De hecho, la paternidad puede ser el motor que mueva el proyecto de vida de muchos hombres, que incluso hasta lo pueden concretar sin la necesidad de la contraparte de la madre. Galería reunió a cuatro padres que no solo son representativos de diferentes configuraciones de familia, sino que encontraron en la adopción el camino hacia la paternidad que mejor se ajustaba a ellos. Un padre que adoptó junto con su esposa, un matrimonio homosexual y otro que ni siquiera esperó a estar en pareja para hacerlo. Ellos adoptaron a sus hijos y sus hijos los adoptaron a ellos, dando un salto ciego al mismo tiempo. La gran protagonista de todos esos procesos fue la paciencia, y el posterior denominador común, el amor. Sus historias muestran a la adopción no solo como la incorporación de un niño a una familia sino como el fino arte de la construcción de un vínculo, una experiencia mutua de aceptación y una reafirmación de la voluntad de ser padre.
En el momento en que Facundo se convirtió en papá, con 35 años, al Registro Nacional de Adopción de Argentina solo habían adherido las provincias de Santa Cruz y la de Buenos Aires, donde vivía con su esposa, Carla. Tenían algunas dificultades para tener hijos, que si bien podían haber sido sorteadas con otros mecanismos, la posibilidad de adoptar apareció muy naturalmente y no fue por resignación. Se inscribieron en ambas jurisdicciones, pero querían aumentar aún más las chances de ser llamados.
El de Buenos Aires, a más inscriptos, menos posibilidades, entonces para “ampliar el abanico”, además de apostar al Registro Nacional, probaron suerte en varios de los registros provinciales que no exigían estar domiciliados en el lugar. Tuvieron que viajar mucho, porque así como en algunos sitios bastaba con mandar por correo una carpeta con un historial de antecedentes, fotografías y recibos de sueldo (todo certificado por un escribano que encarecía mucho el proceso), otros lugares requerían que la inscripción fuera presencial, pero ellos no querían desperdiciar ninguna oportunidad. Estaban convencidos de que querían ser padres.
“Nunca era solo inscribirnos, había todo un proceso de psicodiagnóstico, entrevistas de contexto y estudios socioambientales de tu casa, cursos para ser buen padre… Una vez que hacías todo eso te sentabas a esperar”, resumió De Almeida. La de ellos fue una espera relativamente corta, un año y pocos meses en comparación a un promedio de cinco años para aquel momento, necesario para agotar todas las posibilidades de dar con la familia biológica directa y ampliada de las niñas. Según él, el tratarse de una pareja joven dentro de una media de aspirantes a padres de 45 años les jugó a favor, sobre todo, con hermanas tan pequeñas.
De Almeida cuenta que una de las cosas más movilizantes del proceso fue llenar aquellos formularios en los que se les pedía expresar, con mayor o menor precisión, las condiciones bajo las cuales estaban dispuestos a adoptar. “Era como estar eligiendo. Éticamente me parece bastante cuestionable, además de que plantear algo muy restrictivo obviamente te reduce el universo de posibilidades”, opinó. Ellos sabían que a su edad no podían hacerse cargo de un adolescente, por ejemplo, y buscaron tener en cuenta cuántos años podrían llegar a tener sus hijos si fueran biológicos. Podían marcar desde eso hasta las condiciones de salud. También si estaban dispuestos a integrar hermanos. Esa pregunta fue determinante para el caso de Facundo y Carla, ya que en general los representantes legales de estos menores hacen todo lo posible para que los hermanos sean adoptados juntos.
Uno de los desafíos más grandes fue ese; no solamente se trataba de generar un vínculo entre padres e hijos, sino de hacer aparecer el de ellas como hermanas que casi no existía. En la casa cuna estaban separadas en distintos grupos, primero por una cuestión de edad (a pesar de llevarse menos de un año, una era muy bebé en comparación con la otra), aunque seguro también ante la eventualidad de que fueran adoptadas individualmente. “Nosotros tuvimos que reafirmar esa relación”, cuenta Facundo. “¡Decile a tu hermana que venga! Todo así hasta que, claro, cuando empezaron a hablar se decían ‘mana’ entre ellas”.
Cómo iban a crearse esos vínculos entre personas que no tenían otro lazo que la decisión de un juez era lo que más lo preocupaba al principio. “Yo quería adoptar pero no sabía a quién, y ellas esperaban la adopción pero no sabían con quién. No estaban eligiendo a su papá y, aun así, dando un salto al vacío, porque en una pareja o una relación de amistad si no te llevás bien es desarmable, esto no era desarmable; hoy es por lejos el vínculo más sólido que tengo”. Sin embargo, esa preocupación no es exclusiva de este tipo de paternidad. Para las familias biológicas, la construcción de vínculos también es todo un desafío. “¿Cuántos hijos conocés que no se hablan con sus padres?”, señala De Almeida. La única diferencia es que no tuvieron nueve meses para prepararse.
Cuando los llamaron de Salta, enseguida viajaron a conocerlas. Luego vinieron las visitas diarias a la casa cuna, las primeras salidas a pasear en un cochecito tándem, hasta que al cabo de 10 días por fin se las llevaron con ellos a Buenos Aires. Ahí apareció el primer desafío: hacerlas dormir.
De Almeida cuenta que en el vuelo de Salta a la capital el avión estuvo detenido en pista 45 minutos sin despegar. Una de las niñas se puso a llorar, les esperaban tres horas de vuelo. Justo al lado viajaba un señor que, con mucho respeto, se ofreció a intentar hacerla dormir. Facundo, encantadísimo, le dijo que sí. El hombre logró el cometido, y la niña viajó en sus brazos las tres horas. Resultó que el señor era padre de siete hijos. Facundo pensó que ya iba a aprender.
¿Qué le diría a una persona que hoy está considerando integrar un niño o una niña a través de la adopción?
Que lo haga. El vínculo que se genera con los hijos es independiente del procedimiento por el cual lleguen a tu vida, y pasa más por lo emocional que por lo genético. Puede salir bien o puede salir mal, igual que un vínculo biológico, la vida misma, que a mí me resultó muy bien. No podría imaginarme sin ellas, soy un papá orgulloso. Pero hay que estar muy convencido para no desanimarte en el proceso, porque estás en la incertidumbre de la espera hasta que de repente un día te llaman por teléfono y al otro día tenés dos hijas Que lo haga. El vínculo que se genera con los hijos es independiente del procedimiento por el cual lleguen a tu vida, y pasa más por lo emocional que por lo genético. Puede salir bien o puede salir mal, igual que un vínculo biológico, la vida misma, que a mí me resultó muy bien. No podría imaginarme sin ellas, soy un papá orgulloso. Pero hay que estar muy convencido para no desanimarte en el proceso, porque estás en la incertidumbre de la espera hasta que de repente un día te llaman por teléfono y al otro día tenés dos hijas
“Las primeras noches fueron muy duras, lloraron toda la noche. A la tercera ya resigné todo mi orgullo y llamé a la directora de la casa cuna a ver si tenía alguna idea de cómo hacer. La mujer se había olvidado de decirme que se dormían solamente si estaba la tele prendida. Gracias. Nosotros no teníamos tele”, contó De Almeida, pero tenían computadora y un YouTube de otra época que solamente reproducía videos de hasta tres minutos. Así comenzaron un ciclo que parecía eterno de 180 segundos de sueño y llantos.
A esa altura tenían lo que se llamaba guarda con fines de adopción, y debían transcurrir seis meses más para conseguir la adopción completa. El proceso recién finalizó cuando las niñas cumplieron cuatro años.
“¿Cómo hiciste con dos a la vez?”, es lo que le pregunta todo el mundo. “No sé, porque nunca tuve una sola”, responde De Almeida, y se ríe. Todo lo hace ver muy natural, desde decidirse por ser padre, optar por la adopción, hasta criar a dos bebés juntas, sin dejar de agradecer a la familia, tíos y abuelos, que “las arroparon”.
“Lo vivimos con mucha tranquilidad. No era algo épico, y tampoco había nada que ocultar. Me siento muy orgulloso de ser padre de estas dos, pero no me siento orgulloso en el sentido de las generaciones más grandes que me dicen que qué lindo gesto, ¡qué obra de bien! No. No quiero poner el acento ahí, son mis hijas y punto cuando se las tengo que presentar a terceros. Si la conversación da, lo cuento, pero no es su carta de presentación porque nadie te dice: te presento a mis hijos biológicos. ¡Mirá que los parí, eh, y me dolió un montón!”.
Nunca existió con ellas la conversación del “tenemos algo que decirles”. Se fue dando. “Si el día de mañana quieren saber más, las acompañamos y buscamos el expediente. Yo soy muy racional, pero hay cosas que pienso menos de lo que parece en todos los planos de la vida. Queríamos ser padres y este era el camino, no hubo mucha cosa detrás. Se fue dando naturalmente y la paternidad fluyó y está fluyendo”.
De Almeida, como docente de Gestión Cultural, hace una analogía y las compara: “La gestión cultural no se enseña, se aprende. Puedo leer, estudiar, aprenderme toda la teoría que yo defiendo, porque defiendo la profesionalización de esta carrera, pero se aprende haciendo. Ser padre es lo mismo, te pueden decir un montón de cosas, yo no leí ningún libro, pero al final del día aprendés equivocándote también. No se puede aplicar una receta estándar porque cada vínculo es único”, concluye De Almeida, que cuenta que “conecta” desde lugares distintos con sus hijas. Con una de ellas cocina y con la otra sale a caminar por la rambla.