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    El ciudadano ilustre, de Duprat y Cohn
    Colaborador en la sección de Cultura

    El dúo conformado por Gastón Duprat y Mariano Cohn es un ovni en el panorama cinematográfico argentino. Los realizadores pegaron fuerte en 2009 con El hombre de al lado, filme oscuro y brillante sobre las fisuras de las relaciones humanas. Antes habían filmado El artista (2008), que exhibía las miserias y la misteriosa lógica del mercado de las artes plásticas, con la historia de un enfermero que se apropia de los dibujos que hace un viejo (el escritor Alberto Laiseca) encerrado en su propio cráneo.

    Guionistas, directores y productores, D&C no estudiaron cine, pero no son unos recién llegados a la industria. Han creado, entre otros productos audiovisuales, Televisión abierta, un programa que se adelantó a YouTube en cuanto al apetito por mirar, ser mirado y tener unos minutos de fama; Cupido, ciclo de citas a ciegas intencionalmente berretongo, y Cuentos de terror, con Laiseca. En todas estas producciones, un tanto marginales, demostraron un gran dominio del lenguaje audiovisual, una vocación kamikaze por la experimentación y una infrecuente capacidad para hacer mucho con poco.

    Ese gusto por jugar al borde del precipicio se aprecia, en niveles hiperbólicos, en la ambiciosa e imperfecta Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011), basada en un cuento de Laiseca que lo directores ya habían adaptado como corto. El filme, con Emilio Disi mostrando un registro completamente diferente a todo lo que se ha visto del actor, es una puesta en abismo que involucra a un ser mefistofélico alcanzado por dos rayos de manera consecutiva, un argentino cansado y mediocre, un pueblo decadente y la oportunidad de hacerle trampas al destino.

    Las tres películas están protagonizadas por argentinos, transcurren principalmente en Argentina, pero los personajes y sus circunstancias son universales. Y El ciudadano ilustre, también. El largometraje ha sido un éxito de público allí donde fue estrenado y triunfa y cosecha aplausos cada vez que pasa por un festival. Fue elegido para postularse por Argentina en los próximos premios Oscar, estará presente en los Goya, y Oscar Martínez fue distinguido con la prestigiosa Copa Volpi en el Festival de Cine de Venecia.

    La anécdota es sencilla y arriesgada. El escritor argentino residente en Europa Daniel Mantovani (Martínez, cortante, irónico, genial) gana el Nobel de Literatura. Y para él, y lo dice en su discurso de aceptación ante la Academia sueca, la distinción es su obituario artístico. Convertirse en Premio Nobel es convertirse en estatua. Es ser un artista que no genera incomodidad sino consenso. Desde su consagración, el hombre que recibió el galardón que se le negó a Borges, lleva ya cinco años sin escribir. Vive en Barcelona, aislado en una mansión fortificada y con una biblioteca gigante que parece un efecto especial hecho por computadora, rechazando conferencias, viajes, homenajes. Hasta que recibe una invitación proveniente de Salas, su pueblo natal, para sumarse a los festejos por el aniversario de la localidad y recibir la condecoración de Ciudadano Ilustre. Mantovani se marchó hace 40 años de allí; jamás regresó. Sin embargo, acepta. Quizás siente que le debe mucho: porque las historias que lo han hecho famoso —y millonario— son deformaciones o calcos de hechos y personajes de aquel lugar. Quizás necesita materia prima.

    El regreso será por unos días. En ese poco tiempo, la aventura que comienza siendo pintoresca, extrañamente nostálgica, se va transformando en un cuento siniestro. Salas, como su nombre palíndromo, es un pueblo que se cierra sobre sí mismo, su propia sonoridad implica un recorrido circular, como una condena. “Creo que hice una única cosa en mi vida: escapar de ese lugar”, dice Mantovani. “Mis personajes nunca pudieron salir de ahí, yo nunca pude volver”. Y al volver, el hijo pródigo de Salas se encuentra con personas que, precisamente, nunca pudieron salir de ahí. O no quisieron. Antonio, el personaje de Dady Brieva (excelente y repelente), montado en una camioneta gigante, salida directamente de un anuncio publicitario, está muy a gusto, parece. Se casó con Irene (Andrea Frigerio), la novia de adolescencia de Mantovani, a la que el pueblo se le cayó encima.

    Hay un gran ojo que recorre situaciones, comportamientos y espacios, absorbiendo detalles que adicionan capas y matices al relato, todo sin dejar un dictamen, una sentencia explícita al respecto. Aunque no siempre dan en el clavo (algún trazo grueso se cuela por ahí), D&C tratan de alejarse de los estereotipos fáciles. El video institucional en “homenaje” al hijo pródigo de Salas, los discursos del intendente, las caminatas por el medio de la calle, el tipo convencido de que su padre es uno de los personajes de El gigante de arena, el concurso de artes plásticas, los discursos del intendente, la entrevista en la televisión local, los que graban todo con el celular, amplían la mirada sobre el pueblo. Y provocan risas incómodas: en esas y otras escenas también están enlatadas la violencia contenida, la envidia solapada, los prejuicios, los asuntos no resueltos, la culpa y el rencor, el conformismo paralizante, la memoria interna que tiene el dolor. Hay quienes dicen que este señor es una rata que se enriqueció escribiendo pestes sobre el pueblo y hay una groupie que recuerda sus dichos con preocupante precisión.

    Otra vez, Duprat y Cohn­ se meten en los rincones poco explorados, se acercan sin prejuicios a los elementos viejos, a los muebles desgastados que forman parte del decorado de la vida diaria y que, por llevar tanto tiempo ahí, pocas veces se los cuestiona. Su ambición es grande, pero su trabajo es pulido, evita los discursos hinchados y las grandilocuencias. Qué es lo que convierte a alguien en un artista, qué significa tener éxito en la vida, hasta dónde se puede llegar engañándose a uno mismo, qué tan grande es la grieta que se produce entre palabras y acciones, entre lo que la gente cree que es y lo que los demás ven y creen sobre ella. Ninguna de estas preguntas tiene respuesta en ninguna de sus narraciones. Incluida esta inquietante película.

    El ciudadano ilustre. Argentina-España, 2016. Dirección: Mariano Cohn y Gastón Duprat. Guion: Andrés Duprat. Con Oscar Martínez, Dady Brieva, Andrea Frigerio, Manuel Vicente. Duración: 110 minutos.

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