N° 1706 - 21 al 27 de Marzo de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl abismo, como metáfora y como grado de la materia, es tal vez el más fascinante de los motivos artísticos precisamente porque el miedo es la primera indicación del sujeto, la primera certeza de la consciencia (se identifican dos bandos, uno de los cuales es víctima –el sujeto– y el otro representa una amenaza, que por definición apunta a la neutralización o destrucción de su oponente); se trata el miedo de una emoción infinitamente más primaria que el amor, y vista desde la perspectiva de nuestros días llenos de lomos de libros, discos, lentes perdidos, tazas en estantes, semáforos y persianas a media asta, parece casi un derroche, un exceso de metáfora, un paroxismo improcedente. Y sin embargo no lo es.
“Gorgonas e Hidras y Quimeras —horrendos relatos de Celeno y las Harpías—pueden reproducirse en el cerebro de la superstición, pero ya estuvieron antes allí. Son trasuntos, tipos; los arquetipos están en nosotros, y son eternos. ¿Cómo podría si no llegar a afectarnos de alguna manera esa narración que nuestros sentidos despiertos saben falsa?”, nos recuerda Charles Lamb en el ensayo “Brujas y otros terrores nocturnos” (Ensayistas Ingleses, Océano), e invoca a tales efectos el siempre grato ejemplo de Dante: “Todos los crueles, atormentadores y definidos demonios de Dante —demonios que desgarran, mutilan, estrangulan, ahogan, queman— son la mitad de temibles para el espíritu de un hombre que la simple idea de un espíritu incorpóreo que lo sigue”.
De toda nuestra cultura, la más radicalmente imprescindible incluye esta dimensión del miedo ancestral (usualmente también releva al lector del cómodo expediente de la mención explícita), y al hacerlo prolonga este miedo primitivo e irrenunciable, que transfiere al lector/espectador su identidad toda, que es su historia y la historia de su miedo también: la literatura tiene varios ejemplos de toros y vacas enloquecidos por moscas (en uno de los Doce Trabajos de Heracles, también se menciona el asunto en fábulas tradicionales), y la biología constata que el ganado es muy negativamente afectado por otros insectos zumbones. Lo que ambas disciplinas omiten indicar es que los toros y los caballos se vuelven locos porque sus genes recuerdan que las moscas pueden contagiarle las mismas enfermedades mortales que mataron a los toros que nuestros abuelos pintaron en Altamira. Pienso que de la misma manera que los hombres pintábamos a los toros —que eran, también, una posibilidad de la muerte—, la especie humana ha producido una cultura para almacenar toda la información y la belleza, finalmente todas las variaciones del abismo, que hemos albergado y que nuestros genes ya no alcanzan a guardar.
El abismo no es tanto la fantasía de estar muertos –de dejar de existir– sino de conocer por fin qué hay después de la muerte, qué ruido esconde el silencio, cuáles las luces en la sombra, qué revelaciones esconde la locura. El abismo, el miedo ancestral es, del mismo modo, entenderlo demasiado bien, o como dice el propio Lamb: “Que la clase de miedo que aquí tratamos sea puramente espiritual, que su fuerza esté proporcionada a su sinrazón sobre la tierra (...) son dificultades cuya solución proporcionaría quizá un conocimiento probable de nuestra condición anterior a la creación del mundo, y una ojeada, por lo menos, en la tenebrosa tierra de la preexistencia”.
Creo que la cultura es de alguna manera la superación del abismo: la mayor cantidad de cultura es indisociable de la mayor libertad del sujeto, porque altera su capacidad de definirse de manera positiva, o sea: no a partir del elemento básico y negativo —del miedo, encarnado por la cadena metonímica zumbido-tábano-muerte— sino a través de una serie de decisiones efectivas que forman lo que uno quiere ser, lo que elige integrar a su vida. Finalmente resulta que el ciclo se cierra en que uno debe tender a ser lo que elige, y no lo que es elegido, y de ahí nuestra relación crítica con la muerte, cuya voluntad es siempre prerrogativa. Se sigue que pueden leerse las diferentes formas de la cultura (artística, científica, práctica) como un compendio si no para destruir la muerte, sí para neutralizarla. A menudo, el quinto poema de un libro o una fotografía ajada pueden convertirse en un entrenamiento para hacer más soportable esa partida tan irrevocable, un memento mori de una muerte simbólica, un simulacro al fin.
Por eso, finalmente, el abismo no es tan reprochable: solo a partir de una conmoción tan intensa, tan inmensa como la del miedo que se cifra en el abismo, como metáfora y grado de la materia, puede lograrse una respuesta tan llena de un impulso ascensional como el que plantean las artes, las ciencias, la fe, la razón, en el punto más intenso con que puede sentirlo o recordarlo cada uno.