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    Uruguay apareció en la agenda internacional gracias a su ser “vanguardista” en derechos sociales y a su democracia sólida

    Una guerrilla urbana, el milagro de Los Andes, la dictadura militar, el éxito de clubes y selecciones de fútbol, el “fenómeno Mujica” y la renuncia de un vicepresidente

    Existe la creencia de que en Uruguay no pasa nada. El vértigo que viven los vecinos Argentina y Brasil, las crisis económicas y políticas que atraviesan Estados Unidos y Europa colman la agenda de los medios de comunicación y tapan lo que sucede en el país. Sin embargo, en las últimas cinco décadas, en Uruguay hubo episodios que marcaron su historia y que le valieron la atención mundial. Hubo una guerrilla urbana, jóvenes que protagonizaron un milagro en Los Andes chilenos, una dictadura militar en una democracia que parecía inquebrantable, una selección de fútbol que se llenó de laureles, un presidente raro para el mundo que atrapó por su filosofía austera y un gobierno que en el lapso de pocos años legalizó matrimonio entre homosexuales, el aborto y la producción y venta de marihuana. Momentos en los que el país se convirtió en noticia y que definieron su identidad en los últimos años.

    El Uruguay de los años 60 no tenía en el radar que un grupo de militantes de izquierda con ideales marxistas se lanzaría a las calles con la utopía de tomar el poder por las armas. El Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros, la primera guerrilla urbana, comenzó a operar robando armas y dando golpes a bancos disfrazados de policías; buscaba recaudar dinero que le permitiera prepararse para la lucha. Los enfrentamientos con la Policía se volvieron cotidianos, crecieron las tomas de locales, se llevaron millones de pesos del casino San Rafael de Punta del Este y de la financiera Monty e incursionaron en los secuestros con fines políticos. Llegaron a crear “la cárcel del pueblo” donde escondían a los rehenes.

    Los historiadores no logran cuantificar los miembros que alcanzó la guerrilla, pero las cifras van desde 6.000 a 10.000. En su cúpula aparecían los nombres de Raúl “el Bebe” Sendic, Eleuterio Fernández Huidobro, Julio Marenales, Henry Engler y José Mujica. Su poder crecía y sus acciones se agravaban. En agosto de 1970 secuestraron y asesinaron al funcionario norteamericano Dan Mitrione, enviado del gobierno de Estados Unidos para entrenar en técnicas de tortura a la policía uruguaya. Del otro lado, los efectivos encerraban a diario a integrantes de la guerrilla. Más de 100 estuvieron en 1971 encerrados en la cárcel de Punta Carretas, pero en ese entonces lograron escaparse, convirtiéndose en uno de los récords Guinness como una de las mayores fugas de presos de la historia, conocida en Uruguay como “el abuso”.

    Hacia 1972, los militares lograron quebrar a los tupamaros. Descubrieron sus escondites, algunas delaciones revelaron datos claves y en poco tiempo la guerrilla quedó desarticulada y con sus líderes tras las rejas.

    Para el politólogo Adolfo Garcé, la guerrilla “llamó la atención del mundo” y también “asombró dentro del país”. “Algunas de las primeras acciones, como robar un camión de Manzanares y repartir la comida, causaron simpatía, después generó otras reacciones”, recuerda. La historiadora Ana Ribeiro asegura que los tupamaros se convirtieron en noticia porque “irrumpieron con gran espectacularidad en un país modelo en lo político”.

    Ese mismo año, un grupo de jóvenes del liceo Stella Maris, ajenos a la lucha política, debían representar a su equipo de rugby, Old Christians, en Santiago de Chile. Tomaron el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya en la tarde del 13 de octubre de 1972, pero nunca llegaron al destino. El avión con sus 45 personas a bordo se estrelló en la cordillera de Los Andes. Trece murieron en el accidente y a la mañana siguiente fallecieron otros cuatro.

    Hubo 16 sobrevivientes, casi todos rondando los 20 años, que quedaron atrapados e incomunicados en las gélidas montañas con temperaturas inferiores a los 30 grados bajo cero. Resistieron durante 72 días hasta que fueron rescatados. El mundo conoció su proeza como “El milagro de los Andes”. El episodio, sin embargo, no estuvo exento de polémica, cuando se supo que para superar la falta de comida tomaron la dura decisión de comer la carne humana de sus compañeros muertos. En aquel momento fueron tapa de los diarios más importantes, sus vivencias se transmitieron en ocho libros y varias adaptaciones al cine.

    Al año siguiente se dio uno de los eventos más complejos en la historia reciente del país. Uruguay sacaba lustre de su democracia consolidada hasta que el 27 de junio de 1973, producto de la inestabilidad política que existía, el presidente Juan María Bordaberry dio un golpe de Estado apoyado por los militares. Quedó instalada una dictadura que permanecería hasta 1985. Para Garcé “es claro que fue el peor momento” y que al igual que con la guerrilla, “causó el asombro del mundo”. “La fama bien ganada de democracia sólida se cayó”, dice. “Nos emparentaron con el resto del continente americano con sus secuelas de muertes y desa­pariciones”, recuerda Ribeiro.

    “Preferíamos vernos superiores y distintos”, dice Garcé, y asegura que “fue un gran golpe para la autoestima uruguaya” porque “pasó de considerarse un país civilizado a asumirse como otro donde pasan las mismas cosas trágicas”. “Nos cambió, nos deprimió y nos devolvió una imagen que no queríamos ver y que recién en los últimos años pudimos revertir y sentirnos nuevamente orgullosos del país”.

    En esa etapa de oscuridad, el resultado del plebiscito de 1980 fue, según Ribeiro, un halo de luz que trascendió las fronteras uruguayas. Contra todos los pronósticos, el No se impuso en la consulta que llevaron adelante los militares para reformar la Constitución.

    Con el fin de la dictadura, cuyas heridas todavía no cerraron, los partidos políticos recuperaron su vigor y fueron alternando en el poder. La normalización institucional pronto dejó de ser noticia, al menos hasta la llegada del Frente Amplio al gobierno en 2005.

    Durante estas dos décadas, el fútbol siguió colocando a Uruguay en el mapa mundial, principalmente en los años 80. Los equipos grandes, Peñarol y Nacional, fueron campeones de la Copa Libertadores y también de la Copa Intercontinental, el torneo que reconocía al mejor equipo del mundo. Nacional la ganó en 1980 al derrotar al Nottingham Forest inglés, Peñarol triunfó en 1982 contra el también inglés Aston Villa y Nacional repitió en 1988 frente al PSV Endhoveen de Holanda. La selección también se hizo fuerte y fue campeona en la Copa América de 1983 y 1987. Y volvería a lograrlo en 1995 siendo local.

    Entrados los años 2000, el país atravesó una dura crisis económica que repercutió en el cambio de gobierno. Llegó el Frente Amplio al poder, en 2005, y este nuevo traspaso de banda presidencial hacia un nuevo partido es lo que la historiadora Ribeiro destaca como una seña particular que el mundo aprecia de Uruguay: “su estabilidad democrática”.

    Las siguientes elecciones marcaron otro hito. En 2009 ocurrió lo que marcaba la tendencia, pero para el mundo Uruguay fue otra sorpresa. La ciudadanía eligió como presidente a José Mujica, el exguerrillero tupamaro que había intentado alcanzar el poder con las armas. Ese dato despertó el interés en otras latitudes, que se multiplicó cuando conocieron su modo de vida y la retórica filosófica de el Pepe. Su chacra, esa que funcionó como residencia presidencial entre 2010 y 2015, se convirtió en lugar de visita de los medios más importantes del mundo. Los periodistas de las principales potencias de Occidente y de los países del Oriente buscaban conocer al presidente más pobre del mundo, como lo definieron, y Uruguay gozó de una exposición nunca antes vista.

    Tres meses después de la asunción de Mujica, en junio de 2010 se jugó el mundial de fútbol en Sudáfrica. La selección uruguaya había llegado en el último suspiro clasificando en un partido de repechaje, pero tuvo un gran torneo. Terminó en el cuarto lugar, luego de partidos emotivos como el agónico triunfo sobre Ghana por penales y de caer de forma digna ante potencias como Holanda y Alemania. Ese equipo que avanzó inesperadamente hasta las instancias finales llamó la atención y en los días de definición los medios internacionales repetían una y otra vez el nombre Uruguay.

    Al año siguiente la selección ganó la Copa América 2011 en tierras argentinas, dejando por el camino al local con otro emotivo partido que se definió por penales. La selección revelación en el mundial de Sudáfrica ahora eliminaba al mejor jugador del mundo, Lionel Messi.

    En los años siguientes, el Parlamento aprobó tres leyes que, según Garcé, reposicionaron al país en un “lugar de vanguardia en el plano político y de derechos”. En 2012 se aprobó la legalización del aborto y un año después el matrimonio igualitario y la regulación del mercado de cannabis (ver nota aparte). La suma de la exposición de Mujica, con su lenguaje campechano y sus conceptos filosóficos, junto con las medidas rupturistas volvieron a impresionar al mundo. Al punto tal que la revista inglesa The Economist eligió en 2013 a Uruguay como el país del año.

    Ribeiro destaca que la imagen que transmitió Mujica y su discurso calzaron justo en “momentos en que cundía la corrupción en muchos países europeos” y eso “causó la admiración y aún hoy lo hace”. La agenda de derechos “debe mirarse en clave de continuidad” como parte del mismo “país vanguardista” que impulsó los derechos femeninos, el laicismo y el divorcio, por ejemplo, y que ahora apuesta a la legalización de la marihuana”.

    En este sentido, Garcé afirma que la presidencia de Mujica “fue decisiva” para colocar a Uruguay en el mapa mundial y que “ha prestigiado al país”. “No sé si es una ilusión óptica, pero el fenómeno Mujica existe y parece difícil de igualar. Además de que resaltó la democracia. La dejó como una linda democracia que hace posible que un exguerrillero llegue a presidente”.

    El último hecho, sin embargo, trajo una imagen negativa. La renuncia del ex vicepresidente Raúl Sendic, el 9 de setiembre, es considerada por Garcé como una página negra. Hasta ese momento ningún vicepresidente había dejado el cargo y las denuncias de corrupción en la petrolera estatal empeoraron la forma en que Uruguay recorrió el mundo. Una vez más, la sensación de ser la excepción se perdió. “De alguna manera afectó. ¿Te da orgullo porque el sistema funcione o vergüenza de que pase?”, se pregunta.

    Para Ribeiro la imagen que transmite el país hacia el exterior no se asocia a un hecho puntual. Se trata de “la evaluación que hace quien pasa un tiempo o viene a invertir”, opina. “Elogian la amabilidad de los uruguayos y las bellezas naturales, pero enseguida señalan la falta de modernización de los servicios públicos y la deficiencia en la educación que afectan la contratación de personal especializado”. Esa es “la peor” imagen que proyecta Uruguay. En el otro extremo, agrega, está la democracia. “Antes y ahora, siempre, lo mejor de nosotros es nuestra democracia”.

    Información Nacional
    2017-11-16T00:00:00

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