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    Un título ganado de atrás

    N° 1995 - 15 al 21 de Noviembre de 2018

    La circunstancia de que este habitual contacto con nuestros lectores se produzca a mitad de la semana (la columna debe estar pronta el miércoles a la tarde, a más tardar) genera la dificultad de tener que ocuparse, algunas veces, de hechos que han ocurrido varios días antes, y que ya han sido ampliamente manejados en otros medios de prensa de aparición cotidiana. Ello empero, y aunque pueda verse afectada la originalidad del enfoque, algo debe decirse de la culminación —el pasado domingo— del evento de mayor tradición y jerarquía de nuestro fútbol; algunas de cuyas aristas ya habían sido comentadas en entregas anteriores.

    No soy adepto a las carreras de caballos, pero me consta que, según un añejo dicho popular, “el que viene corriendo de atrás suele ser el que gana”. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido con esta coronación de Peñarol como campeón uruguayo. Es que, tras haber obtenido el novedoso primer torneo del año (la Supercopa), con victoria clásica incluida, fue Nacional el que se quedó con el Apertura —con una amplia ventaja— y luego también con el Intermedio. Ese neto predominio tricolor se extendió incluso a la fase inicial del Clausura, en tanto Peñarol —ya con Diego López como técnico, sustituyendo a Leonardo Ramos— fue dejando varias unidades por el camino, a lo que se sumó su dura frustración por la prematura eliminación de la Copa Sudamericana. En cierto momento llegó a estar diez puntos por debajo de su eterno rival, pero Nacional entró en un brusco descenso en su producción, perdiendo paulatinamente la ventaja que le llevaba (al tiempo que vio esfumarse sus fundadas aspiraciones en la paralela competición internacional). Fue así que el aurinegro, aun con altibajos, pudo ir absorbiendo paulatinamente esa amplia diferencia y arribar a este último y decisivo clásico, con el Clausura ya en su haber, y un punto por delante en la tabla acumulada. Circunstancia esta que, a diferencia de su rival, le colocaba en la privilegiada situación de quedarse ya con el título, si era suya la victoria.

    Los dos equipos llegaron a esta decisiva cita clásica en especiales condiciones. El tricolor, golpeado anímicamente por los magros resultados de las últimas fechas del Clausura, y también por su reciente e inesperada eliminación en el plano continental. Peñarol, en tanto, entonado por su formidable arremetida, pero con serios problemas para armar el equipo titular (sin Guzmán González, suspendido, y con Gargano, Christian Rodríguez, Viatri y Gabriel Fernández, apenas recuperados de sus recientes lesiones). Y una vez iniciado el partido, tal como había sido la tónica del proceso previo, el equipo aurinegro también se vio obligado a correr de atrás, luego de que el siempre oportuno Zunino abriera el marcador, apenas comenzado el segundo tiempo.

    Pero a partir de allí —bien que con un par de oportunas variantes dispuestas por su técnico— Peñarol dejó de lado cualquier especulación y su ímpetu y el peso de sus figuras principales le hicieron lanzarse sobre las últimas líneas del rival, en las que solo sobresalía el descollante despliegue de Alexis Rolín. El empate estaba al caer, y llegó a los 71 minutos, con una arremetida de Formiliano abajo mismo del arco de Conde, pero con un clarísimo fuera de juego del zaguero Carlos Rodríguez en la jugada previa, al conectar un centro de pelota quieta de Estoyanoff. Un inexcusable error arbitral —imputable más al línea Nieves, que estaba ubicado en la misma línea de la jugada, que al juez Fedorczuk— y que, naturalmente, tuvo decisiva incidencia en el resultado final del partido.

    Sin perjuicio de esa fuerte polémica (que es casi un ingrediente común en este tipo de partidos, según sea el equipo que se siente perjudicado, y que ojalá se termine con la aplicación del VAR) es claro que Nacional no tuvo la fuerza anímica ni los atributos futbolísticos suficientes para oponerse al ímpetu rival. Y aunque el empate se mantuvo inalterable hasta el final de los 90 minutos, ya se vislumbraba un mejor panorama para Peñarol en el tiempo suplementario. Aunque la duda, a esa altura, era si el paso de los minutos podía hacer mella en varios jugadores aurinegros que, desde el punto de vista sanitario, habían llegado con lo justo a ese partido decisivo.

    Pero cuando por la vía de un penal claro, apenas iniciado el alargue, Christian Rodríguez fusiló a Esteban Conde desde los once pasos, poniendo en ventaja a su equipo, esas dudas se disiparon y apareció sorprendentemente, en toda su dimensión, el temple y experiencia de los “referentes” del equipo aurinegro (el propio ejecutante y Walter Gargano, fundamentalmente), que se comieron la cancha como si el partido recién empezara, tomando para sí las riendas del juego, secundados por otros futbolistas ya fogueados, como Maxi Rodríguez, Estoyanoff y el propio Lucas Viatri. Todo ello frente a un rival falto de reacción y convicción, que se fue apagando lentamente en el terreno de juego. Y si la diferencia final no fue más amplia (la salida por lesión de Rolín había dejado a la deriva al último sector de la defensa tricolor) fue porque el juvenil Núñez, ingresado para liquidar el partido de contragolpe, cayó repetidamente en fuera de juego, desperdiciando varias acciones propicias para ello.

    Pudo entonces Peñarol quedarse también con el título de campeón uruguayo por segundo año consecutivo, algo que no ocurría desde el ya lejano año 1997. Y deberá convenirse que hubo un mérito cierto en ello, corriendo desde atrás a su eterno rival en algunos torneos de la presente temporada y logrando repechar cuando su chance ya parecía echada; al igual que lo que también se vio obligado a hacer en el desarrollo de este último y decisivo partido final.

    Nacional, en tanto, cerró el año futbolístico casi que con las manos vacías. Y no parece atinado imputar tal penosa situación solo a este último arbitraje clásico, aunque le fue ciertamente perjudicial. Falto de fútbol y ambición, dejó escapar, en su propia casa, y ante un modesto equipo brasileño, una propicia oportunidad para avanzar a la siguiente fase de la Copa Sudamericana. Y lo pagó muy caro, pues había apostado fuertemente a ello, incluso en detrimento de la actividad local. Tanto que, cuando su clásico rival estaba prácticamente “contra las cuerdas”, fue dilapidando poco a poco la clara ventaja, de puntos que tenía, producto de su supremacía en varios pasajes de este último torneo.

    Y al momento de pasar raya sobre la explicación de este inesperado final de temporada con tono amarillo y negro, cabría decir que le faltó a Nacional lo que, en cambio, Peñarol tuvo en buen número: la presencia de algún futbolista de indiscutible peso y trayectoria, que sacara la cara por su equipo cuando el panorama era más desfavorable.

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