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    Una decena de personas fueron llevadas ante el juez por inventar delitos para intentar “zafar” de sus errores

    Tiene 24 años y viene de un hogar humilde. Dice que no es demasiado inteligente, que terminó la escuela pero que no empezó el liceo. Nunca tuvo problemas con la policía y carece de antecedentes penales. Hace dos años tuvo la suerte de entrar en el Ejército, un empleo estable y seguro.

    Pero cometió un error. Y por temor a las consecuencias, cometió otro. Ahora está frente a una jueza penal, se lo acusa de simular un delito y podría enfrentar una pena de hasta tres años de cárcel.

    Según el artículo 179 del Código Penal, el que “a sabiendas” denuncia a la autoridad judicial o policial “un delito que no se ha cometido, o que simule los indicios de un delito, en forma que proceda la iniciación de un procedimiento penal para su averiguación, será castigado con pena de tres meses de prisión a tres años de penitenciaría”.

    Eso, precisamente, fue lo que hizo Jonatan. Acusó a su expareja, trabajadora sexual, de haberle robado su mochila, con el uniforme militar adentro. Temía que lo sancionaran por haberlo perdido; uno de sus superiores vio que estaba a la venta en la página Olx. Un compañero le sugirió que inventara un robo. Él fue más allá: describió con detalles que un Chevette azul, el de su ex, lo interceptó en la calle y un hombre, amigo de ella, le exigió su mochila mientras lo amenazaba con un arma. La acusó a ella de orquestar el robo y de vender luego sus pertenencias.

    La mujer fue detenida como sospechosa de rapiña y pasó toda la noche en la comisaría. La rapiña es un robo con violencia y tiene una cárcel mínima de cinco años. Cuando le tocó declarar, dijo que la acusación de su ex era un disparate: habían pasado una noche juntos pero a cambio de dinero. Él se negó a pagarle y en la huida apresurada se olvidó de la mochila. Ella vendió sus cosas para cobrarse la deuda.

    El cuento le sonó verosímil al fiscal Carlos Negro, que indagaba el hecho. Acorralado, el joven terminó confesando la verdad. Y el indagado pasó a ser él. El fiscal lo acusó de simulación de delito, pero le propuso un trato. Si él reconocía los hechos ante el juez, y se comprometía a realizar tareas comunitarias, el juicio quedaría en suspenso. El exsoldado aceptó y en una audiencia del 9 de agosto la jueza Adriana de los Santos dispuso la suspensión condicional del proceso.

    “Este es el cuarto caso de simulación que tuvimos en el turno”, comentó sorprendido el fiscal a la jueza al finalizar la audiencia.

    El día anterior, Negro había tenido otra audiencia por el mismo delito. Un hombre se presentó en la policía a denunciar que le habían robado la camioneta. Que en una esquina, un Chevrolet Corsa lo interceptó y tres personas con armas de fuego se subieron a su vehículo. Que lo llevaron hasta su casa para que les entregara la documentación de la camioneta. Acusó con nombre y apellido a los responsables; uno de ellos, un amigo de la infancia.

    El fiscal citó a quien había comprado la camioneta a los supuestos secuestradores. Pero el relato que escuchó fue completamente diferente. Sí había comprado la camioneta, admitió el nuevo dueño, pero al propio Milton, en medio de una noche de juerga. Tras gastar todo su dinero en drogas y prostitutas, vendió su vehículo a sus compañeros de parranda para hacerse de efectivo y continuar la fiesta.

    Milton volvió a ser citado a la fiscalía. Esta vez confesó que el robo era un invento para recuperar la camioneta. Otra vez Negro optó por pedir la suspensión condicional del proceso a cambio de la admisión de los hechos y el compromiso de realizar trabajo comunitario.

    “Se está dando un fenómeno bastante particular”, comentó Negro a Búsqueda. “Son casos donde se inventan delitos graves, y pareciera que no se dan cuenta de las consecuencias que eso tiene”.

    El fiscal contó que este tipo de artimañas eran utilizadas en casos de apropiación indebida, donde se intentaba ocultar un delito más grave, como el de quedarse con la recaudación de un comercio. Pero en estos casos, lo “llamativo es que son errores relativamente menores, y lo que buscan es zafar en lugar de enfrentarlos”.

    Otro aspecto curioso para Negro es que en tres de los cuatro casos que tuvo las personas acusaron a otros con nombre y apellido, con lo cual expusieron a amigos o conocidos a pasar años en la cárcel por un delito que no cometieron.

    “Mas allá de lo anecdótico, llama la atención. Trasluce una suerte de menosprecio de determinados códigos: lo que quiero lo quiero ahora y no me importa el costo, ni me importa el otro. Muestra una pobreza cultural muy grande”, opinó.

    Otro de los casos de simulación que Negro formalizó se trató de un hombre que vendió su celular a un vecino para comprar pasta base. Luego quiso recuperarlo, y entonces dijo que se lo habían robado y que su vecino lo había comprado al ladrón, incurriendo en un delito de receptación. Lograr su confesión no fue fácil.

    “Llama la atención cómo se aferran a la mentira, insisten e insisten. Cuesta trabajo lograr que acepten que mintieron. Después que fueron a la seccional a decir una mentira, y luego a fiscalía, ya no echan para atrás”.

    De acuerdo con datos del Poder Judicial, en lo que va del año al menos nueve personas fueron llevadas ante un juez por simulación de delitos.

    Algunos de esos casos tuvieron difusión en los medios. En agosto, Subrayado informó que un taxista denunció un robo luego de haberse gastado el dinero recaudado en el casino. Para darle más credibilidad a la historia se infligió cortes y aseguró que los ladrones lo habían lastimado. El hombre fue indagado por simulación de delito luego de que la policía descubriera que el relato era falso.

    Más grave fue la estrategia que idearon en enero un joven de 20 años y la propietaria de un Red Pagos para quedarse con un botín de $ 3 millones y US$ 22.000. Según informó Subrayado, la Justicia condenó a ambos a tres años de prisión después de que un accidente de tránsito dejara al descubierto que el secuestro y el robo que habían denunciado era falso, ya que el dinero se encontraba en el baúl del auto que conducían.