Por otro lado, es sorprendente la cantidad de comodidades que existen para hacer este viaje, desde contar con operadores turísticos que ofrecen paquetes con todo planificado hasta un all inclusive sobre un pantano y entre lianas. De todas formas, las actividades más ricas dependen de cuántas ganas tenga el viajero de vincularse con la gente local, que son el corazón del lugar.
También es necesaria una paliza derribadora de mitos: el aire es el más puro del mundo, sí, pero al principio el predominante olor frutal mezclado con la humedad del ambiente puede causar repulsión. No se va a descansar, sino todo lo contrario, y no importa cuántos kilómetros de trekking, horas de kayak y experiencias de safari se tengan; no van a ser suficientes para hacer frente a las arenas o lodos movedizos, spa de mosquitos y persecuciones de serpientes.
No es para nada exagerado insistir en que sin la calidez y conocimiento de los locales sería una misión imposible. Pero a su lado, aun viajando solo, sin demasiado dinero ni idea de nada, de alguna extraña manera, se sobrevive, y se vuelve a casa sano y salvo con muchas historias, amigos y una apertura mental que asusta.
La capital de la Amazonia peruana
La experiencia de descubrir el Amazonas comienza en el avión que hay que tomar desde Lima para llegar a la ciudad de Iquitos, capital del departamento de Loreto y única vía de acceso a la selva. A más de diez mil metros de altura el río se deja ver serpenteando como una gigantesca yacumama (nombre nativo de la anaconda, que quiere decir “madre de las aguas”) con luminiscencia propia.
Quien dice que Las Vegas es la ciudad que no duerme es porque no conoció la capital de la Amazonía peruana, o mejor dicho, la capital de los motocarros. Por todas las calles, a todas horas, en el tránsito casi no se ve otra cosa. Si bien circulan algunas vans turísticas, la gente se mueve en motocicletas, y los turistas prefieren los característicos moto-taxi para ir del aeropuerto a la ciudad. La única forma de llegar es en avión porque las rutas nacionales mueren con la selva.
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Iquitos, que significa “multitud separada por las aguas”, es una ciudad portuaria que se recorre fácilmente en pocos días. Todas sus calles secundarias son selváticas. Ningún city tour va a ignorar sus pintorescos mercados al aire libre de sombrillas de colores, los centros de rescate de fauna autóctona o su paseo costanero.
De su puerto salen embarcaciones que llevan a diferentes localidades de la selva profunda, como lanchas por 15 soles (menos de 200 pesos uruguayos) o botes llamados pongueros (que son algo más rápidos) por 40.
El río Nanay es el más importante de los tres afluentes del Amazonas que rodean la ciudad y la convierten en una especie de isla. La unión de este río con el ancestral Paranaguassú es un atractivo turístico conocido como “la unión serpential de las aguas turbias”. En este punto el Amazonas muestra que las suyas no son aguas precisamente amigables, con corrientes que pueden alcanzar una velocidad de dos metros por segundo.
Casi todos los edificios en Iquitos reflejan la influencia europea durante el boom de la explotación del caucho para el mundo automotor, época que fue una especie de infierno celestial para la zona. Celestial porque trajo consigo mucho desarrollo, como la instalación eléctrica. Infernal porque esa industria significó el fin de la vida de retiro a la que estaban acostumbrados los pueblos originarios.
En toda su extensión, el Amazonas cobija más de 100 comunidades nativas que representan la mayoría del porcentaje de indígenas que habitan hoy el planeta. Solamente en Perú hay casi 30 de ellas, por lo que la vida en Loreto se mantuvo muy impregnada de su cultura y se ve reflejado sobre todo en su gastronomía.
Los iquiteños utilizan ingredientes de origen selvático; frutas para hacer jugos como la cocona y el camu camu, o platos típicos como el sándwich de paiche (el pez más grande del Amazonas), tacacho con cecina (comida a partir de carne de cerdo o paca, pasta de plátano y chorizo) y chicharrón de lagarto. Este último puede que sea el más exótico del menú, hasta que se menciona al suri. Se trata de un gusano gordo y blanco que se reproduce de a montones dentro de la corteza del árbol del aguaje (un tipo de palmera), y saben a hígado de pollo. No son tan terribles. En los pueblos los comen crudos y se suelen servir durante los rituales de bienvenida, mientras en la ciudad se venden asados en brochetas.
Al interior de la selva
La Amazonía atesora atardeceres y amaneceres muy impresionantes e intensos que se disfrutan en compañía de una ruidosa orquesta de insectos, hordas de mariposas y libélulas muy amistosas. Así se empieza o termina el día, y todo lo que suceda después acaba superando el momento que lo antecedió.
El viaje es una escalera interminable de sorpresas, pero hay una serie de recomendaciones que cualquier turista agradecería recibir antes de ir. La primera de ellas es más una suerte de recordatorio: para ingresar a la parte selvática de América del Sur se solicita la vacuna contra la fiebre amarilla. La buena noticia es que es una dosis vitalicia, por lo que si alguien ya tuvo que dársela para otro viaje a cualquier país de Asia o África, ya está listo.
No es menor recordar que su vector es el mosquito Aedes aegypti, al igual que el del dengue, por lo que además de ropa que cubra todo el cuerpo, como pantalones y camisetas de manga larga (el material ideal es el dri-fit porque tampoco se puede ignorar el promedio de 26 grados todo el año), se recomienda el uso de repelente, con especial cuidado de retirarlo de la piel si se van a manipular especies animales o vegetales.
También se recomienda llevar gorro o sombrero aunque el sol parezca no molestar demasiado en la espesura, botas impermeables o polainas por la humedad del suelo y para evitar mordeduras de arañas, alacranes y serpientes, y capa de lluvia para poder disfrutar de cualquier paseo a pesar del alocado clima tropical.
La mejor época para visitar la selva peruana es entre junio y noviembre durante lo que se conoce como verano amazónico, que es la temporada más seca y de bajante. Como los conquistadores necesitaban la formación de playas para atracar, estas observaciones se remontan a las bitácoras de las primeras expediciones que se hicieron en estas tierras en busca del legendario El Dorado, la ciudad de oro.
Cada brazo del río Amazonas descubre un tipo de microclima diferente, como pantanos, cascadas escondidas y lagunas naturales.
Si bien la base ideal de operaciones es la ciudad de Iquitos, con todas las comodidades, a lo largo del río aparecen algunas opciones de alojamiento ecológico; cabañas y albergues construidos 100% con materiales y mano de obra local, en plena selva.
Heliconia es uno de estos albergues que el grupo hotelero Terraverde de Perú instaló allí para dar trabajo y colaborar (con apoyo del Rotary Club) con dos comunidades nativas de alrededor: el pueblo de Yanamono y Palmeras, que no aparecen en el mapa.
Está ubicado a la altura de la isla Pucallpa en la desembocadura del río Ucayali, a casi 100 kilómetros de Iquitos. Luego de atracar y subir una escalera de madera, está la recepción del lodge, que no tiene paredes. Es más, no tiene otra cosa que un gigantesco techo de irapay (otro tipo de palmera) que cubre un pequeño mostrador y un living abierto donde la silla de al lado puede estar ocupada por una tarántula.
Los únicos espacios cerrados son el bar (con televisión para ver los partidos de la Copa América) y, por supuesto, las habitaciones. O bueno, casi. Todas tienen baño privado con agua potable filtrada por ósmosis inversa del propio río. Hay opciones twin, matrimoniales, triples y hasta cuádruples, pero también se puede dormir en una hamaca paraguaya colgada en un balcón separado de la selva solamente por un mosquitero. Spoiler: no se duerme, pero es bastante más económico.
Y así como el contacto con la naturaleza está siempre presente, el contacto con la cultura también. El formato de Heliconia es all inclusive y funciona como un resort, con un buffet de comidas tradicionales y jugos de frutas típicas, y el personal del bar está siempre abierto a explicar qué es cada plato.
El hospedaje no se paga por día sino por paquetes, que traen incluida la habitación y los paseos. Son completos, pero muy turísticos. Los locales (obviamente) no recomiendan adentrarse a solas en la selva, por lo que si alguien quisiera salirse del itinerario la recomendación es ganarse la confianza de alguno de ellos para que lo acompañe a expandir la programación.
A los turistas los puede recibir Alfredo, un loretano de 68 años que conoce la Amazonía como la palma de su mano. Con raíces colombianas, bajó desde el país cafetero atravesando la selva a pie y trabajando de guía hasta que se instaló en Padre Cocha, cerca de Iquitos. A él le paga Heliconia por día para acompañar a un grupo durante su estadía. Se adentra en la selva de día y de noche, ayuda a encontrar todo tipo de animales, hacer canotaje, pescar, cazar, los lleva a conocer Yanamono, y por si fuera poco, es un reconocido guitarrista y payador folclórico.
Gracias a él, que tiene amigos hasta en el rincón más escondido de la selva, por fuera del programa se puede llegar a Henry, un cazador de la zona.
A ver animales, cuáles, cuáles, cuáles
Después de un fuerte apretón de manos, Henry invita al turista a conocer su predio, pero hace una fugaz advertencia sin que se le mueva un músculo de la cara: cuidado con la serpiente. De repente, un pequeño mono aparece llorando para colgarse de un viajero y no descolgarse hasta que la amenaza desaparezca. La asustada cría de mono acababa de quedar huérfana debido al trabajo de Henry. Él la trae de mascota a sus hijas hasta que se haga grande y fuerte como para devolverla a la selva.
Mientras uno se distrae con los animalitos, las historias de Henry y las niñas, la silenciosa “amenaza” puede pasar por encima de los pies y provocar, además de un miniinfarto, que el mono trepe todavía más alto. Es una gigantesca anaconda, pero acaba de comer, así que por el momento se mantendría inofensiva. Hay dos opciones: o confiar en Henry (quien minutos antes relataba que el pueblo ya llevaba contadas 15 muertes por este animal) o salir corriendo.
Pero ya que se está ahí, el mandato es quedarse. Se podría jurar que nadie conoce la definición de salvaje hasta visitar la selva, a pesar de que algunos monos y osos perezosos den los abrazos más lindos del mundo. Y es que a pesar del tamaño de sus garras, los perezosos son los animales más lentos del planeta, al punto que se mueven tan despacio que crecen algas en su pelo, y es uno de los pocos que no se comen por su alto contenido de grasa.
La selva refugia más de 2.000 especies de animales, como el tigrillo (jaguar), tapir, caimán, todo tipo de boas, serpientes, ranas, sapos, monos, perezosos, aves, como loros, lechuzas, buitres, cóndores, y cientos de insectos. A la mayoría de ellos los nativos les cambian el nombre según el sonido que hacen, como al pájaro nictibio, que lo conocen como el ayaymama y representa el llanto de los niños que se han perdido por ahí.
Casi todos los locales se perdieron alguna vez en la selva, por eso desarrollaron un lenguaje con hojas en el suelo puestas de diferentes maneras para dejar un mensaje e indicar los caminos seguros.
La mejor herramienta de todo el viaje, además del machete y la linterna, son los binoculares, para aumentar las chances de observar a los más exóticos, como el delfín rosado. Las medias luces convocan a este grotesco mamífero acuático, que a pesar de su apariencia emociona simplemente por el hecho de que existe. Si bien la posibilidad de verlos es alta, aparecen de lejos porque son muy tímidos y van solos. Por eso, para hacer que se muestren, Alfredo silbó una canción. Y funcionó, sin demasiadas explicaciones. No se asomó uno o dos ejemplares, sino una manada completa a todo bufidos, que alborotaron el agua y sacudieron el bote.
Es innegable que tienen un aire místico, como todo en la selva. Peter, un chamán de la zona, contó que este animal fue un joven guerrero indígena que los dioses castigaron por envidiar sus atributos masculinos y lo transformaron en delfín rosado. Por las noches de fiesta, cuando los hombres están ocupados, salen del río en su forma humana para seducir a las mujeres jóvenes. Él asegura ser ese guerrero, y al viajero, después de lo que sucedió con el silbido, ya no le parece tan difícil de creer.
La vida en las comunidades indígenas
Una de las comunidades más representativas de la Amazonía peruana son los yaguas, que viven en el pueblo de Palmeras. Ellos suelen hacer una demostración de sus danzas y habilidades de caza para turistas, pero más allá de la choza ritual en donde los reciben, hay un mundo al que no es fácil acceder a menos que se conozca personalmente a uno de ellos.
Son alrededor de 11 familias de las 400 personas que habitan en Palmeras. Viven en casas de madera y techos de calamina, se bañan en el río y acampan en la intemperie en tiendas de hoja de palmera para atrapar su propio alimento.
El chico del bar del albergue era yagua. Cada noche, dependiendo de la hora en la que a los turistas se les ocurriera dejar de beber, él terminaba su turno y volvía a su pueblo, caminando por la selva. Conocía perfectamente el camino, así que si alguien se hacía su amigo, tragos de algarrobo mediante, rápidamente aparecía la invitación para acompañarlo al día siguiente.
Eso implicaba adentrarse en la selva, anunciarse con un grito con el sonido de la u, armar una chocita para pasar la noche y que se desarme con la lluvia y pintarse la cara con la pulpa de la kipara (fruta del árbol homónimo) para repeler a los mosquitos.
Los yaguas de mayor edad no saben hablar otro idioma que no sea su propio dialecto y hasta desconocen cuántos años tienen. Sin embargo, como en casi todas las comunidades semicivilizadas, los más jóvenes van a la escuela (instalada en Yanamono por el gobierno de Perú) dos o tres veces por semana, con un maestro que viaja desde Iquitos. Saben contar, son multicredo y se les enseña español.
La generación de este chico, de 30 años, ya está más que acostumbrada al turismo y, de hecho, en su gran mayoría se dedican a ello, por lo que además saben hablar inglés bastante fluido. En otros casos, como el de Peter, también conocen alemán y chino. Este chamán, que pertenece a otro pueblo, tiene una asombrosa soltura con los turistas de otros continentes. Conocer la selva de primera mano con estas personas es todo un privilegio.
Conocimiento ancestral y una planta maestra
Lo primero que va a hacer la gente de la selva es darle un nombre al visitante. Pero no cualquier nombre, sino el que el chamán sienta que va a acorde con su personalidad y espíritu, y todas las veces coincide con alguna especie de fauna o flora nativa. Victoria Regia es la reina de los lirios de agua, una flor que nace blanca y femenina, y muere violeta y masculina.
El chamanismo, símbolo de la identidad de las culturas amazónicas, representa una serie de creencias según las cuales una persona es elegida por las fuerzas de la naturaleza —los espíritus madre de las plantas— para reencarnar su poder.
Los chamanes de cada tribu son hijos de otros chamanes y se entrenan durante un retiro de cinco años para conectar con el mundo espiritual. Ellos son los que bautizan (embarcados, bajo la luz de la Luna y agarrando al turista de los pelos de la nuca para introducirle la cabeza cinco eternos segundos en el “agua lechosa”), y hacen ceremonias y rituales con sus típicos cánticos y ropas.
Peter es uno bastante poco convencional; más joven que los otros, anda en moto, está teñido de rubio, viste de deportivo y usa New Balance, habla siete idiomas y canta canciones de Los Iracundos. Además escribe literatura amazónica y sus propias canciones.
A su lado se hace un hermoso recorrido por todas las especies medicinales de la zona, como el ajo sacha para el reuma, artritis y dolores musculares, la caña gris para la gripe, capirona para las heridas, o la famosa ayahuasca, que es mucho más que una droga alucinógena y anticipatoria de la selva.
¿Cómo se enteran los nativos que la delia, por ejemplo, sirve para hacer antídoto para mordedura de serpientes? Por el ritual de la ayahuasca, una planta con forma de liana que se enreda alrededor de otros árboles. De hecho, por su forma constrictora su corteza se usa para realizar los conocidos amarres (una suerte de encantamiento para que alguien quede enamorado y sujeto a la voluntad de otra persona).
Se consume en forma de té psicoactivo, y las comunidades avanzan a partir de verdades reveladas durante las visiones. Peter cuenta que durante sus viajes de ayahuasca es cuando descubre, por ejemplo, nuevos usos medicinales de plantas hasta ahora no probadas.
Independientemente de la visión, dicen que uno siempre va a encontrarse con la huayramama o serpiente cósmica, un reptil gigantesco que mira a los ojos y despierta recuerdos de la niñez.
Hoy, la ayahuasca llama la atención de personas de todas partes del mundo y dio lugar al turismo esotérico, pero Peter se muestra muy preocupado por “los estafadores occidentales” y la apropiación cultural. Él dice no ser un chamán comercial, y explica que el ritual debe ser realizado de la siguiente manera: el primer paso es aislarse con el chamán (esta vez sí vestido como la cultura popular dicta) y no llevar teléfono celular. Hay que saber que el retiro consta de una iniciación de rapé (otro preparado), oír cánticos durante el pre y posconsumo, y dedicar el día siguiente a la recuperación (porque se vomita y no se puede ir a dormir sin hacerlo) y consulta con el chamán.
Si esta actividad resulta intimidante, se puede comenzar solamente por el rapé para tener un primer acercamiento a la medicina de la selva. Se trata de un polvo de tabaco molido por el chamán, corteza de lupuna y menta, que refresca y apacigua el interior. Se consume a través de una pipa en forma de v llamada kuripe, hecha de pona (un palo muy fuerte). Una punta va en un orificio de la nariz y por la otra se carga el polvo y es por donde sopla el chamán. El procedimiento se repite para las dos narinas.
Una vez inducido en ese estado de paz uno solamente puede agradecer que un lugar como este exista para compensar la desconexión en la que se vive todos los días. Después de visitar la selva se vuelve a casa un poco más diestro en habilidades que alguna vez toda la especie tuvo y olvidó. No solo a la hora de cazar, sino también de pausar.