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El tiempo, esa ilusión

Para el cine (y las series), el tiempo es un trozo de arcilla maleable; es el elemento narrativo esencial y es con lo que los directores juegan a ser Dios o dueños de una máquina del tiempo

Editora de Galería

Me pasó algo con Los años nuevos: se quedó varias semanas conmigo. Paradójicamente, tanta verdad cotidiana, doméstica, puede llevar días asimilar. Voy a explicarme un poco más. Los años nuevos es una serie española de 10 episodios que tiene una particularidad: empieza en 2015, cuando Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) se conocen y pasan su primera noche juntos, y termina en 2025. Cada capítulo transcurre entre la Noche Vieja y el Año Nuevo (hay algo ilusorio en ese día de transición, una sensación de que todo puede suceder), siempre en el mismo espacio temporal, solo que del año siguiente, y a través de esa foto de ese momento particular vamos entendiendo qué les ha pasado, lo que han vivido, en qué estado se encuentran, juntos o separados.

La miniserie es un testimonio de cómo el paso del tiempo arremete contra el amor sin piedad, lo pone a prueba, juega con él y sus posibilidades de supervivencia. Y resulta tan hermoso como escalofriante ver cómo todos (o casi todos) somos tan predecibles, estamos tan expuestos a los mismos riesgos, a las mismas tentaciones y las mismas debilidades. Está la pasión irrefrenable de las primeras noches, el enamoramiento que disfraza los defectos de virtudes, el apaciguamiento posterior, el desgaste, el aburrimiento, los planteos existenciales, el ¿esto es suficiente?, las confesiones, las decisiones, las traiciones, y el amor (o la pregunta de si existe) sobrevolando siempre, implacable.

Cada episodio transcurre casi en tiempo real, es un rato en que nos abren la puerta, como un invitado más, y compartimos con ellos; es un acto de voyerismo extremo, y eso es intención y mérito del director, Rodrigo Sorogoyen. Lo conocía por Las bestias (un thriller que te recomiendo, está en Mubi) y acá hace algo totalmente diferente pero con una virtud común: un realismo y una naturalidad apabullantes.

Los años nuevos (también en Mubi) me hizo pensar en este recurso: con mostrar un día al año en la vida de estas personas, intuimos qué les sucedió en los otros 364. Antes de que empiece cada capítulo, entre los créditos finales y la escena de apertura del siguiente, nos preguntamos con qué nos encontraremos; y la respuesta es tan aleatoria y a la vez lógica como la vida misma.

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Aunque usado con gran tino, no es un recurso nuevo el de Sorogoyen (seguramente te acuerdes de que Woody Allen hizo lo mismo en Hannah y sus hermanas, situando la historia en tres reuniones de Acción de Gracias). El tiempo para el cine (y las series) es un trozo de arcilla maleable y ajustable a las necesidades de la historia. Es el elemento narrativo esencial y es con lo que juegan a ser Dios los directores. Creo que si hoy me preguntaran qué superpoder elegiría, diría que controlar el tiempo.

Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. Espero que esta nueva entrega de Películas para la vida te encuentre en un buen momento vital, y que los días que han transcurrido del año hayan sido amables contigo. Me podés escribir con comentarios o sugerencias a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.

Juguetear con el reloj

El paso del tiempo es inexorable. Esa frase hecha, repetida hasta el cansancio como una verdad por un gran porcentaje de la población adulta del mundo, no es tan absoluta ni tan universal. Los científicos tienen sus propias teorías y los filósofos del tiempo también. Adrian Bardon, filósofo estadounidense, definió el tiempo en su libro A Brief History of the Philosophy of Time como una “proyección psicológica”. El cerebro construye una línea de tiempo a partir de la información sensorial y los recuerdos, y luego asume que esa línea de tiempo es la misma para todo el mundo. Y eso, según la ciencia, no sería así.

Einstein, en su teoría de la relatividad, ya había planteado la asociación entre espacio y tiempo: dos personas en distintas posiciones pueden tener una idea distinta de la temporalidad de un acontecimiento. Y ambos tendrían razón. Lo rápido que avanza un evento feliz y lo lenta que puede hacerse una espera demuestran que el tiempo es una percepción.

La Real Academia Española sostiene que el tiempo es una “magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro (...)”. Así que por mucho que se hable de la relatividad del tiempo, lo cierto es que vivimos acorde a una linealidad —determinada vaya uno a saber por qué— que, de momento, salvo algunas noticias curiosas, resulta imposible de franquear.

Pero esa rigidez del tiempo real es, para el cine, anecdótica. Elipsis, flashbacks, flash-forwards; todos son viajes en el tiempo que nos proponen los directores.

Haciendo memoria me di cuenta de que el recurso de Sorogoyen (y de Woody Allen) se ha usado con frecuencia para retratar relaciones amorosas a lo largo del tiempo. Lo hizo Mike Newell en Cuatro bodas y un funeral. Probablemente hayas visto este clásico romántico británico, nominado al Oscar a Mejor película y Mejor guion para el crack de Richard Curtis (si no, podés verlo en Mubi, y hasta el 4 de marzo en Netflix). Coincidir en cuatro bodas y un funeral es lo que necesitan Charles (Hugh Grant) y Carrie (Andie MacDowell) para darse cuenta de que están irremediablemente destinados a estar juntos; incluso cuando una de esas bodas es la de Carrie.

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Another Year.

Another Year.

Es una pena que las películas de Mike Leigh no puedan encontrarse fácilmente en plataformas. Me resultan deslumbrantes en el sentido más humano del término. El director británico fue nominado siete veces al Oscar: la primera por Secretos y mentiras (ganadora de la Palma de Oro en Cannes), una película imponente sobre el encuentro tardío entre una mujer negra exitosa y su madre biológica, una señora blanca y humilde. La última, por el guion de Another Year, una película que registra la vida del tranquilo matrimonio de Tom (Jim Broadbent) y Gerri (Ruth Sheen) en el correr de las cuatro estaciones de un año. La amabilidad de estas dos personas y el amor con el que se tratan después de años de convivencia es conmovedora; lo mismo que la compasión y el cariño con que acogen a sus amigos en casa, con que celebran a su hijo con su prometida. La solidez de ese vínculo haría llorar de emoción a cualquiera. De lo que somos testigos es de un año más (Another Year, justamente), en la vida de este matrimonio.

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Las cuatro estaciones.

Las cuatro estaciones.

De este mismo tipo de transición se vale la miniserie Las cuatro estaciones (en Netflix), una historia coral en la que tres parejas se reúnen cada temporada en lo que es una puesta a punto de la amistad y de lo que ha sido de sus vidas en esos meses. Lo que ven en los otros —retratado con bastante liviandad— es a veces un espejo, a veces un ejemplo y otras un consuelo para pensar “qué bien estamos”.

Algunas señales del paso del tiempo:

El yogur vencido en la heladera.

Un lunar nuevo en el hombro.

Estacionar en dos maniobras.

Un hijo que se vuelve comprensivo.

Pedir perdón en el momento.

Conocer todas las historias del otro.

Prescindir de objetos.

Dejar menos cosas para mañana.

Saber cuándo insistir y cuándo acompañar.

Entender la importancia de esto último es encontrar el entendimiento definitivo, eso pienso. Es consolidar uno de los pilares de la armonía en una relación, y conocer a alguien de verdad. El problema es que a veces las personas se enamoran antes de conocerse.

En Cuando Harry conoció a Sally (está en Mubi), el tiempo es la variable que habilita el amor. Se conocen en 1977, cuando comparten el viaje en auto de vuelta desde la Universidad de Chicago a Nueva York. Él, Harry (Billy Crystal), es el novio de una amiga de ella, Sally (Meg Ryan). Después de ese primer encuentro terminan odiándose: ella es pura luminosidad, tiene todo claro en la vida y se hace evidente cada vez que pide un plato en un restaurante con un detalle preciso de cómo y dónde quiere cada ingrediente. En la esquina opuesta del cuadrilátero está él: cínico, irónico y muy dado a la improvisación. Se reencuentran cinco años después, cuando Sally está en pareja con un conocido de Harry y Harry está a su vez por casarse. Tienen una conversación entre incómoda y estimulante en un avión y, al final, ella sigue odiándolo y él lo acepta sin hacerse demasiado problema. El reencuentro definitivo es cinco años más tarde. Sus coordenadas coinciden y también sus circunstancias: los dos están recién separados. El destino ha movido sus hilos y la amistad que empieza es inevitable.

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Cuando Harry conoció a Sally.

Cuando Harry conoció a Sally.

Lo que sigue es un gran spoiler, es la declaración de amor de Harry Burns a Sally Albright (era obvio que terminaban juntos, ¿o no?) en la cuenta regresiva para el que será su primer año nuevo como pareja. Un canto al amor sustentado en el conocimiento profundo del otro, y la aceptación:

“Me encanta que pases frío cuando hace 22 grados. Me encanta que tardes una hora y media en pedir un sándwich. Me encanta que se te arrugue la nariz cuando me miras como si estuviera loco. Me encanta que después de pasar el día contigo, todavía pueda oler tu perfume en la ropa. Y me encanta que seas la última persona con la que quiero hablar antes de dormir. Y no es porque me sienta solo, ni porque sea Noche Vieja. Vine aquí esta noche porque cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida empiece cuanto antes”.

Nora Ephron estuvo nominada al Oscar por el guion original de Cuando Harry conoció a Sally.

Siempre el mismo día

Dia de la marmota
Hechizo del tiempo.

Hechizo del tiempo.

Esta película no podía faltar en este recuento. Acá se llamó Hechizo del tiempo, pero su traducción literal sería El día de la marmota (ganadora del Bafta a Mejor guion original). No la encontré en plataformas, pero probablemente la hayas visto. Es esa de Harold Ramis en la que Bill Murray, un meteorólogo bastante déspota llamado Phil, es enviado a cubrir un festival que le resulta tedioso y no a la altura de su talento. Cuando llega a Punxsutawney (Pensilvania) acompañado de su nueva productora (otra vez, Andie MacDowell) y su técnico de grabación (Chris Elliott), ansioso por terminar con su tarea asignada, descubre a la mañana siguiente que es, otra vez, 2 de febrero, Día de la Marmota. Lo que empieza siendo un infierno se va convirtiendo en una oportunidad para ver la realidad de manera distinta y hacer las cosas cada día un poco mejor. Le lleva un montón de intentos lograr niveles de empatía apenas aceptables, pero eventualmente logra elevarse y destrabar el hechizo.

Pura ciencia ficción. Pero, si todos tuviéramos nuestro Día de la Marmota, ¿haríamos las cosas de otra manera?

Los últimos días de febrero tienen algo nostálgico, será porque se avizora el fin del verano. Para alargarlo un poquito más, te recomiendo la nota sobre el balneario La Esmeralda, de María Inés Fiordelmondo; las sugerencias de libros para estimular la mente de Santiago Perroni, y el punteo de Clementina Delacroix de lugares para ir a comer, si vas a andar por el este. También te dejo esta nota sobre dónde ver las películas nominadas al Oscar, para que te vayas preparando; la ceremonia es el 15 de marzo.

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