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    Volver a empezar de vuelta

    N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018

    Hagamos un ejercicio mental: tenemos el OK para limpiar el Estado y empezar de vuelta. Mañana temprano pasamos por el cuartel de bomberos y organizamos la salida de camiones. Evacuamos los edificios y empezamos a “manguerear”. Imagine cada uno los espacios que más quiera: la intendencia en donde hace sus trámites; la sucursal del Banco República que frecuenta, la facultad de la Universidad de la República donde cursó sus estudios, el ministerio al que fue a buscar documentación, el Registro Civil, el Poder Judicial... en todas y cada una de esas dependencias tenemos el permiso de entrar y barrer con todo. Un chorro de agua fuerte para limpiar las paredes con mugre acumulada, otro reguero de agua para empapar todos los documentos y volver a foja cero.

    Luego echamos a todos los empleados, desde los más encumbrados hasta los novatos. Tiramos todos los archivos, las máquinas, los muebles, los inútiles secadores de mano de los baños y las pantallas donde dicen por qué número van. Trabajamos duro el fin de semana, así el lunes de la semana que viene empezamos otra vez: edificios limpios y vacíos de burócratas.

    Se abren las puertas de todas las dependencias y empiezan a llegar los primeros ciudadanos con problemas que necesitan una solución. Nosotros, frescos y recién arribados, tenemos la energía para resolverlos. Y así vamos reorganizando el Estado uruguayo.

    Muchos creen que este escenario es la única solución posible, aunque saben que es imposible. La conclusión de esta contradicción es la crispación que se autovalida. Cualquier trámite mal hecho, cualquier servicio mal prestado será la reafirmación de que si no se barre con todo, no hay solución a la vista. No aplica el dicho de que una manzana podrida arruina al resto, aquí el asunto es que, aunque todas las manzanas estén sanas, el cajón está podrido y hay que tirarlo. La argumentación es efectiva porque una y otra vez te da la razón con hechos concretos. Todos hemos padecido inconvenientes en la relación con el Estado. Pero a pesar de su efectividad es una soberana tontería: no existe barrer con todo. En la vida política nunca se empieza de cero, siempre se recomienza.

    Entonces, ¿cómo se mejora el Estado? ¿Cómo se pueden agilizar procesos? Hay por lo menos cuatro formas, cada una conectada con las demás. La primera es un axioma: no es posible vivir en sociedad sin burocracia. Maldecirla o achacarle todos los males es una pérdida de tiempo. Sin procesos burocratizados no se puede funcionar en el mundo de hoy. Yo sé que es una obviedad, sin embargo, hay mucha gente que gasta buena parte de las horas del día hablando mal de la burocracia per se como si hubiera alguna alternativa mejor. Y no la hay.

    Incluso los que deciden abandonar la urbanidad para instalarse en el medio del campo necesitan mucha burocracia para cumplir su plan vital: arrendar, comprar, trasladarse, borrarse de un lado, inscribirse en otro, comprar semillas, alambres, cargar combustible, toda una cantidad de tareas sostenidas en procesos burocráticos.

    En segundo lugar: la automatización de procesos realizados por máquinas debe ser un norte querido, buscado y explorado. No es que la revolución digital nos pone contra las cuerdas y entonces... bueno, no hay más remedio que dejarla entrar. La revolución tecnológica es una gran noticia que permitirá que muchas personas dejen de hacer tareas mecánicas. Alguien objetará: pero esas personas se quedan sin trabajo. Respuesta: sí, pero el trabajo que hacían tampoco las dejaba ser personas, así que tan mala no es la noticia. Habrá que reinventarse y eso suena duro en lo inmediato pero es algo deseable en lo mediato, incluso para la persona que teme perder su fuente de ingresos.

    De hecho, si se mira en perspectiva, esto viene sucediendo desde hace 30 años. Con costos más o menos traumáticos, el Estado ha ido mejorando algunos procesos: hoy es más fácil y rápido sacar cédula o hacerle seguimiento a un expediente judicial. Intensificar este proceso y abrirse a nuevas formas tecnológicas de mejorar la burocracia es una manera interesante y estimulante de que se hagan las cosas mejor.

    En tercer lugar, hay que tener agallas, que de todas las virtudes cívicas es la más ausente. Así como es una ingenuidad pensar que se puede barrer con todo y empezar de vuelta, también es una cobardía no hincar el diente en algunas dependencias del Estado: el ejemplo más evidente es el de AFE, pero también aquí deberíamos poner al Sodre. ¿Qué se mantiene del impulso que creó, el 18 de diciembre de 1929, el Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica (Sodre)? ¿Bajo qué lógica conviven los cuerpos estables del ballet, las orquestas y los coros, con las cuatro señales de radio y con la televisión estatal? ¿No hay que imaginar nuevos modos? No es una pregunta retórica ni mucho menos sarcástica: es tan importante la cultura que tenemos que actualizar su dependencia principal del Estado. Y si esta manera de funcionar fuese la correcta, debe tener otro impacto, que es algo que está en la esencia de su creación: llegar a todos los rincones de la patria.

    En cuarto lugar, y en línea con lo anterior, necesitamos imaginación, la facultad humana más misteriosa (a decir de Kant), aquella que logra articular como real algo todavía inexistente. Más que soñar una vida sin oficinas públicas, tenemos que imaginar un Estado que funciona cada vez mejor, que recauda por hacer las cosas bien y no porque tiene miedo de las roscas políticas. Que genera genuinos puestos de trabajo que a su vez dan más trabajo. Necesitamos burócratas que se jacten de hacerse cargo de la cosa pública y se rompan el lomo por hacerla cada vez mejor y porque la entendamos todos. Que estén adelantados a su tiempo porque antes los imaginaron. Ya sé, suena un poco idealista todo esto, pero es más realista que pensar que la solución es arrollar con todo.

    ?? Otra novedad de lo viejo

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