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    viernes 14 de junio de 2024

    Una creatividad que nos permita innovar

    Nº 2196 - 20 al 26 de Octubre de 2022

    Seguramente varios de los lectores han visto o incluso participado de las famosas charlas TEDx. La sigla TED viene del inglés y debe sus iniciales a tecnología, entretenimiento y diseño y hoy en día es una organización sin fines de lucro dedicada a las “Ideas que merecen difundirse”. Fue fundada por Richard Saul Wurman en febrero de 1984. La organización es mundialmente conocida por su congreso anual (TED Conference) y sus charlas (TED Talks), que abarcan un sinfín de temas como tecnología, educación, negocios, entretenimiento, liderazgo y medio ambiente.

    Las charlas tienen diversos formatos y duraciones. Las clásicas duran 20 minutos, pero las hay también de formatos más cortos, normalmente de 10, cinco y hasta incluso dos minutos. Es realmente llamativa la capacidad que tienen los conferencistas de expresar ideas inspiradoras y creativas en esos lapsos de tiempo.

    Rick Elias en su charla “Tres cosas que aprendí mientras mi avión se estrellaba” cuenta sus aprendizajes al haber sobrevivido al accidente del vuelo 1.549, que tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en el río Hudson en Nueva York en enero de 2009. La capacidad de concentrar en cinco minutos esos aprendizajes, sensaciones, haciendo a los que la escuchan casi que vivir esa experiencia con él, es realmente deslumbrante. Una charla inspiradora, con ideas creativas, que nos deja pensando sobre el valor de nuestra vida y lo que realmente importa.

    Las charlas TEDx son para muchos una fuente inagotable de inspiración. Para otros, un lugar donde encontrar y compartir ideas creativas. Pero ¿es la creatividad en sí misma un atributo diferencial en las empresas hoy en día? ¿Alcanza con promover espacios de inspiración donde las personas puedan expresar y compartir, incluso hasta generar, ideas novedosas?

    Hace ya varios años que Theodore Levitt, economista y profesor alemán, insistió en diferenciar la creatividad de la innovación. Levitt sostenía que la creatividad, como se define comúnmente, la capacidad de generar ideas brillantes y novedosas, puede ser destructiva para las empresas. Si no se toman en cuenta las cuestiones operativas de la implementación de una idea potencial, por más novedosa que sea, se corre el riesgo de fomentar ámbitos empresariales que se dediquen a charlas abstractas, pensamientos superficiales sin acción, carentes de propósito ni objetivos claros.

    Pongamos por ejemplo que se nos presentan dos emprendedores. Uno con una idea sobre una aplicación para hacer pedidos a locales de comida a través de su celular, pero no la lleva adelante ni la implementa. Otro emprendedor tiene la misma idea, la implementa, la lleva adelante y desarrolla con un grupo de amigos una aplicación que años más tarde se convierte en pionera de las aplicaciones por celular. ¿Quién es más creativo? Si juzgamos por la capacidad de tener una idea novedosa con valor para alguien, podríamos decir que los dos. El tema está en la ejecución, en la capacidad de llevar adelante dicha idea.

    La creatividad se define como el proceso mediante el cual las personas son capaces de crear ideas con valor diferencial para alguien o para un conjunto de personas y, en el mundo empresarial, para un conjunto de clientes. La innovación, por su parte, es el proceso mediante el cual las empresas son capaces de implementar dichas ideas y ponerlas en forma de productos, servicios o procesos. Finalmente, el diseño es el proceso por el cual las empresas pueden darle forma y atractivo para que esos productos, procesos o servicios encajen en la propuesta de valor de la compañía.

    La creatividad no puede ser vista como el único camino salvador hacia el crecimiento y el desarrollo empresarial y hacia una economía más activa que esté a la altura de nuestros competidores mundiales. Se ha transformado casi en un deber formar gerentes y ejecutivos más imaginativos y creativos. En demasiadas ocasiones se les carga casi toda la responsabilidad para el desarrollo de nuevas ideas a personas espectacularmente creativas, a sesiones de generación de ideas o a talleres de design thinking. Y esto en gran parte se debe a que se confunde la gestación de ideas con su implementación, es decir, se mezcla la creatividad en su sentido más abstracto con la innovación llevada a la implementación operativa.

    Un ejercicio interesante para hacer en este punto de la lectura es tratar de puntuarnos del uno al 10, de menos a más, en estas dos dimensiones: creatividad e innovación. El mismo ejercicio podría hacerse para los colaboradores de nuestro equipo más cercano. A menudo, la puntuación es más favorable cuando analizamos la creatividad y menor en cuanto a la innovación. Es decir, nos percibimos más creativos que innovadores.

    Es que realmente, en nuestras empresas, en nuestros ámbitos de trabajo, en nuestros espacios de interacción habitual, probablemente haya muy poca falta de creatividad. El problema más grande es que esa creatividad queda escondida y estancada en las organizaciones porque están desbordadas de ideas y no hay capacidad de ejecutarlas ni ponerlas en marcha sistemática y metódicamente. La generación de ideas abunda, la implementación operativa de estas ideas geniales es lo que hace falta.

    Adicionalmente, en una infinidad de situaciones se le da más peso relativo, más reconocimiento, incluso más incentivos, al creativo que al implementador. Pareciera como que a veces el proponer ideas nuevas es un fin en sí mismo. Esto puede dar la particular percepción en muchas personas de que sus trabajos terminan cuando se produce o “se escupe” una idea nueva. Por otro lado, se desmerece al colaborador, que tiene la difícil tarea de llevar esa idea adelante y que normalmente es quien más conoce o más cerca está del destinatario final de esa idea, que en el mundo empresarial es el cliente.

    La realidad es que sin innovación las empresas tienden a quedarse obsoletas, perder clientes o morir a manos de un competidor. Podemos preguntarle a Blockbuster, Kodak, Blackberry o Nokia, entre otras.

    Entonces, ¿qué hacer frente a una persona que viene con una idea nueva que merece un análisis y eventualmente ser implementada?

    Levitt propone dos criterios a ser tenidos en cuenta. En primer lugar, la persona debe asumir y trabajar con la situación tal como está, su desarrollo tiene que poder convivir con el estado actual de las cosas. En segundo lugar, el creativo que propone una idea debe poder considerar, al menos en su propuesta inicial, estimaciones básicas de lo que su idea conlleva en términos de mano de obra, tiempo, costos, riesgos, recursos, entre otros.

    Por último, es responsabilidad de los directivos crear ámbitos donde esta tensión entre creatividad e innovación pueda convivir. Y esto no se consigue solamente con una declaración de “aquí premiamos la innovación”. Se deben promover entornos abiertos y de asunción de riesgos en donde el error no sea castigado en forma sistemática. Los implementadores no pueden ser desmotivados repetidamente por sus errores de puesta en práctica. Inversamente, los creativos no pueden ser premiados exclusivamente por sus grandes ideas. Quizás a estos se les pueda pedir un poco más de dedicación y de responsabilidad adicional en la implementación de sus ideas.

    En su charla TEDx, al compartir su vivencia del momento en que su avión se estrellaba, Rick Elias cuenta que tuvo la chance de ir al futuro y volver, visualizar cómo quería vivir su vida y posteriormente vivirla de esa manera. Actualmente, en nuestras empresas tenemos el desafío único de imaginar el futuro que deseamos y elegir entre infinidad de ideas para llegar a ese lugar. Elegir la forma de implementarlas y llevarlas adelante es lo que al final del día puede hacer la diferencia.

    Creatividad para mirar al futuro y volver, innovación para implementar y ponerse en marcha.