• Cotizaciones
    martes 23 de junio de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Una mentira histórica

    Sr. Director:

    La historia es la reconstrucción de hechos a través de la evidencia empírica que ha perdurado, interpretada como conformidad con los parámetros del periodo en cuestión, pero con las interrogantes de nuestro tiempo. En algunos casos (por no decir en muchos) existen motivaciones políticas, sectoriales o ideológicas en su conformación, pues se utiliza para legitimar procesos institucionales o justificar acciones. En general, se acusa a las dictaduras de echar mano al pasado para defender los excesos y las derivas psicóticas del dictador de turno. No obstante, abundan ejemplos en los que galardonados señores y doctores embanderados en los pabellones patrios o sobre tabernáculos democráticos, de forma consciente o no, manipularon, tergiversaron o simplemente ocultaron hechos. Tal es el caso de la historia del continente americano, sobre todo en lo que atañe a la época de la colonia y el proceso de transición hacia la configuración del patrón liberal. Por ignorancia, conveniencia o quietismo, asumimos como propios los discursos y relatos generados sobre la segunda mitad del siglo XIX. Quisimos creer que fuimos colonizados, que nos conquistaron, mataron y sometieron durante un poco más de trescientos años. Estuvimos dispuestos a aceptar que la Casa de Austrias ?que construyó universidades en todo el continente, terminó con los sacrificios humanos y la esclavitud? era una empresa sanguinaria y extractora de oro y plata, mientras que los imperios ingleses y holandeses ?masacres mediante? eran promotores de libertades individuales. No tuvimos inconvenientes en rechazar nuestro pasado industrial (orientado hacia los grandes centros urbanos del continente: Córdoba, Alto Perú, Cartagena, etc.), productivo y soberano en pos de un presente agroexportador y dependiente. Preferimos rezarles a los ídolos del liberalismo político anglosajón y del siglo de las luces en vez de construir sociedades plurales y descentralizadas con base en el modelo tradicional de la neoescolástica española. Ignoramos los viejos códigos de derechos humanos del siglo XVI para esperar que la reforma fraternal, libertaria e igualitaria de Francia nos guiara en la construcción de Estados nacionales. Es por ello que resulta necesario, aunque sea un grito en el desierto, defender la verdad histórica y los hechos fácticos que explican cómo pasamos de ser una potencia en el sistema-mundo a un continente pobre, delegado y desigual. Porque sí, esa fue una decisión política, y una de la cual debemos hacernos cargo. En las siguientes líneas pretendemos arrojar luz sobre la oscuridad, explicar con hechos y casi como un imperativo moral las reales dimensiones del antiguo y glorioso Reino de Indias, inscrito en la monarquía compuesta de la Casa de Austrias, que fue el mayor conglomerado político y social desde la época romana. A los efectos de dimensionar las categorías antes expresadas, haremos una breve desagregación de los temas clásicos de la agenda internacional. Derechos humanos: Es común escuchar relatos tendientes a generar fábulas e imágenes cinematográficas, historias de cómo un par de cientos de españoles sedientos de sangre llegaron a estas tierras y masacraron a cuanto indígena encontraron. Pues no, no fue así, por suerte para la civilización y por desgracia para los trovadores holandeses. Si bien el factor violencia era complejo (como en Europa, África y Asia del siglo XVI, pensemos que las torturas como método de interrogatorio judicial fueron abolidas, por vez primera, por María Teresa de Austria en el siglo XIX), no existe evidencia histórica que pruebe tan gráficas pero falsas anécdotas. Los hechos que sí podemos probar a nivel documental hacen alusión a una temprana preocupación por las nuevas personas descubiertas, manifestados en declaraciones y el propio testamento de Isabel de Trastámara, reina de Castilla. Esa maravillosa, católica y piadosa mujer (tan desdeñada por la historiografía) procuró que los indios fueran tratados como personas, e incluso obligó a Colón a devolver a los nativos que habían sido vendidos como esclavos. A su vez, la Iglesia católica, apostólica y romana fue de las primeras en defender la condición humana de los indígenas y enviar a sus mejores hombres (muchos de ellos elevados a la calidad de santos), entre los que destacaron fray Francisco de Bobadilla y fray Nicolás de Ovando, quien proclamó la libertad de los indios y el derecho a que fueran respetados como “buenos y leales vasallos de la Corona”. Estos hombres no solo tuvieron una misión evangelizadora, sino que también asumieron un rol pedagógico. A su vez, tras generarse una serie de disputas, como las instrucciones de Ovando, las leyes de Burgos (a raíz del sermón de Montesinos) y los debates de la escuela de Salamanca, nos es posible visualizar que la política de la Corona estuvo tendiente a garantizar el respeto por sus nuevos súbditos. Las tesis contrarias argumentan que las disposiciones tuvieron ?hablando en términos kelsenianos? escasa aplicación, lo cual puede llegar a tener ciertos puntos a favor, pues hubo casos registrados donde estos mandatos no fueron diligentemente seguidos. Ahora bien, en nuestros tiempos ?donde están en vigencia cientos de instrumentos multilaterales de derechos humanos? se esclaviza a algunas personas y se discrimina a otras por diversos motivos (género, religión, sexualidad, ideas políticas). Esto no justifica los desviacionismos de antaño, pero pone en contexto una realidad fáctica. Las normas son un prototipo paradigmático de comportamiento, el cual es constantemente desafiado y, por tanto, nos obliga a redoblar esfuerzos para garantizar su cumplimiento, como hizo la Corona hispano-indiana. Retomando la cuestión persistente sobre las matanzas de indígenas, creemos necesario problematizarla en torno a dos ejes, a saber: 1) evolución de la población y 2) permanencia de la presencia hispano-indiana en estos territorios (no decimos española, pues españoles éramos todos). Hacia 1492, según los sectores más serios de la historiografía, había aproximadamente 13,5 millones de indígenas, aunque algunas corrientes recientes elevan el número a 20 millones, pero no más. Atrás quedan las cifras exageradas que llegaron a duplicar los datos antes mencionados para exaltar la evangelización o las campañas militares. Ahora bien, todas las posiciones coinciden en que hacia 1700 esa población se había reducido en un 90%, un hecho irrefutable, probado. Los debates comienzan en las causas de esa reducción, pues por lógica existieron caracteres estructurales que explican el descenso y, de hecho, existe una causal totalizadora, la existencia de un enemigo invisible a los ojos de todos, los virus y bacterias. Las plagas de viruela, sarampión, tifus, paperas, peste neumática, virus respiratorios y otro tipo de infecciones gastrointestinales provenientes de Europa y Asia para las que nuestro continente no estaba preparado generaron estragos. La zona de México perdió, entre 1520 y 1530, dos tercios de su población en las principales ciudades, con una fuerte afectación en los niños. Hacia 1583 la mitad de la población indígena de Centroamérica falleció de tabardillo. Existen completos y complejos registros (realizados por la Iglesia, quien escribía al rey sobre los tristes sucesos que se estaban dando) de las plagas existentes entre 1530 y 1700, durante las cuales porcentajes inmensos de la población indígena pereció ante estas enfermedades, para las que no había más cura que el aislamiento y la generación de anticuerpos. Ejércitos de su majestad: Las huestes imperiales españolas arrasando la selva amazónica, el chaco, los imperios inca y azteca responden más al producto de la fantasía que a la realidad histórica. Gracias a la inmensa documentación del Archivo de Indias (entre otras fuentes bibliográficas) sabemos que los contingentes castellanos que arribaron a estas costas solo constituían grupos de no más de trescientos hombres ?jóvenes y solteros en búsqueda de un futuro? que se asentaron sobre la costa pacífica, donde se encontraban los centros urbanos tradicionales, conformando el Reino del Perú. Dicho virreinato (cuyas enormes riquezas contribuyeron a generar una alta nobleza indígena) fue amenazado desde el Caribe por piratas franceses, ingleses y holandeses y desde el sur por los bandeirantes, que no eran más que saqueadores paulistas a las órdenes de los funcionarios portugueses. La Corona, bajo el reinado de Felipe II, debió buscar una estrategia de defensa frente a este avance sobre sus dominios hispánicos (para proteger sus tierras, custodiar los centros económicos del corazón del continente y evitar que sus súbditos fueran esclavizados) en virtud del Tratado de Tordesillas, por lo que recurrió a una política de poblamiento, cuyo objetivo era hacer efectivo el dominio, y en 1580 dio la orden de fundar reducciones o misiones jesuíticas (destacando las de Maynas, Mozos, Chiquitos, Paraguay, Orientales, etc.). La labor y acción misionera ?desde la Baja California hasta el Río de la Plata? estará a cargo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola, quien enviará sacerdotes para organizar a las tribus indígenas sobre los márgenes de Tordesillas. Los objetivos de la compañía están bien definidos: Buscan evangelizar (cumplir con el mandato de Cristo de llevar su palabra a todos los rincones de la tierra), educar a los indígenas (respetando su idioma, sus estructuras jerárquicas ?como los cacicazgos y los consejos o las coyas? y su diversidad cultural) y coadyuvar a la Corona a proteger los dominios indianos (a través de la creación de un antemural misionero, una especie de frontera viva, como explicaba Reyes Abadie). Entre 1580 y 1750, sobre la frontera sur, operará un ejército de elite ?comparable con los temidos tercios españoles? formado, comandado y dirigido por los caciques indígenas, quienes protegerán a Buenos Aires y Asunción, coadyuvarán en la construcción de fortificaciones en ambas ciudades, derrotarán a los portugueses en la gran Batalla de Mborobé y atacarán la ilegítima fundación de Colonia del Sacramento. Si la principal fuerza militar de la Casa de Austrias estaba formada por caciques e indígenas, ¿por qué no emprendían una campaña contra los “invasores”? ¿Cómo pudo perdurar la presencia española por trescientos años? ¿Cómo es posible que millones estuvieran “sometidos” por un hombre a miles de kilómetros? El rey de España e Indias era una figura lejana, mítica y etérea, un símbolo de la unidad de destinos en el sistema mundo, pero no una realidad tangible. Por lo tanto, ¿quién manejaba el poder en estas tierras? La respuesta es sencilla, aunque difícil de visualizar, pues era la nobleza indígena quien tenía el control de las instituciones indianas (Reales Audiencias y cabildos). Ejercicio efectivo del poder: Tendemos a pensar que los patrimonios de las familias Tecalco, Moctezuma, Xocoyotzin, Hueyna Capac, Goacanagarí fueron confiscados, pero no es así, pues de haber hecho esto los españoles hubieran asistido a una insurrección general. Por el contrario, la política llevada por la Corona ha tendido al reconocimiento del pasado nobiliario de estas familias y, siguiendo las tradiciones europeas, las hijas de altos miembros de la elite indiana se casaron con españoles, formando así una sociedad mestiza, plural, diversa y dueña (con un acceso total) de la producción minera y la construcción de obrajes. Esto último merece una división en los siguientes términos. En primer lugar, si bien la tierra era propiedad del Estado (bajo una visión tomista y paternalista), este concedía derechos de extracción a particulares, siempre y cuando pagaran un quinto real en la Casa de la Moneda, por lo que, en principio, el 80% del oro, plata, esmeraldas y otras piedras preciosas extraídas de América fueron reinvertidas en el continente. La defraudación fiscal era un fenómeno muy extendido en la época, lo cual nos muestra que “el saqueo de oro y plata” por parte de los codiciosos españoles es solo un mito, un triste relato hecho por quienes atesoraban el oro y los recursos naturales de naciones extranjeras, pues, como dice el dicho, el ladrón piensa que todos son de su condición. En segundo lugar debemos hacer un acápite en la concentración de capitales y su posterior reinversión. Las inmensas industrias con base vegetal (tejidos, azúcar, ron, cigarros), animal (manteca, carne salada, cebo) y metalífera (platería, sal, casa y fundiciones), donde trabajaban hombres libres, fueron creadas gracias a la concentración de oro y plata, fruto de la implementación de las técnicas traídas por los españoles, incorporaciones que también mejoraron las formas de producción local. Fue tal la riqueza atesorada en el Reino de Indias que entre los siglos XVI y XVIII las ciudades de Quito, Cartagena de Indias y Arequipa superaban por kilómetros, en esplendor y majestuosidad, a París, Ámsterdam, Londres o Madrid. Son bien conocidos los relatos de las familias indianas que al viajar a Madrid no entendían cómo su rey vivía en una ciudad tan “sucia y decadente”, por lo que no faltó quien lo quisiera traer al Alto Perú o a Nueva Granada. Educar para gobernar: No era común que se transmitiera conocimiento a los esclavos o que se procurase que un simple colono tuviera formación universitaria (un enorme privilegio reservado a la más alta aristocracia entre los siglos XV y XIX). Pues bien, la “tiránica” Casa de Austrias ordenó en 1538 construir la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, a la que le siguieron las de México (1551), San Fulgencio (1586), Córdoba (1613), entre muchas otras. Del otro lado del Tratado de Tordesillas, los portugueses tardaron algún año más en construir universidades, pues la primera es de 1920 (Universidad de Río de Janeiro). Tal fue el influjo de las universidades hispanas ?bajo el modelo salamanquino? que incluso los norteamericanos las utilizaron como casa de estudios y modelo a seguir a mediados del siglo XIX. Los elementos citados ut supra son producto de la configuración de un pacto a través del cual la Corona (haciendo usufructo de la soberanía, pero no siendo titular de esta) procuró, en cumplimiento del pacto de incorporación de 1519, entablar relaciones de amistad y alianza con los indígenas, procurando elevar su calidad de vida, mejorar sus medios de producción y demostrar que su pertenencia a la plurimonarquía horizontal, federal y contractual de la casa de Habsburgo era estar jugando en el equipo ganador, pues se incorporaron como un reino independiente, separado y distinto al principal actor de las relaciones internacionales. A la crisis de la monarquía (1809-1812) se le sumó la nefasta administración de los últimos Borbones (Carlos III, Carlos IV y Fernando VII) y, por tanto, se produjo la separación de estas tierras, no sin antes intentar reconciliarse, como fue el proyecto de Confederación planteado por Bolívar o las ideas de San Martín. Era necesario borrar cualquier rastro del pasado, pues en este solo había destellos de gloria y el futuro ?bajo las lógicas del patrón liberal y con las intervenciones anglo-francesas? era incierto. En síntesis, el peor de los engaños es el que nos da placer, la peor de las mentiras es la recibida de buen grado. Porque es preferible soñar que pasamos de la noche al día a darnos cuenta de que todos, de forma individual o colectiva, decidimos entrar unidos al oscurantismo de la desigualdad.

    Lic. Alejandro Ferreira