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    Viaje alucinante

    La flor, de Mariano Llinás
    Colaborador en la sección de Cultura

    La película comienza en la provincia de San Juan, Argentina, con una historia fantástica, de cine de horror clase B, que involucra la presencia y la maldición de una momia, y termina con un relato breve, cercano al cine experimental, sobre cuatro mujeres que cruzan el desierto escapando del cautiverio. Aunque en realidad no comienza así. Y tampoco termina ahí. Los créditos finales también narran un cuento que, de hecho, tiene una extensión mayor que uno de los seis episodios que componen esta obra monstruo de casi 14 horas de duración (808 minutos) y que se pudo ver en Cinemateca proyectada en jornadas de tres funciones con sus correspondientes y necesarios intervalos.

    La flor (2019) es la tercera película del argentino Mariano Llinás, uno de los mejores y más ambiciosos realizadores del cine actual. Forma parte de un equipo denominado El Pampero Cine, que, desde Balnearios (2002), una enciclopedia fílmica de los usos y costumbres de los balnearios argentinos, trabaja en la producción de títulos independientes y en algunos casos radicales, como Historias extraordinarias (2008), también de Llinás, un largometraje arbóreo que partía de tres historias clásicas para conformar un extenso entramado de aventuras fuera de lo convencional. Después de esta extraordinaria experiencia, Llinás participó en distintos proyectos. Y, como director, se embarcó en La flor, que se rodó a lo largo de casi 10 años.

    Al comienzo se ve al realizador, cerca de un parador en la ruta, explicándole al espectador de qué va el asunto. “Son seis historias”, dice. “Hay cuatro que empiezan y no terminan; terminan en la mitad, son cuatro comienzos”. En verdad Llinás mira a la cámara pero ni siquiera abre la boca. “Después hay una que empieza y termina”. Su voz aparece sobre la imagen de su rostro impasible, remarcando el artificio. “Después hay otra que empieza en la mitad y termina todo el filme”, advierte, al tiempo que completa el dibujo del esquema que remite a la figura de una flor que aparece en el afiche. “Las seis historias no tienen otra conexión entre sí más que sus cuatro actrices, que trabajan en todas las historias haciendo personajes diferentes: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa. La película está hecha con ellas y, en algún punto, es sobre ellas”.

    En realidad no están en todas las historias. No están, de hecho, en el episodio cinco, remake de Fiesta campestre (1936), de Jean Renoir. Este episodio, filmado en blanco y negro, no tiene sonido, salvo en un segmento muy preciso, y durante su proyección uno puede escuchar la respiración de la persona que está en la butaca continua. Es una rareza dentro de un dispositivo narrativo de por sí extraño. Pero La flor no solo es un dispositivo extraño. Es una película fascinante y por momentos brillante.

    Y lo es, especialmente, por ellas, las cuatro actrices del grupo teatral Piel de lava. De verdad: estas mujeres son increíbles. Con La flor, el cineasta se propuso que los espectadores puedan ver la carrera de un grupo de actrices suceder ante sus ojos, como parte de un mismo filme. “Que una película sea una serie de películas, que sea una época en la vida de cuatro personas, y que el cine sea capaz de dar cuenta del paso de ese tiempo, de ese aprendizaje y de ese proceso”, dijo Llinás. “Que entre las distintas invenciones, y fantasías que los avatares del proyecto vayan jalonando logre adivinarse el verdadero rostro de cuatro chicas, brillando deslumbrante a través de la bruma de la ficción”.

    La flor alberga varios mundos, muchas vidas y distintas épocas. Hay un drama romántico, tragicómico y musical en el que interviene una trama de misterio un tanto fantástica y paranoica. Hay una historia de espionaje y contraespionaje que se desarrolla durante los años de la Guerra Fría, cuando el mundo parecía un lugar más grande, y que pasa por la selva sudamericana, por Berlín, Moscú y Londres, y llega hasta Siberia, que se extiende como un lamento infinito. Hay mucha música y mucha voz en off. Hay diálogos en francés, ruso, italiano, inglés, alemán, español y catalán. Hay un dúo musical, Siempreverde, que es como Pimpinela pero distinto. Hay paisajes hechos de sonidos que discurren de una forma muy poco convencional y a veces de manera independiente de la imagen, conformando una suerte de subtrama sonora dentro de la película. Hay una comedia que también tiene algo de road movie sobre un rodaje que se desquicia. También hay una sociedad secreta que realiza experimentos con veneno de escorpiones en busca de la juventud eterna. Y hay árboles que caminan, ocultismo y brujería. Hay un manicomio donde los internos reciben nombres de los dioses de la mitología griega. Y aparecen Margaret Tatcher y Giacomo Casanova. En medio de todo esto, Llinás es capaz de generar un relato con distintas capas de emoción filmando solamente árboles, creando un tramo humorístico y serio y fantástico que sirve como apunte acerca del aprendizaje en público al que se expone un creador. Y a lo largo del trayecto (La flor es, también, un viaje) indaga en asuntos como la creación y la ficción, el poder, la locura y la traición, los juegos de seducción, las relaciones de amor y odio y de amor-odio.

    No es sencillo mantener el nivel de excelencia durante tanto tiempo. La primera parte del filme, los episodios uno y dos, arrancan bien arriba, y es posible que uno salga flotando de la sala. El tercer episodio, dedicado a la historia de un escuadrón de mujeres asesinas, es el más largo, ocupa toda la tercera parte de la película, y puede hacerse pesado, aunque tiene algunos momentos sublimes, como cuando un hombre que es secuestrado, descubre un “cielo nuevo”, uno que nunca había visto, y es consciente de que tal vez lo van a matar. El filme vuelve a volar alto en los siguientes episodios, con los que se llega a ese hermoso tramo final, una intensa muestra de ficción y poesía, desafiante y conmovedora en la que regresan las cuatro actrices tras esa pausa extraña de la remake de Renoir (quizás ese sea el fin: avivar el deseo y la avidez de volver a verlas). “En un momento sentía que la película tenía que terminar con un poema. Tenía que escribirles un poema a ellas”, dijo Llinás, hablando del proceso creativo de La flor. “Después me di cuenta de que la película lo había escrito por sí misma. De alguna manera, el poema lo habían escrito ellas”.

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