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Así es Esteros de Farrapos, el paisaje que conserva las tres islas que fueron donadas al Estado uruguayo
Cómo es embarcarse desde una colonia rusa a través de los canales del Río Uruguay para conocer el bioma más selvático del país, con islas “vestidas” para el turismo que ahora fueron donadas al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP)
El Parque Nacional Esteros de Farrapos es un sistema de humedales fluviales e islotes de monte ribereño nativo subordinados a las crecientes. Allí, el río constantemente amenaza los muelles, la playa, el ganado, las cosechas, los hogares, pero quienes viven allí aprendieron a adaptar la vida en función del avance del agua. Hoy son expertos en prevención y control de inundaciones, y en la construcción de viviendas y sistemas de producción (apiarios, corrales, tambos) en altura.
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Con el paso del tiempo este parque fue ampliándose e incluyendo otra serie de islas hasta que cobró el nombre de Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay. Años atrás, la ONG uruguaya dedicada a la regeneración de ecosistemas y la reconexión humana con la naturaleza AMBÁ adquirió tres de estas islas con el apoyo de la fundación del multimillonario Gilbert Butler; acción con la que dieron inicio al programa Islas y Canales Verdes del Río Uruguay.
Ahora, con la donación por parte de Butler de esas tres islas —Pingüino, Chala e Inga— al Estado uruguayo, estas tierras se integran al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP).
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San Javier, la puerta de entrada
Lida no se entera de nada, o al menos se hace la que no se entera. No le interesa la prensa, ni Montevideo, ni sus jóvenes entrometidos que deben ser los únicos capaces de interrumpir su apacible rutina en Esteros de Farrapos al borde del muelle crecido.
Puede percibir tan claro como el petricor que esos chicos no son de San Javier, solo quienes no la conocen se extrañan de ella y ahí se conocen todos. Entonces actúa como si estuviera sola, con la mirada clavada en la parte más estancada del agua, envuelta en abrigos y agarrada con sus manos grandotas y pecosas de una precaria caña de pescar.
Se levanta de golpe (bueno, no tan de golpe) para anticipar la lluvia. Se sube a una bicicleta oxidada de caños finos y con la caña a cuestas pedalea con asombrosa vitalidad. La misma con la que se la vuelve a ver más tarde en su pequeña huerta, liberando a sus remolachas de indeseables hierbajos.
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Lida es descendiente de las primeras familias rusas que llegaron a San Javier, su nombre significa “alegría”.
Mauricio Rodríguez
No hay otra razón para sentir lástima de Lida, más allá de que el médico le prohibió comer helado; a sus 85 años lleva una vida mucho más saludable que la de cualquier coach motivacional de turno. Vive a los pies de un río, respira aire puro todos los días, no se despierta con alarmas, consume sus propios alimentos y tiene la risa más contagiosa de todo San Javier, con ese humor soberbio y ácido que solo los años le pueden dar.
Conocerla es parte del viaje, porque una aventura por este destino sería imposible de hacer sin su gente. San Javier es una de las puertas de entrada al Río Uruguay y al Parque Nacional Esteros de Farrapos, un sistema de humedales fluviales e islotes de monte ribereño nativo subordinados a las crecientes.
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Mauricio Rodríguez
Como forma parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) no existen operadores turísticos privados, además de que es un sitio de población longeva, con mucho empleo público y escasa inversión en esta industria. Y todo, desde los restaurantes hasta la escuela de kayak, es gracias a los propios sanjavierinos.
Por supuesto que San Javier se ha visto contaminado con el paso del tiempo. Sin embargo, sus habitantes se han esforzado por mantener muchísimas tradiciones. Los ranchitos rusos con techo a dos aguas como La Sabraña, que funciona como un pequeño santuario con los retratos de todos los fundadores; un viejo molino de aceite de girasol que hoy se utiliza para guardar las embarcaciones de la escuela, y un viejo almacén de ramos generales convertido en museo. Todo eso suma para hacer que San Javier, el sitio dormitorio por excelencia para esta aventura fluvial, tenga su propio atractivo turístico.
Sabores de otras tierras
Las localidades de Nuevo Berlín y San Javier son reconocidas a lo largo y ancho del país, entre otras cosas, por su miel. Una miel que las abejas producen en un entorno semiselvático que contiene miles de especies vegetales, a diferencia de otras colmenas ubicadas en monocultivos de eucaliptos o praderas. Por ende, tiene propiedades multiflorales que la vuelven un antibiótico natural. Además, al ser un área inundable, las colmenas también se ubican en altura como las casas, haciendo que exista contacto cero con cualquier tipo de agrotóxico. No hay sanjavierino que no tenga su propia colmena en el jardín por más pequeña que sea, tanto para consumo propio como para la elaboración de kvas, también conocido como vino de miel o vino del amor. La bebida es dulce, se elabora a base de harina o remolacha con agregados de miel, especias, hierbas y flores, y se utiliza como base de algunas recetas clásicas.
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Mauricio Rodríguez
Y hablando de cocina rusa, en San Javier es muy difícil encontrar minutas corrientes a no ser alguna pizzería. Los restaurantes familiares sirven aperitivos como el borsch que enseñó, bocadillos como piroshky (empanadas de papa o boniato), platos como el shashlik (cordero a las brasas macerado en jugo de limón y encebollado) y postres como el piroj (tarta rellena de dulce de zapallo casero), que, por favor, no confundir con pasta frola.
Vida pantanera a los pies de Esteros de Farrapos
Lida, que es descendiente directa de las primeras familias rusas, compartió que su nombre significa “alegría” junto a una receta de borsch (una sopa típica con carne, que además lleva ralladura de remolacha, “muñato” y la hierba rusa ukrop que cosecha ella misma). Pero más allá del arraigo a sus raíces, la gente de San Javier vive con un enorme sentido de pertenencia hacia estas tierras y el río. Por eso, ella pasa todos los días a su orilla, pescando la nada mientras no se arriesgue a mojar otra cosa más que sus zapatos.
El río está constantemente amenazando los muelles, la playa, el ganado, las cosechas, los hogares, pero aprendieron a adaptar la vida en función del avance del agua. Hoy son expertos en prevención y control de inundaciones, y la construcción de viviendas y sistemas de producción (apiarios, corrales, tambos) se hace en altura.
Cuando las islas estaban habitadas (en isla de Juanicó, que pertenece a Argentina, llegó a funcionar hasta una escuela) vivían de la pesca, de la zafra de nutrias y de la caza, sobre todo cuando animales como los ciervos o jabalíes cambiaban sus hábitos de desplazamiento por la inundación. Hasta el día de hoy pueden escucharse disparos en semanas de altas crecidas, en zonas que quedan delimitadas por fuera del parque.
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Mauricio Rodríguez
Aunque la enorme diversidad de vegetación existe para proteger estas costas del golpe del agua, hasta los islotes que forman el estero a lo largo del río Uruguay aparecen y desaparecen con las crecidas. De hecho, el horizonte verde que se ve desde la orilla de Puerto Viejo (una zona de camping y bungalows con baños y duchas de agua caliente que funciona con energía solar) no es Argentina. Es una enorme isla que a veces está (sobre todo en verano) y otras no, y esconde detrás de sí a la verdadera vecina orilla.
A ningún sanjavierino le gusta escuchar que comparen su paisaje con el pantanal brasileño, pero mucho menos que llamen “el Caribe argentino“ a sus playas. La coexistencia única de campo, bañados, pantanos, montes y matorrales ribereños, sumado a cómo esa diversidad refugia especies prioritarias para la conservación, y que las islas esconden un pasado indígena y sitios arqueológicos de valor histórico para la región, construye una marca propia.
Esteros de Farrapos es reconocido como un sitio Ramsar, es decir, un humedal designado de importancia internacional para la Convención sobre Humedales de la Unesco, en la que se pautó un marco para la conservación y el uso racional de este bioma. De esta zona provienen tanto los primeros y mejor documentados registros, así como también los más recientes de aguará guazú autóctono: el más grande de los zorros sudamericanos, en peligro de extinción.
Ecoturismo y un parque binacional
Un sitio natural no masificado como este es perfecto para desarrollarse como destino de turismo verde, esos que buscan integrar al visitante con el entorno a través de una serie de actividades conscientes y responsables.
La prohibición es clara: no grandes hoteles, basura, ni motores. Por esto último, el kayaking es la actividad por excelencia para recorrer los canales fluviales.
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Instructores de la escuela de kayak de San Javier: Anthony Barrán, Ángel Robledo, Tobías García y Andrés Porro, junto al coordinador técnico de AMBÁ, Inti Carro.
Mauricio Rodríguez
La primera escuela de kayak de la zona está ubicada en San Javier, en el viejo molino aceitero, y nació en 2016 de la voluntad de dos jóvenes que, interesados en la disciplina, fueron enseñándola a niños y adultos de la localidad. En 2019, la Asociación Civil Grupo Esteros de Farrapos se hizo cargo de la escuela, junto con la Intendencia de Río Negro y el municipio, hasta que en 2020 termina en manos de la organización sin fines de lucro AMBÁ, que ya lleva donados más de 25 kayaks y organizados decenas de eventos y especializaciones.
Todos los profesionales de la escuela son instructores en deportes náuticos, trabajan todo el año y generan actividades para la zona y departamentos cercanos. Su sentido de pertenencia hacia el río no se puede medir.
En un paseo de casi tres horas, el camino de vuelta no fue el mismo que el de ida, y así como era la primera vez que todos hacían ese recorrido, seguramente también la última. No es un augurio, es la magia de las crecidas que aparecen y desaparecen los caminos, y también la basura.
Ángel, uno de los instructores con más experiencia en el río, remaba muy concentrado juntando botellas y atándolas a su piragua, porque en San Javier tan arraigada como la siesta está la limpieza. Llevan adelante un proyecto comunitario de reciclaje llamado el Botellero, un contenedor de plástico ubicado en la plaza principal que, cuando se llena, los propios vecinos coordinan su venta a una planta de reciclaje de Paysandú.
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Mauricio Rodríguez
Dando con el personal calificado, que además de aportar seguridad y conocimiento busca generar conciencia sobre el uso de las áreas, uno tiene el destino ganado. Los muchachos pueden organizar excursiones a remo por cualquiera de los canales así como coordinar con vecinos para gestionar quedadas en las islas, donde el turista va remando y sus pertenencias viajan en la lancha (solo autorizada para los locales).
Ahora bien, ¿dónde se puede quedar en la isla? La respuesta inmediata es que no se puede. Pero con esto del turismo verde en mente, AMBÁ se propuso dentro de su objetivo general de restaurar el “vínculo emocional” entre humano, raíces y naturaleza, luchar porque este lugar no quede reducido solamente a un área protegida.
El Parque Nacional Esteros de Farrapos fue ampliándose con el paso de los años e incluyendo otra serie de islas hasta que cobró el nombre de Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay. El primer paso de AMBÁ, con el apoyo de la fundación del multimillonario Gilbert Butler, fue comprar tres de estas islas, acción con la que dieron inicio al programa Islas y Canales Verdes del Río Uruguay.
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Miguel es uno de los locales que pone a disposición su lancha, Talismán, para apoyar las visitas a las islas.
Mauricio Rodríguez
Del lado argentino tienen su propia fracción del estero, el Parque Nacional Provincial de Entre Ríos, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú, para el cual desde hace un tiempo los gobiernos provinciales comenzaron a trazar un proceso de planificación, diseño y participación (con el apoyo de fondos privados) para lograr un uso público, controlado y sostenible de las islas y acercarse al proyecto de binacionalizar el parque, que entre las dos orillas ocuparía un total de 700.000 hectáreas de conservación.
A partir del esfuerzo del país hermano, AMBÁ confirmó que es posible entender que proteger es mucho más que “poner un candado”, y el programa de la fundación Butler y AMBÁ aceptó el desafío de encontrar las formas correctas de uso público para las islas.
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Los refugios de AMBÁ tienen unos seis metros de altura y vistas al río. Cuentan con baño y están habilitados para pasar el día en las islas.
Mauricio Rodríguez
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Mauricio Rodríguez
Aprovechando algunos claros o “limpiones” que estaban allí naturalmente, ya llevan construidos un total de tres refugios (uno por isla, con su respectivo muelle) para invitar a los turistas más aventureros a conocer las zonas más vírgenes y exóticas del país.
Senderos de apreciación de fauna y flora, reconocimiento de especies y una aventura también para el paladar, de la mano de limones, naranjas y moras. Lo único que se necesita son un buen par de botas y polainas para ignorar a la ya mencionada vedette de este paseo: las crecientes.
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Secretos que la flora y fauna nativa revelan.
Mauricio Rodríguez
Ahora los visitantes pueden quedarse en una especie de palafito moderno que imita las viviendas históricas que había en las islas, elevadas del suelo por pilares de acero que soportan el golpe de ramas y troncos que se arrastran río abajo durante las inundaciones.
Aunque a partir de la compra, AMBÁ tiene el derecho al manejo y gestión de las islas, todavía deben sujetarse al desactualizado plan de acción del SNAP. El Estado uruguayo ahora recibirá formalmente la donación de estas tres islas —Pingüino, Chala e Inga— que el mismo filántropo estadounidense, Gilbert Butler, dona al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). En total, las islas suman unas 514 hectáreas y cumplen un rol clave en la conectividad ecológica del Parque Nacional Esteros de Farrapos. Además de su valor ambiental, cuentan con infraestructura preparada para el ecoturismo —muelles, senderos y refugios— y funcionan como espacio para actividades educativas y recreativas, como lugar de encuentro de las escuelas de kayak o visitantes. Los refugios están pensados para que cerca de 12 personas puedan hacer pícnic o almorzar en la parte de abajo, y dormir en el sector de arriba.