N° 1681 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas infinitas catedrales con sus vitraux, con sus arcos de medio punto, la Summa Teológica, el Canto Ambrosiano, la Comedia de Dante, los libros ilustrados, las órdenes de caballería, la pasión y muerte de Thomas Becket, las divertidas indecencias de los peregrinos de Canterbury, el consuelo que encontró Boccacio para conjurar el tedio de la peste negra, las oraciones de Bernard de Clairvaux, la corte de Leonor de Aquitania; la Edad Media es todo esto de manera distinguida y también es Venecia, cuya historia encierra las distintas fases de ese largo y fecundo período de la vida occidental.
En el libro “Bizancio y Venecia. Historia de un Imperio”, de Giorgio Ravegnani, nos encontramos con uno de los rasgos más característicos de la ciudad-estado, como lo es el de sus relaciones problemáticas, fluidas, directas, desleales y fructíferas con el mundo bizantino. El autor nos indica que el origen precisamente bizantino y más tarde la conveniencia de los tratos con el Imperio cristiano de Oriente forjó la grandeza y el dilatado espectro de influencias de la ciudad de las lagunas. Su condición de estar en el corazón del enclave occidental y ser embajada, cabeza de puente o extremo del Oriente le obligó cultivar a extremos delicadamente sutiles el difícil arte del equilibrio y el no menos complejo arte de la intriga.
La infancia de las naciones es como la infancia de las personas: más que una simple huella, una determinación; más que un pasado, la forma sinuosa en la que el presente se condiciona para construir o bien obturar caminos de porvenir. No hay más que conocer cómo empezó Venecia para entender en qué exactamente devino. Cita Ravegnani el testimonio del emperador bizantino Constantino VII Porfirogénito, hombre dado a la cultura, su noticia acerca del origen de la ciudad. “En su tiempo, Venecia era un lugar desierto, deshabitado y pantanoso. Aquellos que hoy se conocen como Venéticos —que es como los bizantinos nombraron a los habitantes de las lagunas— eran francos de Aquilea y de otras tierras francas, y vivían en tierra firme, frente a Venecia. Cuando llegó Atila, rey de los ávaros, devastando y despoblando toda Francia, los francos comenzaron a huir de Aquilea y de otras poblaciones fortificadas de su tierra, llegando a alcanzar las deshabitadas islas de Venecia, donde levantaron sus cabañas por miedo al rey Atila. Cuando este rey Atila hubo devastado todos los emplazamientos situados en tierra firme, incluidas Roma y Calabria, y dejó de lado Venecia, los que se habían refugiado en sus islas, buscando allí una seguridad que diera fin a sus temores, decidieron establecer en ellas su residencia, y así lo hicieron, habitando estos lugares desde entonces hasta nuestros días”.
Coincide con esta versión lo que afirma Simone Roux en su obra “Le monde des villes au Moyen Age, XI-XV siécle”, a la que le quita, desde luego, el carácter legendario; no es tanto Atila sino los lombardos y los francos aquellos demonios que obligaron al refugio de los vecinos del Véneto. Debió haber existido una devoción al trabajo, un espíritu de cuerpo muy definido y una gran vocación de futuro para afrontar las tareas de disecación de las zonas pantanosas y canalización ordenada de las aguas. La vocación comerciante de la ciudad ha de haber estado presente desde el principio, de otra manera no se explica cómo, a poco de levantarse las primeras viviendas, ya fluían mercaderías hacia los cuatro puntos cardinales.
Hacia los siglos XII y XIV, Venecia alcanzó la condición de potencia mundial. Pero su oscuro pasado apenas pudo disimularlo. Para entonces era centro y árbitro del comercio y de las artes, pero antes había sido puerto ruin para la exportación de esclavas cristianas a los infames serrallos musulmanes, proveedora de hierro y materiales para construir armas a los infieles, traficante de mercaderías robadas. El fasto y los lujos que ostentaba estaban manchados con la sangre de miles de jóvenes muchachas que habían sido raptadas de sus pueblos, vergonzosamente vendidas y ofrecidas en remate por los no todavía respetables mercaderes venecianos. Con el paso de las generaciones, las fortunas fueron cambiando de fuentes, aunque no de manos. Por eso Venecia se dedicó a un comercio más decente desde una posición de poder y desde una geografía en todo punto privilegiada; las infamia pudorosamente las enterró en la mala memoria, lugar excelente para el simulacro de la expiación y consuelo.
Recomiendo la lectura de los libros que he mencionado. Venecia es invencible; y un buen fragmento de esa ilimitada cualidad se domicilia particularmente en las páginas que tratan sobre las notas del comercio que la hicieron grande, admirable y perversa.