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    Uruguay redujo la sofisticación de su estructura productiva

    El país discontinuó en los últimos años las exportaciones de los bienes más complejos que alguna vez vendió

    Algunos países, como Finlandia, se catapultaron hacia el desarrollo después de haber incorporado productos sofisticados —como los de la electrónica y los celulares— a una canasta exportadora que estaba basada en las materias primas. Otros, como Uruguay, parecen ir en sentido contrario y el grado de complejidad de su estructura productiva mostró una tendencia “marcadamente decreciente” en las últimas décadas.

    Guzmán Ourens, del Departamento de Economía de la estatal Facultad de Ciencias Sociales, analiza esa temática para la economía uruguaya, que a su vez aporta “una aproximación a su crecimiento futuro”, en una investigación publicada en la última edición de la “Revista de economía” que edita el Banco Central. En el período estudiado —1962-2008— el país “no ha logrado desarrollar ninguno de los bienes que se pueden considerar dentro de los más sofisticados, e incluso se ha alejado de los bienes más complejos. (...) En consecuencia, la estructura productiva uruguaya muestra una tendencia al deterioro de su complejidad global, especialmente en los años posteriores a 1994, lo que llama la atención sobre la necesidad de políticas focalizadas en sectores clave si se pretende mantener un proceso de crecimiento económico a largo plazo que aproxime al país a los países desarrollados”, subraya el investigador.

    ¿Cambio estructural?

    Desde 2003 Uruguay vive un ciclo de “crecimiento económico convergente y sostenido”, pero “¿cuál será el verdadero alcance de este nuevo proceso? Si es cierto que parte importante de las causas del pobre desempeño histórico del Producto Bruto Interno uruguayo tenía una raíz fuertemente estructural”, entonces cabe preguntarse si se han modificado estas características o si se está “simplemente ante un período de bonanza no duradero”. Ourens busca una respuesta usando los indicadores del “método de reflejos” desarrollados por Ricardo Hausmann y César Hidalgo en 2009 y según los cuales los distintos países pueden poseer diferentes capacidades tecnológicas acumuladas, lo que determina la potencialidad de cada uno para producir bienes. Los cálculos efectuados a partir de dichos indicadores permiten ordenar países o bienes según su grado de complejidad o sofisticación.

    De las economías estudiadas, algunas —como las de Corea del Sur, México, Tailandia, Malasia y Brasil— muestran a lo largo del período incrementos continuos de su complejidad estructural, mientras que Argelia y Panamá sobresalen por el deterioro que registraron en ese plano.

    Uruguay, en tanto, exhibe tendencias diferenciadas en cuatro períodos. En 1962-1973 registró una moderada tendencia decreciente en su capacidad para producir bienes sofisticados. Eso se revirtió hasta 1994, para luego iniciar un “marcado deterioro” hasta 2004. A partir de ese momento y hasta el final del lapso estudiado, el indicador de complejidad estructural “parece recuperarse, aunque sin llegar a alcanzar su nivel histórico anterior”. En todo el período, el “panorama general es de un descenso a largo plazo de esta característica”, observa el investigador.

    La pérdida relativa de complejidad de la estructura productiva de Uruguay (en bienes, ya que el estudio no abarca a los servicios) “parece estar fuertemente influida por la incapacidad de producir bienes sofisticados”.

    Bienes.

    El estudio expone el nivel de sofisticación de los bienes tradicionalmente elaborados en el país, así como aquellos en los que logró desarrollar capacidades productivas competitivas en los últimos años y los que se exportaban pero han disminuido su importancia. El análisis abarcó 775 mercaderías.

    Uruguay “no tiene tradición histórica de exportar productos complejos” y en todo el período solo siete bienes figuraron por más de un quinquenio entre los que ocupan los cien primeros puestos del ranking. A su vez, solo uno de estos —provitaminas y vitaminas— se mantiene en el último quinquenio. En base a ello, Ourens afirma que el país “ha abandonado en los últimos años las exportaciones de los bienes más complejos que alguna vez alcanzó”.

    También llama la atención sobre el incremento de la participación en las exportaciones totales que algunas mercaderías de origen agropecuario muestran a partir de la década de los noventa: grasa animal, malta, carne bovina, ovejas, miel natural, cuero bovino y arroz. Asimismo, la pasta de celulosa creció “explosivamente” la participación en la canasta exportadora en los años recientes como resultado de “políticas de apertura económica que generaron incentivos hacia los recursos naturales” y al sector forestal.

    Productos que se vinculan a la lana o textiles basados en pelo animal registran una participación en las exportaciones relativamente constante a través de todo el período analizado, lo que permite concluir que para los mismos Uruguay presenta “ventajas claras y no han sido afectados en demasía por la política comercial del país”.

    ¿Hacia dónde ir?

    Ourens mide también una “frontera de eficiencia” para establecer cuáles son los productos que el país puede “alcanzar con mayor facilidad” dados los conocimientos tecnológicos que posee en la actualidad.

    Bienes basados en cereales, agricultura tropical, materias primas y animales son los que presentan más facilidades de producción. Todos carecen de “niveles elevados de sofisticación, por lo que no podría afirmarse que su alcance implique un salto adelante en términos de complejidad productiva”. Existen, no obstante, algunos productos de alta sofisticación —aceites lubricantes, glucósidos y otros— que “no están tan alejados de las capacidades acumuladas por Uruguay”.

    Mientras, los bienes intensivos en maquinaria y trabajo —salvo las piezas de arte— “aparecen definitivamente lejos del alcance de la estructura uruguaya actual”.

    El análisis tanto de la estructura productiva como de la frontera de eficiencia arroja “una imagen poco alentadora para el futuro”. El investigador aclara que “no puede afirmarse que los bienes sofisticados no serán nunca alcanzados”, pero del análisis “parece desprenderse que, para la situación actual de Uruguay, cobrarán especial relevancia las políticas tecnológicas activas que fomenten la producción de aquellos bienes que enriquezcan las acumulaciones del país”.

    También apunta que el hecho de no tener en cuenta los servicios —un sector que se ha mostrado “especialmente dinámico en los últimos años”— podría estar subvaluando las estimaciones de complejidad de la economía uruguaya.