El movimiento Body Positive, amplificado en los últimos años con el fin de promover la aceptación de la diversidad de cuerpos, parece entonces estar viendo reducida su influencia ante el retorno de la extrema delgadez como canon de belleza, un fenómeno que recuerda a la estética heroin chic, predominante en los años 90 y los 2000, pero que llega potenciado por las redes sociales, los fármacos y los discursos que solapan este aspecto bajo un manto de disciplina, perseverancia, autocontrol o directamente salud. Del otro lado, a diferencia de los años 90, hay una mirada crítica que problematiza estos fenómenos y mucha información. Lo dice Lala Pasquinelli, escritora, activista y abogada argentina, creadora de la organización Mujeres que No Fueron Tapa: “La diferencia entre este momento y el de los 90 o 2000 tiene que ver por un lado con que ya hay un camino recorrido en la conversación sobre lo que implica la belleza en la construcción de la identidad de las mujeres. Ya tenemos la información”, asegura a Galería. La otra diferencia que percibe, sin embargo, es mucho menos optimista: “En estos años se multiplicaron los métodos para reducir el tamaño de los cuerpos y esos métodos son cada vez más agresivos. Y esto, que antes comenzaba en las adolescencias, hoy arranca en las infancias; tenemos niñas de 10 años haciendo la dieta de las princesas”, subraya.
La punta del iceberg
Un médico cuenta a Galería, de forma anónima, que casi todos sus compañeros de trabajo se han inyectado semaglutida o piensan hacerlo en poco tiempo, aun sin una clara razón que lo justifique. “Lo consiguen porque se hacen la autorreceta”, relata, y agrega que piensa seriamente en hacer lo mismo. Al no requerirse una receta especial como un psicofármaco o un estupefaciente, se accede a través de una prescripción común y un desembolso de unos 15.000 pesos. “A veces es necesario, y a veces está siendo usado en exceso”, manifiesta.
A raíz del extendido uso de la semaglutida, en junio del 2025 la revista científica Body Image publicó el estudio Imagen corporal e interés en los medicamentos para bajar de peso a base de GLP-1 (la hormona imitada por Ozempic). Tras estudiar a 225 universitarios de una edad media de 20 años, en su mayoría mujeres, el reporte encontró que quienes mostraban mayor interés en probar estos medicamentos y mayor disposición a tolerar sus efectos adversos también presentaban más vergüenza corporal, vigilancia del propio cuerpo, preocupación por el peso, prejuicios acerca de la gordura y conductas alimentarias problemáticas.
El movimiento Body Positive, amplificado en los últimos años con el fin de promover la aceptación de la diversidad de cuerpos, parece estar viendo reducida su influencia ante el retorno de la extrema delgadez como canon de belleza.
Asociaciones como las de este estudio, no obstante, están lejos de significar que el fármaco por sí solo esté provocando estos rasgos psicológicos o viceversa. Por el contrario, para la endocrinóloga Mariana Elhordoy, vicepresidenta de la Sociedad Uruguaya para el Estudio de la Obesidad, estos fármacos son “revolucionarios” desde el punto de vista médico. “Estos fármacos son espectaculares. Estamos en una era totalmente revolucionaria para lo que es el sobrepeso, la obesidad, la patología metabólica, la patología renal o cardíaca”, apunta. En esa línea, su mayor temor es que “por el mal uso terminen viéndose perjudicados los que lo están usando bien, los que sí lo necesitan”. Los pacientes que inician el tratamiento de manera adecuada con estos medicamentos lo hacen bajo consulta, seguimiento y regulación de las dosis, con el acompañamiento de un equipo interdisciplinario compuesto por nutricionistas, psicólogos y psiquiatras. “Eso es muy diferente a la automedicación. Ese es el punto de riesgo. No podemos bloquear el efecto positivo por el mal uso”, subraya la endocrinóloga.
Además de la automedicación, Elhordoy también se refiere a la prescripción de los fármacos por parte de médicos que no tienen la formación específica. “Casi ningún médico general se anima, por ejemplo, a indicar insulina”, como sí ocurre ahora con Ozempic o Mounjaro. “Entonces, me pregunto, ¿por qué con determinadas hormonas hay tanto miedo y por qué estoy tan liberado con esto? No hablo solo de medicina general, sino de otros profesionales que capaz no están trabajando en equipo”, indica, lo que a fin de cuentas deja pasar la oportunidad de administrar la medicación de la forma más adecuada.
Como psicóloga, Fernández entiende que estos medicamentos “se empezaron a usar de una manera desprolija” y a normalizarse en casos de patologías alimentarias sin hacer un uso responsable. Según dice, “lo más grave” de este uso irresponsable es que el problema suele ser siempre otro. “Este fármaco trabaja el síntoma; le pone el cuerpo. Pero después toda esa ansiedad pasa a otros ámbitos; sale por otro lado. Son cosas que hay que trabajar, pero no se da el tiempo”, plantea, y agrega que esta adopción creciente de fármacos, cuando se malutilizan, hablan de una cada vez mayor intolerancia al malestar y a los procesos. “Ante una incomodidad, se piensa ‘¿qué puedo hacer para encarar esto?’. Y se busca lo mágico”.
Más allá del fármaco que acapare titulares —en otro momento, dice, fueron los laxantes o el T4, aunque con nulo efecto adelgazante— Elhordoy afirma que “la medicación no genera un trastorno” social, pero “el trastorno está”. “Está hace muchos años, no es visible y es extremadamente peligroso”, señala.
Y entre toda la combinación de elementos que forman parte de este fenómeno, las redes sociales aparecen, una vez más, por unanimidad y sin sorpresas, como las grandes culpables. Otro experimento de la revista Body Image de fines de 2024 mostró imágenes de redes sociales de mujeres con distinto tipo de cuerpo y diferentes grados de sexualización a 194 mujeres jóvenes. El tamaño corporal, finalmente, tuvo más influencia que la sexualización. Ver imágenes de mujeres con cuerpos muy delgados, por si fuera poco, empeoró su satisfacción corporal y su estado de ánimo. Y ese efecto, como era de esperar, fue mayor entre quienes tenían internalizada la delgadez como ideal estético.
Terreno fértil
Están ahí, a toda hora, al alcance de la mano. Por la propia naturaleza algorítmica, alcanza con fijar la vista dos, tres, cuatro segundos para que “la lupita” de Instagram se llene de imágenes de mujeres ultradelgadas: en pasarelas, en alfombras rojas, o en la cocina de sus casas preparando algún batido mágico o en el gimnasio. Ya lo dijo la directora de cine española Chloé Wallace en una publicación en sus redes: “Cada alfombra roja, cada evento, cada vez que abro Instagram, ahí están, más delgadas que la semana pasada, más y más, como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”.
Pero nada surge de la nada. En ese sentido, la socióloga uruguaya Clara Cardozo Delgado (quien ha investigado temas relacionados al cuerpo y cursó una maestría en la Sorbonne Nouvelle de París) explica el fenómeno por fuera del fenómeno mismo: “Hay una suerte de tejido discursivo, simbólico, en el que esto pasa, en el que encuentra rienda suelta para desplegarse. Parte de esta delgadez extrema llega a un terreno ya sembrado y muy fértil. Cuerpo, mujer, belleza”. Históricamente, dice, las mujeres fueron valorizadas por actitudes, cualidades y formas que cobraban sentido en el cuerpo; son mandatos “más explícitos” sobre la corporeidad de las mujeres que en la de los hombres.
“La exigencia de delgadez es un dispositivo de disciplinamiento de las mujeres. Someter al hambre a las que tienen acceso al alimento. Se trata de que estemos desvitalizadas, débiles, obsesionadas con lo que comemos y lo que no tenemos que comer, con las dietas. Se trata de darnos una forma pequeña, que nuestros cuerpos no ocupen espacio, que sean fácilmente manipulables”, señala Lala Pasquinelli.
Un fenómeno más global, entonces, tiene que ver con la importancia del cuerpo a la hora de presentar la propia identidad. Para Cardozo Delgado, los discursos de aceptación corporal pueden ser fácilmente reemplazables en parte porque el cuerpo sigue ocupando un lugar central en esa construcción de la identidad y la propia valoración. “Pueden pegar cánones muy distintos en diferentes épocas, porque la base está ahí, estática”, añade.
Entiende que los ejemplos de extrema delgadez que predominan en redes llegan sobre todo del hemisferio norte, aunque se pregunta cómo estos fenómenos pueden leerse como parte de una misma lógica incluso entre celebridades regionales que no se muestran extremadamente delgadas. “Pienso en, por ejemplo, Karol G. Hay quizás lógicas de presentar el cuerpo de la mujer, presentar el trabajo que se tiene que hacer sobre el cuerpo, la imagen, que en este contexto en particular cobra un sentido”. Lo mismo podría aplicar a casos de artistas asociadas con el feminismo o movimientos emancipatorios en Argentina, como Lali Espósito o Jimena Barón, quienes muestran de forma sistemática cómo trabajan su cuerpo. “El patrón es tan poderoso y está tan anclado que encuentra eco en distintos discursos. Hay un contexto donde quizás la imagen cambia, pero la lógica está atravesada por cuestiones similares”, sostiene la socióloga.
Durante la temporada de premios, las redes sociales y varios medios comentaron sobre la repentina extrema delgadez de varias celebridades, incluida Emma Stone.
AFP
Pero en este fenómeno hay también una dimensión médica y de clase social. Por un lado, se encuentran ciertos “guiños” en la medicina que parecen legitimar estos mandatos. Por el otro, estar flaco tampoco es lo único que importa: no es lo mismo una delgadez en un barrio precarizado que una asociada a consumo de ciertas drogas (como pasta base), o una delgadez en un barrio de clase media-alta, apunta Cardozo Delgado. “Las formas de ser ‘delgada’ también se ordenan y funcionan como algo ‘positivo’ solo cuando reflejan control, recursos”, dice, y agrega que la delgadez extrema en cuestión “es un símbolo de disciplina, control, una cierta ‘libertad gestionada’”. Simboliza limitarse la cantidad de recursos a los que se tiene acceso, “una suerte de hambre elegida o estado de austeridad no impuesto”, subraya.
Lala Pasquinelli, por su parte, asocia esta delgadez extrema con el retorno de la ultraderecha en distintas partes del mundo. “La exigencia de delgadez es un dispositivo de disciplinamiento de las mujeres. Someter al hambre a las que tienen acceso al alimento. Se trata de que estemos desvitalizadas, débiles, obsesionadas con lo que comemos y lo que no tenemos que comer, con las dietas. Se trata de darnos una forma pequeña, que nuestros cuerpos no ocupen espacio, que sean fácilmente manipulables”, indica.
Antes eran las curvas, hoy es la delgadez extrema; mañana, el estándar estético podría ser tener mucho frizz, y mala suerte para quienes tengan un pelo lacio y sedoso aun con 90% de humedad. Después de todo, el propio sistema parece diseñado para crear nuevos mandatos cada tanto, reciclar otros viejos y generar infinitas insatisfacciones. ¿Qué tan preparadas nos encontrará el siguiente canon que se nos quiera imponer? Esa parece ser, al final, la gran cuestión.
¿Hablar o no hablar?
Miles de comentarios manifiestan preocupación cada vez que aparecen imágenes de Demi Moore, Ariana Grande, Emma Stone o muchas otras luciendo con orgullo unas siluetas extremadamente delgadas. Y entre las críticas y los aplausos por lucir como lucen, surge una interrogante: si tanto se insiste con la idea de no hablar de cuerpos, ¿no debería eso aplicar a todos los cuerpos, también los preocupantemente delgados? Para Lala Pasquinelli, creadora de la organización y comunidad Mujeres que No Fueron Tapa, la respuesta es simple: “No se puede utilizar una consigna que intentó ser una forma de resguardar a las personas que no encajan en el modelo hegemónico para volver a silenciarlas. De lo que no se puede hablar es de los cuerpos que no encajan, no se puede ejercer violencia psíquica sobre esas personas, pero claro que esa consigna no puede ser utilizada para silenciar una discusión que es necesaria”.
Desde la psicología, no obstante, se recomienda cautela, empatía y sentido común, sobre todo si el comentario es negativo, aunque tampoco se recomienda abusar de los otros, los “positivos”. Sobre este punto reflexiona la psicóloga Milagros Fernández: “Estoy muy de acuerdo con esto de no hablar de cuerpos. A veces te dicen: ‘Ay, qué linda que estás’; por ahí estabas pensando en otra cosa, lo que sea, y el hacer ese comentario puede generar que de vuelta vuelvas al cuerpo, a estar pendiente, a sentirte valorada por eso”.