Tabaré Vázquez fijó como objetivo que para 2020 el 100% de los estudiantes haya terminado el Ciclo Básico, que el 100% de los jóvenes de 17 años esté en el sistema educativo y que la tasa de egreso en la enseñanza media sea como mínimo del 75%.
Tabaré Vázquez fijó como objetivo que para 2020 el 100% de los estudiantes haya terminado el Ciclo Básico, que el 100% de los jóvenes de 17 años esté en el sistema educativo y que la tasa de egreso en la enseñanza media sea como mínimo del 75%.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara el pedagogo y filósofo Philippe Meirieu, Uruguay “hace bien” en buscar incluir a todos los niños y jóvenes en el sistema educativo. “Pero eso solo no alcanza”, advierte. “No se trata de meter a todo el mundo y simplemente comprobar quiénes tienen éxito y quiénes fracasan, porque eso solo legitima el fracaso y reproduce la fractura social”, agrega.

“Si se observa lo que sucede en países de Europa, en Estados Unidos y en buena parte de América Latina, queda demostrado que la inclusión y la democratización del acceso no es suficiente”, dice el especialista.
Meirieu estudió Filosofía y Letras en París, fue maestro, profesor de liceos y colegios, docente de la universidad. Además, dirigió el Instituto Nacional de Investigación Pedagógica francés. Es autor de más de una veintena de libros y participó en varias de las reformas del sistema educativo de su país. Días atrás visitó Montevideo y expuso sus ideas en el Colegio Elbio Fernández. También se reunió con autoridades del Consejo de Formación en Educación. El lunes 5, previo a su primera conferencia en Uruguay, habló con Búsqueda sobre políticas educativas y docencia.
—Usted enseñó en un colegio de un suburbio de Lyon a alumnos de entornos conflictivos. Con cierta frecuencia en Uruguay se conocen agresiones de padres a docentes. ¿Qué supone esta pérdida de estatus del educador en la sociedad y cómo se contrarresta?
—La desvalorización de los educadores no se manifiesta solo en los medios desfavorecidos ni tampoco solo por la violencia física. Los padres de las clases más pudientes también agreden a los educadores, pero expresan esa violencia de otras maneras. Es un fenómeno más global y hay que verlo como la crisis de una institución sobre la cual hay una falta de confianza.
—Precisamente, usted ha dicho que la crisis de la escuela es fundamentalmente una crisis de confianza en una institución que dejó de ofrecer aquello que los padres buscan para sus hijos.
—Exacto. Y esa crisis de confianza se expresa en la judicialización de los problemas entre padres y educadores, que en realidad son problemas pedagógicos. Mire, cuando yo era niño, ingresar a la escuela era como subirse a un avión: uno se ponía en manos del piloto, es decir, del maestro o el educador, y confiaba, respetaba. En cambio, hoy los padres nos metemos en la cabina de mando y exigimos.
—Y hay quienes hasta golpean al piloto... Pero ¿cómo se recupera esa autoridad?
—Recuperar esa autoridad es bastante difícil porque todos vivimos sospechando del otro, y eso es una verdad para la educación, pero también para la salud, la justicia... Ese es el problema del mundo adulto, que está en competencia continua. Para evitar estos fenómenos lo primero es que padres y educadores retomen el diálogo en la escuela y trabajen sobre objetivos comunes en un clima menos hostil. Pero la democracia hoy tiene dificultades para encontrar objetivos comunes. Lo cierto es que si la autoridad del educador es puesta en cuestión por los padres, tampoco será legítima para los alumnos.
—Usted estuvo a ambos lados del mostrador, como académico y político, ¿en qué medida los Estados permiten esta degradación?
—A nivel político también se ve que los dirigentes se adhieren a teorías fáciles que pretenden resolver todos los problemas a partir de afirmaciones sumamente simplistas de una realidad compleja, como sucede hoy en Brasil. Está claro que en las sociedades totalitarias o teocráticas los ciudadanos solo tienen que obedecer, pero en las democracias deben tener la posibilidad de reflexionar y debatir sin sufrir violencia, humillación ni intimidación por ello. La formación de ciudadanía pasa por la familia pero también por la escuela, que no es solamente el lugar para aprender sino también para compartir con otros chicos provenientes de diferentes entornos, con otras referencias culturales y maneras de vivir y de pensar. En ese sentido la escuela cumple un rol fundamental para la construcción de la sociedad democrática.
—¿Por qué?
—Porque nuestras democracias necesitan personas capaces de pasar de los intereses personales a la construcción del bien común. Ese trabajo de ir de lo individual a lo colectivo es muy importante en nuestras sociedades, sumamente individualistas y aceleradas —no solo por las tecnologías—, donde hay poco tiempo para pensar. De hecho, los niños y los jóvenes de nuestros países muestran una regresión en cuanto a la capacidad de atención, de reflexión y de lectura lineal, por vivir tentados por los fenómenos publicitarios y por obtener las cosas más rápido.
—En Uruguay, un objetivo educativo prioritario es la inclusión de todos los niños y jóvenes en el sistema. ¿Es suficiente la democratización del acceso como objetivo?
—Uruguay hace bien y lo prestigia su voluntad de integrar a todos los niños y jóvenes, con distintas dificultades, al sistema educativo. Pero eso solo no alcanza. No se trata de meter a todo el mundo y simplemente comprobar quiénes tienen éxito y quiénes fracasan, porque eso solo legitima el fracaso y reproduce la fractura social. Si se observa lo que sucede en países de Europa, en Estados Unidos y en buena parte de América Latina, queda demostrado que la inclusión y la democratización del acceso no es suficiente. En algunos países la inclusión escolar produce efectos preocupantes, porque el sistema legitima las inequidades.
—Entonces, es un problema de interés político.
—Mejor pensarlo en términos de opción política. La democratización de la enseñanza debe ir acompañada de una pedagogía diferenciada que comprenda actividades comunes: unas donde todos los niños trabajen juntos, y otras en que cada uno pueda superar sus propias dificultades. La importancia de la pedagogía radica en permitir a todos los niños —también a aquellos que no tienen una familia atrás, que presentan graves dificultades— entrar y lograr los aprendizajes que necesiten. Ese equilibrio debe efectuarse a nivel de cada clase, de cada centro de estudio y de todo del sistema educativo. Si un gobierno no va hacia una mayor integración y mezcla social en las escuelas, toma el riesgo de permitir la aparición de fracturas sociales importantes: que haya ciudadanos de dos niveles, formados a dos velocidades.
?? “La repetición no tiene efectos positivos sobre la trayectoria”