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    Violín y violinistas

    N° 1846 - 17 al 23 de Diciembre de 2015

    Hubo en San José un violinista muy popular —el entrañable Chiche Tagliabúe— que solía tocar en bares, en fiestas y, sobre todo, en los prostíbulos. Llegó a tener un pequeño conjunto integrado por hijos y sobrinos. Su caballito de batalla era, como solista, El amanecer, viejo tango de Roberto Firpo; se lucía en esa parte donde, con un manejo sutil y creativo de las cuerdas, se puede imitar el sonido típico de ciertos animales precisamente al despertar el día. Una vez tuvo un incidente, en medio de la borrachería, cuando, mientras tocaba, se sumaron “pedidos especiales”.

    —¡Hacete el gallo, Chiche!

    —¡Ahora dale con la vaquita!

    —¡La torcaza!

    Hasta que uno colmó su paciencia: —¿Por qué no hacés una mulita?

    Al violinista lo pararon entre varios no solo para evitar una pelea sino para preservar el violín, que el músico enarboló con ganas de estrellarlo contra la cabeza de aquel impertinente.

    Peripecias peculiares al margen, el violín siempre ha sido un aporte esencial al tango de todas las épocas.

    Tiene una genealogía compleja. Surgió de entre instrumentos difundidos en la Europa mediterránea, durante la expansión medieval de los árabes. Sus antecedentes más claros nacen en Italia, a partir de la lira bizantina. Pero tal como lo conocemos hoy —y aunque se dice que en el barroco alcanzó su edad de oro— el violín apareció durante el siglo XIX, traído por italianos inmigrantes. Su nombre viene del italiano violino, diminutivo de viola o viella: cuatro cuerdas llamadas técnicamente “frotadas”; el más pequeño y agudo de los instrumentos clásicos de esta clase, que incluye a la viola, el violonchelo y el contrabajo, derivados —salvo este último— de las violas medievales y en especial de la fídula. Las cuerdas de los violines antiguos eran de tripa; hoy pueden ser de metal, de tripa encorchada con aluminio, plata o acero; la más aguda, en mi, llamada cantino, es directamente un hilo acerado y, ocasionalmente, de oro; en la actualidad se usan cuerdas sintéticas que tienden a una mayor sonoridad.

    El violín se toca con un arco y sus partituras usan casi siempre la clave sol, llamada en la antigüedad clave de violín.

    Según Horacio Salas, “el violín apareció en los orígenes del tango, cuando este ritmo aún ni había recibido ese nombre, en los primitivos tríos junto a la flauta y la guitarra y se mantuvo cuando empezaron los reemplazos —la flauta por el bandoneón y la guitarra por el piano—, siendo el instrumento más destacado, siempre, a comienzos del siglo XX en las rondallas callejeras”.

    Y luego, habitual en la construcción de la historia de la principal música ciudadana, llega la polémica. Si uno se pregunta cuál ha sido el mejor violinista del tango de todos los tiempos, con seguridad no habrá una respuesta unánime. Es natural. Se trata de arte, de estética, de gustos, por tanto, de una impresión profundamente subjetiva aunque haya elementos técnicos que sostengan mejor a un músico que a otro.

    Empero, es posible mencionar varios nombres, estilos y épocas, como para intentar un consenso.

    De la Guardia Vieja emergen, con claridad, Ernesto Ponzio, Francisco Canaro, Ernesto Zambonini y, sobre todo, Tito Roccatagliata, imitado por muchos seguidores que harían perdurar sus adornos y floreos en las variaciones. De la fermental década de 1920 no es posible ignorar a Julio de Caro —el gran renovador, no solo musicalmente, sino, incluso, por haber popularizado el violín corneta, fabricado por un inmigrante llamado Stroh y tocado por primera vez por José Bonano (Pepino)—, y junto a De Caro aparecen las figuras de Elvino Vardaro —considerado por muchos el más completo—, Cayetano Puglisi y Agelisao Ferrazzano, a cuya sombra crecerían después Alfredo Gobbi (h), conocido como “el violín romántico del tango”, Hugo Baralis, Enrique Mario Francini, Emilio Balcarce, Antonio Agri, Symiza Bajour, Fernando Suárez Paz, Mario Abramovich, Oscar Herrero y Reynaldo Nichele, entre tantos otros.

    Hay una anécdota, enternecedora, digna de cerrar el capítulo: Francisco Canaro, nacido en San José, Uruguay, de padres inmigrantes italianos, amó desde niño —nunca nadie supo por qué— el sonido del violín. Adolescente, ya instalada la familia en Buenos Aires, se ingenió para armar una improvisada caja del añorado instrumento con una de las latas que descartaba la fábrica de aceite donde trabajaba su progenitor. Para las cuerdas usó alambre común fino y como arco un pedazo alargado de madera que recubrió de trozos de gamuza.

    Ese fue su primer violín.