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    Una pianista de raza

    Comenzó el ciclo de abono de la Ossodre en la Sala Eduardo Fabini

    Con muy buena asistencia de público se reinstaló el ciclo sinfónico de abono de la Ossodre, de la mano de su nuevo director estable, el maestro norteamericano Stefan Lano, y con la presencia de nuestra legendaria Nybia Mariño. Artista indiscutida y querida, Mariño fue figura infaltable en los ciclos de abono de la esquina de Mercedes y Andes hasta su incendio en 1971. Pero el fuego que arrasó con el viejo Estudio Auditorio y que veinticinco años más tarde se ensañaría con el Teatro Odeón no pudo vencer el fuego propio de Nybia, que siguió actuando incansable en el Teatro Solís, en la sala Brunet, en la sala Vaz Ferreira, en el teatro Odeón y hasta en el Palacio Piria, sede de la Suprema Corte de Justicia, donde hizo una de sus mejores versiones de la “Fantasía” de Schumann.

    El segundo hogar de Nybia Mariño ha sido entonces sin discusión el Sodre, con cuya orquesta formó una sociedad indisoluble desde siempre. Impactó verla entrar con sus noventa y cuatro años, caminando lentamente de la mano del director Stefan Lano, una figura siempre menuda pero ahora se le sumaba una visible fragilidad.

    Cuando llega al medio del escenario, la pianista hace una reverencia al público y el teatro se desploma en aplausos y bravos. Genio y figura, se toma su tiempo para acomodarse en la banqueta. Mientras la orquesta inicia los primeros compases del “Concierto N°23 en La mayor K.488” de Mozart (1756-1791), Nybia se acomoda las mangas del vestido, se persigna y besa dos veces lo que presumiblemente es una medalla o un crucifijo que cuelga de su cuello. Tiene casi cien años pero la procesión interna de los nervios la sigue asaltando como si fuera el debut.

    El concierto transcurrió dentro de lo previsible. Nybia nunca fue una intérprete especialmente mozartiana y los dos Allegros extremos fueron expuestos con algunos excesos de acentuación característicos de su temperamento. Aunque el discurso general en estos movimientos tuvo en ella la solvencia esperada, también debe decirse que tienen exigencias de digitación que nuestra artista lógicamente hoy por hoy no puede sortear con limpieza. En cambio, menos justificable es el desempeño de la orquesta en esos dos Allegros: los cornos desafinaron ya en los primeros compases y no se vio al director en actitud proactiva para sincronizar y flexibilizar sus tiempos con los de la solista, mirándola con más atención, para evitar así algunos desencuentros.

    También era previsible que el Adagio, una de las páginas más sublimes de todo Mozart, fuera el boccato di cardinale. Sin el apremio del tempo, cuando comienza a exponer el tema el piano solo con la orquesta en silencio, aparece el ataque decidido, el sonido carnoso y el ritmo infalible que han sido la marca de fábrica de Nybia Mariño y con ello la magia del momento. Mientras el piano durante esos compases iniciales canta solo, fue posible “escuchar” el silencio sepulcral de la sala, extasiada con el sonido y el fraseo de una artista mayor. La orquesta se plegó luego a acompañarla con una unción, una prolijidad y una flexibilidad que no había mostrado en los movimientos extremos. El recuerdo de este notable Adagio es el que con justicia atesorará el público que ovacionó por enésima vez a Nybia.

    El maestro estadounidense Stefan Lano, que ya nos visitara el año pasado como director Principal de la Orquesta, fue designado esta temporada como director estable y su primer trabajo como tal fue la “Sinfonía N° 1 en Re mayor” de Gustav Mahler (1860-1911). La obra pertenece a lo que muchos consideran el primer período dentro de la producción mahleriana, donde la escritura es todavía amable y se está lejos de la exasperación expresiva y la hondura trágica que sobrevendrá en sus últimas obras. No obstante, se ve ya la mano de un compositor diferente, rico en ideas, con un manejo de enorme suficiencia para su orquestación.

    La sinfonía requiere gran orquesta, con refuerzo de instrumentos en todos los sectores. Lano es un director de batuta clara, cosa buena para encarar cualquier obra de Mahler y evitar el borroneo fácil de las diferentes texturas. Hizo un landler enérgico en el segundo movimiento, logró un muy buen momento de las cuerdas y las maderas cuando atacan el tema después de esa danza, siguió con una muy buena Marcha fúnebre en el tercer movimiento y mantuvo el pulso firme y el control en las dos explosiones orquestales que empiezan y terminan el cuarto movimiento. Si algún descuento puede hacerse a la versión de Lano fue cierta cortedad de vuelo expresivo en este cuarto movimiento, en el enfoque del segundo tema confiado a las cuerdas después de la primera eclosión de la orquesta. Son apenas unos pocos minutos de muestra del mejor lirismo y de la más inspirada vena melódica mahleriana, en los que el director pareció más preocupado por mantener el pulso y el balance de los diferentes sectores, en perjuicio de una mayor flexibilidad del tiempo y de un fraseo menos apremiante y más expresivo.

    Párrafo aparte hay que decir que los cornos, que ya en Mozart habían rechinado, aquí también ofrecieron momentos de disgusto al oído en el segundo y cuarto movimiento de la sinfonía. De alguna manera habrá que insistir para mejorar en este aspecto.

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