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El síndrome de la mujer penitente

Estamos tan convencidas de esos mandatos, porque los sostenemos con total ahínco, que terminamos siendo orgullosas víctimas de nuestra trastocada voluntad. Queremos ser flacas.

Editora Jefa de Galería

El sacrificio. Ese parece ser el camino de la mujer en este mundo. Porque, cuando no le toca por biología, lo hace por elección.

Ya a eso de los 11 o 12 años comienza el primer sacrificio al que se someterá durante el resto de su vida, quitarse todos los meses los pelos de su cuerpo. Un procedimiento doloroso, que implica tiempo y dinero. Afortunadamente, con la depilación láser (que a veces también duele y no funciona para todas las mujeres), la preocupación por la presencia de vello no se erradica totalmente, pero se extiende en el tiempo.

Junto con la explosión del vello corporal aparece la tan molesta e incómoda menstruación, que acompañará a la mujer durante varias décadas, con todos los inconvenientes, dolores y malestares que supone cada período, y ante lo cual no tiene elección.

Pero esto no es todo. Como el cuerpo de la mujer es y ha sido siempre, o por lo menos en el último siglo, objeto de expresión cultural, sobre el que caen mandatos sociales, la mujer debe medir todo el tiempo lo que come o deja de comer (exceptuando los casos en que hay una enfermedad; ese ya es otro tema). Siempre, desde el inicio de la adolescencia hasta la vejez, cada vez que una mujer se lleva un bocado a la boca hay una voz interior (llamada culpa) que le habla. Le puede decir “dale, no pasa nada”, “hoy podés”, “lo compensás con la clase de gym”; o “no deberías”, “venís comiendo mucho”, “vas a engordar”.

Es típico y normal entre las mujeres este tipo de comentarios. La comida es un tema. Esa tensión constante con la comida se integra como un factor natural dentro del diario vivir. Y es un sacrificio. Privarse de lo que desea, ver comer cosas ricas y suculentas e irse enojada por autoimponerse la penitencia de no llevarlo a la boca. Soportar el hambre.

El espejo, objeto omnipresente, es nuestro mejor amigo y peor enemigo. El más duro, exigente y vil de los críticos. Opositor acérrimo. Nos dice todo lo que no queremos escuchar y nos devuelve una imagen en la mayoría de las veces distorsionada por los ruidos que llegan desde otras voces. Interferencias impuestas por la sociedad que nosotras mismas incorporamos de tal manera que nos convertimos en nuestro propio verdugo.

¿Por qué las mujeres nos hacemos esto? ¿Qué hay detrás de ese sacrificio? ¿Ellas quieren verse así? ¿Lo hacen para sentirse más atractivas o es consecuencia de una patología?

Estamos tan convencidas de esos mandatos, porque los sostenemos con total ahínco, que terminamos siendo orgullosas víctimas de nuestra trastocada voluntad. Queremos ser flacas. Y las que no lo quieren es porque ya se dieron por vencidas y aprendieron (saludablemente) a aceptarse como son, pero sin poder silenciar del todo el profundo anhelo de un cuerpo delgado.

¿Por qué seguimos sometiéndonos? ¿Por qué esforzarnos y sufrir para tener un cuerpo inalcanzable? Correremos la vida entera detrás de ese ideal imaginario. El porcentaje de la población de mujeres que podrían considerarse flacas por naturaleza es pequeño. Todo el resto rechaza su figura y ansía el cuerpo de ese porcentaje mínimo. Un sinsentido total.

Esta semana María Inés Fiordelmondo profundiza en lo que hay detrás de la tendencia a la delgadez extrema entre estrellas de Hollywood y chicas menos famosas en las redes sociales. Después del bálsamo que fue el movimiento Body Positive y la diversidad corporal, vuelve recargado este fenómeno que, a la vista está, nunca se fue.

Y vuelven las interrogantes. ¿Por qué las mujeres nos hacemos esto? ¿Qué hay detrás de ese sacrificio? ¿Ellas quieren verse así? ¿Lo hacen para sentirse más atractivas o es consecuencia de una patología? ¿Sufren un trastorno de la alimentación? ¿Tienen dismorfia corporal? ¿O se inyectan medicamentos que les sacan el hambre simplemente para estar así de delgadas?

En general, la primera reacción de la gente es de rechazo hacia figuras esqueléticas que parecen enfermas. Y, si no, que lo cuente Ariana Grande, que decidió retirarse un tiempo del ojo público por la cantidad de críticas sobre su apariencia que recibió durante su última gira. Por lo menos, hay una porción de la sociedad que reacciona ante estas imágenes poco saludables y tan peligrosas por su poder de influencia.

Más allá de hablar o no hablar de los cuerpos ajenos, hay discusiones sobre ciertos fenómenos sociales que no deben dejar de darse nunca.