos potenciales asesinos confesos y en otros que comentan y que no proponen matar a nadie, es casi idéntica: si quienes ejercen la violencia son los míos, los derechos humanos dejan de ser tales y son solo una construcción del “sistema” y, por tanto, quienes estén a favor de su aplicación universal sin cortapisas, son funcionales al ¡sorpresa! “sistema”. Es decir, existiría una misión superior y fundamental que volvería accesorias todas esas antiguallas como los derechos, las libertades y las garantías, que podrían ser aplicadas o no, según necesidad de ese gran plan mayor.

    Lo extraño es que este “argumento” sea considerado nuevo: eso fue lo que dijeron durante décadas los manuales soviéticos de materialismo histórico y dialéctico para intentar justificar desde la teoría un sistema que arrasaba con el Estado de derecho, eliminaba la separación de poderes, liquidaba las libertades y la competencia entre partidos y que sometía a la ciudadanía a una única férula ideológica de manera compulsiva y feroz. Arrasar todo eso era válido, se venía a decir, porque ese lugar futuro que se proponía, lo justificaba. Un argumento que se esgrimía en la defensa de un sistema tan robusto que hizo implosión y terminó muriendo de muerte casi natural, silenciosa. Y cuyos ecos estamentales nos llegan en la forma de gobiernos de corte autoritario como el de Vladimir Putin (Rusia) y el de Viktor Orban (Hungría), entre otros.

    En resumen, nos vienen a decir aquellos que justifican selectivamente el terrorismo de Estado, si el sistema democrático no demostró ser tan perfecto como nos dijeron y como esa idea que yo quiero imponer en su lugar es mejor (sin aportar la menor prueba de que sea así), todo lo que antes dije sobre las violaciones a los derechos humanos, la lucha por llevar ante la Justicia a los criminales de las pasadas dictaduras del Cono Sur, todo queda en suspenso y no aplica cuando quien pega los palos es de mi palo. Una torpeza inmensa: si la aplicación de los derechos fundamentales es opcional, simplemente ya no son derechos. Y ese Estado de excepción sobre los derechos esenciales de todos lo puede ensayar cualquiera que se encuentre ejerciendo el poder y tenga la fuerza para coaccionar al resto (el monopolio de la violencia). Es decir, eso lo pueden intentar Putin, Orban, Ortega o Maduro. Trump lo viene intentando, pero hasta el momento los mimbres del sistema republicano de Estados Unidos lo vienen conteniendo con relativo éxito.

    En un reciente debate en la televisión española entre Antonio Escohotado (liberal, estudioso de las drogas y el comercio) y Antonio Baños (expolítico catalán antisistema y anarquista), el primero le pidió al segundo que diera ejemplos concretos sobre el concepto de “vida amplia” que Baños había usado para referirse a aquello que el capitalismo intentaba cercernar de manera constante. El anarquista le contesta que eso con lo que él sueña nunca ha existido de manera pura, pero que en la España de 1936, la de la Revolución española encabezada por anarquistas y comunistas, ocurrió algo parecido a lo que él define como “vida amplia”. Escohotado le pregunta, azorado, en qué datos se basa para decir que ese proceso de colectivización forzosa de la sociedad fue “mejor” que lo que ocurrió en otros lugares donde el capitalismo y no la revolución fueron la regla entonces. En su respuesta, Baños se va por las ramas y termina con una suerte de elogio de la imaginación y la rebeldía, con la esperanza puesta en la promesa de un futuro mejor.

    Analizando ese debate, el politólogo español Manuel Arias Maldonado (sí, soy fan suyo) dice: “La imaginación no deja de ser una facultad problemática cuando no toma en consideración los datos que le proporcionan otros sentidos políticos, entre ellos la observación. En otras palabras: La imaginación política no puede volar sola sin riesgo de accidente”. Y luego agrega: “La imaginación parece dedicarse en exclusiva a manufacturar fantasías que ayudan a vivir, pero a condición de que no se materialicen”.

    ¿Por qué a condición de que no se materialicen? Porque la experiencia acumulada en la historia nos dice que cuando muchas de esas fantasías se han materializado, sus resultados han sido tirando a catastróficos. Y que como toda utopía, para conservar su condición de tal debe desplazarse siempre en el horizonte hacia el futuro y plantearse siempre como un “no lugar” antes que como una realidad tangible. Por eso necesita que unos estudiantes asesinados por el Estado venezolano sean agentes del imperio o lo que sea que permita mantener intacto aquello que algunos imaginaron y soñaron como lo mejor para todos.

    A nadie se le ocurrió culpar a los normalistas de Ayotzinapa de ser responsables de su muerte por culpa de su ideología. Y está bien que así sea, es sanamente democrático que nadie sea culpabilizado por sus ideas. Y si el Estado mexicano fue cómplice de esa desaparición colectiva, que se juzgue a quien corresponda como es debido. Lo ilógico sería decir que como no se ha encontrado aún a los responsables del hecho, lo mejor sea suspender los derechos civiles en México hasta nuevo aviso. O que hay que dejar de investigar porque esos muchachos se lo buscaron.

    Cuando el debate político cae en esos niveles de miseria moral, es que se viene un repecho muy empinado en nuestra vida común futura. Venezuela parece ser esa clase de espejo quebrado que nos devuelve la imagen de ese monstruo que estamos seguros de no ser.

    ?? Puro trolleo populista

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