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    Un templo de artes integradas

    El templo con su casa pastoral y enorme jardín permanece desde hace 111 años en Blanes y Durazno. El predio lo adquirió la Congregación Evangélica Alemana de Montevideo (CEAM), cuando aún el barrio no tenía urbanización. Fue el arquitecto Karl Trambauer (Núremberg, 1878-Montevideo, 1941), integrante de esa comunidad, quien construyó primero la casa, que se inauguró en 1909, y al año siguiente el templo de confesión luterana. Desde entonces, se impone con su torre de 21 metros de alto y su fondo privilegiado en aquella esquina del Parque Rodó. Si se mira hacia arriba, un simbólico gallo blanco se eleva por encima de las cruces del templo, como si estuviera más cerca del cielo. Por su riqueza artística, histórica y edilicia, el lunes 1° la Comisión del Patrimonio declaró a este conjunto arquitectónico Monumento Histórico Nacional.

    “La propia obra arquitectónica tiene valores centrados en la integración de las artes, el espacio, los vitrales y la música. En otras iglesias protestantes la asepsia icónica es absoluta, pero el mundo luterano fue el más abierto a las imágenes, y en esta iglesia en particular, las artes visuales están presentes en los vitrales. Lo que sí es importante en todas es la música. Trambauer pensó la arquitectura en función de la música y construyó la iglesia con la cubierta abovedada. La sonoridad es excepcional”, comentó a Búsqueda William Rey, director general de la Comisión del Patrimonio.

    La declaración de Monumento Histórico implica la protección del bien, que no se puede vender ni modificar. En el caso de obras edilicias, debe conservar lo fundamental de su arquitectura. Las fotos de la Iglesia Evangélica Alemana de 1909 la muestran prácticamente igual que ahora, solo tiene pequeñas reformas en su interior. Hace años que Rey y el arquitecto Christian Kutcher mostraron su interés por proteger el templo y así se lo habían planteado al pastor histórico de la iglesia, Armin Ihle, quien regresó a Alemania y falleció allí en 2015. “El pastor nos dijo que iba a hablar con la comunidad, pero en ese momento aún no estaba preparada. Ahora que me toca estar en la Comisión del Patrimonio sí lo está y fue posible el acuerdo”.

    El sucesor de Ihle se llama Jerónimo Granados, es mendocino y hace seis años que es pastor de la CEAM, pero tiene una trayectoria de 34 años en la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, que integran las congregaciones evangélicas de Uruguay, Argentina y Paraguay. Ahora con 64 años, tiene la posibilidad de retirarse el año que viene, pero si la comunidad así lo quiere, puede quedarse hasta los 70. “Tengo más ganas de quedarme que de irme”, dice y habla de las bondades de Uruguay, de ese fondo hermoso y del barrio cerca de la rambla. Vive en la casa pastoral con su familia. Su esposa es profesora de Literatura de la UBA, vino en mayo a Uruguay y también se quedó en Montevideo dando clases online. “Soy el primer pastor en 170 años que no es alemán”, aunque habla perfectamente esa lengua.

    Mientras conversa con Búsqueda sobre la historia de la congregación, Jerónimo va abriendo puertas y encendiendo luces. Él hizo pequeñas reformas interiores para separar la casa del resto de los espacios de uso común. Su relato se remonta al origen, cuando los inmigrantes protestantes llegados de Europa en el siglo XIX tenían como única iglesia el Templo Inglés, construido en 1845. Allí asistieron durante 60 años los miembros de la CEAM, que se creó en 1846. “Esta es una iglesia puerto”, dice el pastor, al explicar esos inicios vinculados a la costa, a la llegada de los inmigrantes y a la construcción de la primera casa pastoral en la Ciudad Vieja.

    Se abre una puerta y aparece la iglesia que es muy sencilla. “Tiene dimensión humana, acogedora”, dice Jerónimo. Es inevitable detenerse en los vitrales que se iluminan con la luz natural y dan un resplandor especial a la iglesia en penumbras. Los nueve vitrales también tienen su historia. Fueron donados por familias alemanas y por las ciudades de Bremen y Hamburgo. El que está en el centro, presidiendo el altar, representa a Cristo en el Monte de Olivos, poco antes de que los soldados fueran a apresarlo. “Lo donó el Káiser, pero no se sabe si finalmente lo pagó porque él quería un Cristo resucitado, triunfante. En 1910, el II Reich era muy fuerte en Alemania, pero la comunidad decidió poner otro Cristo, el del peor momento de su vida, cuando estaban por llevárselo los soldados”.

    Las parábolas de El regreso del hijo pródigo y El buen samaritano también están representadas en vitrales. Dos retratos de Lutero y Calvino recuerdan el origen luterano de la iglesia, pero también la unión con los calvinistas suizos. “Así se crea la Iglesia Evangélica de Alemania, sin distinciones. Los pastores que llegaron a Sudamérica vienen de esa iglesia, de esa unión y con esa idea se establecen”.

    Trambauer incorporó la arquitectura a la naturaleza. Construyó la casa hacia atrás, hacia el enorme patio. También conservó un ombú añejo, que tiene cerca de 200 años. El arquitecto había llegado a Uruguay en 1907 desde Argentina, donde había sido contratado para llevar adelante proyectos vinculados a la salud. En Montevideo construyó la Escuela Alemana en la calle Soriano y el Pabellón de la Música del Parque Rodó. También reformó la residencia presidencial de Suárez y Reyes.

    “La teología luterana tiene una antropología negativa”, explica Jerónimo cuando se le pregunta por el gallo que está en lo más alto. “Siempre estará la idea de que no existe el hombre perfecto. El gallo recuerda a Pedro, el apóstol, que niega a Jesús en el peor momento. Jesús le dice que lo va a negar tres veces antes de que cante el gallo. Está allí para recordarnos al entrar a la iglesia que no somos perfectos”.

    Uno de los tesoros de la iglesia es el órgano E. F. Walcker, construido en Alemania en 1907 y donado en 1920 por la familia Ott. Tiene dos teclados y casi 900 tubos. “Se compró para la inauguración, pero no llegó a tiempo. Hubo un problema en la aduana de Brasil y quedó allí durante unos años. Es un ser vivo, de madera, metal, cuero y aire, que necesita mucho mantenimiento. Originalmente había alguien que le echaba el aire, no había motor, y lo único que se hizo fue electrificarlo, pero el resto se mantuvo intacto”, explica el pastor.

    La congregación siempre fue muy musical, coros y organistas han elegido la iglesia por su acústica y por el órgano antiquísimo. Una de las asiduas organistas es Cristina García Banegas, que suele dar conciertos. El organista oficial es ahora Daniel Francis.

    En una pequeña biblioteca están los himnarios que se usan en el culto. “Lutero creó el primer himnario con ocho himnos, con música que escuchaba en las tabernas, él les ponía letra religiosa. Nosotros mantenemos la liturgia del siglo XIX: el pastor dice algo y la comunidad contesta cantando. Pero yo no canto”, dice y se ríe. Otra huella de Lutero está en una inscripción en una roseta al frente del templo: “Castillo fuerte es nuestro Dios”. Viene de un salmo que Lutero transformó en himno y con él Bach hizo una cantata.

    La congregación evangélica alemana llegó a ser muy grande, sobre todo en los 60. Era una comunidad bastante cerrada y solo hablaban en alemán. Después de la caída del Muro de Berlín empezaron a acercarse ciudadanos de Alemania Oriental que no tenían experiencia religiosa. “Ahora es una comunidad más abierta y hay pocos alemanes. Yo decidí darle importancia a lo cultural y en los últimos años, la gente ha entrado a la iglesia por intereses culturales”. Ahora la comunidad la integran unas cien personas.

    Mientras Jerónimo habla entra Venus, la gata de la familia. Se pasea entre las sillas, se sube a la mesa, se deja acariciar un poco y después sale corriendo. “A veces se sube a algún lugar durante el culto y parece una esfinge”, dice el pastor. Seguro disfruta del sonido celestial del órgano.

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