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¿De veras que ha desaparecido de la faz de la tierra aquello tan antiguo que antes llamábamos discreción, reserva o incluso dignidad, no frente a los demás sino ante uno mismo?
Llorar en internet está de moda. María Luisa Hidalgo, creadora de contenidos con un sinfín de seguidores, confiesa, ojos húmedos y gesto compungido, que a veces se siente “tan triste que ni ganas tiene de hacer un video”. Lola Lolita, influencer con 14 millones de seguidores en TikTok, se graba desolada llorando la muerte de su gatito de seis días…
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Antes el llanto era algo privado, íntimo. Incluso existía el prurito de no dejar que otros vieran que uno sufría. Ahora es lo contrario. Mostrar debilidad se ha convertido en sinónimo de sensibilidad, vulnerabilidad, humanidad. Y da igual que el llanto sea real o fingido.
Da igual también que grandes canallas como Saddam Hussein o Adolf Hitler fueran grandísimos llorones. Como Nerón, que lloraba tocando la lira mientras Roma ardía en un incendio provocado por él. Ahora se dice que esta es una leyenda inventada por Tácito, pero ilustra bien la idea de que no necesariamente aquel que llora es sensible y buenísimo.
Todos contamos, o al menos contábamos hasta ahora, con nuestro propio radar para detectar farsantes. Es decir, un mecanismo inconsciente que juega un rol fundamental en la supervivencia. Uno que está relacionado con la intuición. Nuestros antepasados tenían muy afinado ese don y en el presente aún lo conservan las personas que viven más apegadas a la tierra y a la naturaleza. De ahí ese refrán que dice: “El campesino tiene la trampa en el ojo”. O, lo que es lo mismo, la gente de campo recela y por tanto detecta fácilmente cuando alguien intenta engañarla o tenderle una trampa.
Entre las distintas destrezas relacionadas con la supervivencia que hemos ido perdiendo está, visto lo visto, la capacidad de discernir entre un sentir falso y uno verdadero.
Entre las distintas destrezas relacionadas con la supervivencia que hemos ido perdiendo está, visto lo visto, la capacidad de discernir entre un sentir falso y uno verdadero. También entre un dolor que puede ser real (como el de Lola Lolita por la pérdida de su gato) pero que, al retransmitirse urbi et orbi, se convierte en rentable espectáculo.
Personalmente lo que más asombra de este asunto no es el creciente número de llorones. Al fin y al cabo, cada uno llama la atención como más eficaz le parece. Lo que me deja patidifusa es la pléyade de seguidores que se sienten identificados con ellos. Si entra uno a ver los comentarios en las redes que suscitan estos llantos, se encuentra con mensajes como: “¡Gracias por compartir tu dolor con nosotros, eres el mejor!,”. “¡Qué sensible! Te amo”. “A pesar del llanto estás guapísima, ¡¡¡incluso con el rímel corrido, qué auténtica!!!”.
Y yo me pregunto: ¿de verdad esta gente se cree lo que ve? ¿Ya no hay nadie que piense que el numerito de turno es parte de una estrategia deliberada? ¿De veras que ha desaparecido de la faz de la tierra aquello tan antiguo que antes llamábamos discreción, reserva o incluso dignidad, no frente a los demás sino ante uno mismo? Las tres palabras que acabo de enumerar son, según el diccionario, antónimos de esta otra: exhibicionismo. Pero si se fijan, se han convertido en palabras coñazo y además nada rentables ahora, que todo se mide en términos de ganancia.
Decía Jean Cocteau que el exhibicionismo es la vanidad de los que nada tienen que mostrar, pero es obvio que estaba tan desfasado como yo. Hoy en día el exhibicionismo es una forma de vida, un modo de hacerse famoso (y también rico). A veces, cuando veo estos alardes de sentimientos en las redes: “Mira cómo lloro viendo una puesta de sol, soy tan tan sensible…”, “y ahora mira cómo me desmeleno y sufro porque mi equipo ha perdido el partido, etcétera”, me pregunto si los seguidores que les dan millones de likes a estos llorones de veras se creen lo que ven.
Y si no se lo creen (lo cual es seguramente lo más plausible, a menos que se nos haya licuado a todos el cerebro ), si no se lo creen, digo, ¿cuál es el mecanismo que hace que tantísima gente siga a plañideros? ¿Será que ver llorar a alguien famoso o conocido es algo así como un voyeurismo cómplice, una forma de, supuestamente, entrar en su intimidad ? ¿O será que el dolor, sea verdadero o falso, se ha convertido en un espectáculo más del enorme circo de mil pistas en el que vivimos todos inmersos?
Lo único que me consuela es pensar que, como todo pasa, pronto la moda será la contraria y los llorones quedarán como lo que son, unos perfectos majaderos.