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Identidad y 'sexilio': ¿cómo se vive la diversidad sexual en el interior del país?

Relatos Diversos reúne algunas voces y el asesor de Naciones Unidas Juan José Meré reflexiona sobre los desafíos culturales y territoriales que aún persisten y la brecha entre derechos y realidad

Redactora de Galería

En los pueblos chicos —infiernos grandes— nadie es anónimo, y los rumores caminan más rápido que cualquier transeúnte. De ese escenario, donde el reducido tamaño del territorio parece amplificar las diferencias, nacen las voces que componen Relatos diversos. Historias de vida LGBTIQ+ en Uruguay, de Margarita García Telesca.

El libro es el resultado de más de 40 entrevistas anónimas realizadas en distintos departamentos del país —que forman parte de una investigación más profunda del Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNPA de ONU) orientado a la salud sexual y reproductiva— transformadas en relatos de no ficción.

La idea germen nació de la mano de un asesor uruguayo de la ONU, el sociólogo Juan José Meré, que ya venía trabajando en estudios territoriales sobre la situación de la población LGBT+ en departamentos diferentes a la capital. Para el libro, fue primero lector (quería emocionarse) y después el editor final.

Pero, según él, “no alcanza con los informes académicos”. Para cambiar la realidad de las personas hay que trabajar también en el plano educativo y cultural; “hay que llegar con emociones”, dice a Galería. Y de eso se trata el libro.

No es lo mismo ser LGBT+ en Montevideo que serlo en una localidad donde “el pueblo calla, observa y calla”. Relatos diversos funciona como un archivo emocional del país profundo, que convierte lo privado en materia pública, registra resistencias y abre diálogos; una suerte de espejo incómodo que obliga a preguntarse qué tan lejos se puede llegar en materia normativa —Uruguay es mundialmente celebrado por sus avances en el tema— si las que tiran las anclas son las mentes y la que falla es la implementación puertas adentro.

El libro habla de fuga, de reorganización familiar; del desafío de construir redes, nombrarse, o caminar de la mano con un amor, y de qué pasa cuando se decide “cortar los hilos que atan la vida a expectativas ajenas”.

"El pueblo chico, los padres conservadores y el campo. Solo había que unir los puntos pero no era mi vida. Me asfixiaba pensarlo".

Uruguay y su interior como escenario moral

“Un poco el pueblo me echa y otro poco yo quiero escapar”, cuentan en Relatos diversos. No habla del pueblo solo como un punto en el mapa, sino como toda una estructura moral compleja regida por las miradas, los silencios, el apodo, las advertencias familiares y los mandatos que se repiten generación tras generación.

"Dolía vivir. En la farmacia pedía remedios, algo para curarse. Rezaba a las estrellas para no ser gay".

En Montevideo todavía existe el anonimato, la multitud diluye, pero en el interior la escala pequeña multiplica. Ser visible no es una elección, es una condición.

"Quiero ser invisible, pasar desapercibido, pero soy el puto. Vuelvo a casa cada tarde y finjo dolor de cabeza para acostarme a llorar".

Las mayores brechas entre el marco normativo y su implementación efectiva, sobre todo fuera de Montevideo, responden no solo a un tema de recursos, sino también a persistencias culturales. En pueblos donde la identidad está fuertemente ligada a la familia, al apellido y a la continuidad de los roles, no queda demasiado margen para la exploración.

El pueblo expone, y en esa exposición se juega la decisión más dramática: quedarse y resistir o irse para poder ser. “Las orientaciones y los deseos sexuales no son una elección. No es la racionalidad hablando, es el fuego interno que cada persona tiene cuando siente atracción por alguien de su mismo sexo, de ambos sexos o por una persona trans. Eso no condiciona, es impulsivo para todos, lo que condiciona es la posibilidad de expresarlo según el contexto de vida. Y ahí es donde debería ser igual para todas las personas”, apunta Meré.

El cuerpo es el campo de batalla

"Yo tenía alguna ventanita en mi sonrisa todavía. ‘Ponete la parte de arriba del bikini que viene tu primo’, me dice mamá y no entiendo. Después con los años entendí. Parece que hacerse grande hace que no se pueda mostrar el torso (...). Me taparon tantas veces que empecé a buscar remeras holgadas y bermudas largas, nada que marcara mi cuerpo de mujer, que parece que había que tenerlo oculto, que era algo malo y que mirá con lo que anda, después no se queje si le pasa algo".

El disciplinamiento del cuerpo aparece antes que cualquier atisbo de despertar del deseo. La investigación realizada por Unfpa confirma que muchas de las violencias más tempranas están vinculadas a la expresión (impuesta) de género: cómo se viste alguien, cómo camina, cómo gesticula. Las categorías no son solo sexuales, son performativas. Quien no encaja en la masculinidad esperada o en la feminidad tolerada se convierte en objeto de corrección. Y ese disciplinamiento tiene historia.

La herencia patriarcal no desaparece con una ley. La escena del bikini no habla solo de una niña, habla de la transmisión intergeneracional del miedo y de la internalización de la culpa y de la idea de que el cuerpo femenino —y cualquier cuerpo que desafíe la norma— debe ocultarse para no provocar.

El sexilio

Percibirse como “migrante sexiliado del campo” condensa una biografía entera. No es solamente alguien que se muda, es alguien que se va para poder existir.

"Tuvo suerte, pudo salir del pueblo. Los muertos lo envidiaron cuando lo vieron atravesar la ruta sin mirar atrás; bailar con la muerte y darle un pico, un chupón. La vida lo esperaba afuera".

Salir es un privilegio, la capital es un refugio (aparente), pero no todos tienen los recursos económicos, las redes de apoyo y contención, los estudios, mucho menos un destino claro para animarse a hacerlo. Y, sin embargo, parecería que marcharse es la única opción disponible.

Entonces, el sexilio no es una decisión libre. Tampoco es garantía de éxito inmediato. “Salía a encontrar trabajo: ‘No quiero putos, dan problemas’”, relata un testimonio del libro.

La brecha entre el marco normativo que posiciona a Uruguay como uno de los países con mayor reconocimiento legal en materia de diversidad y la vida cotidiana —las mayores diferencias se dan en el interior— pasa a ser evidente cuando el acceso al empleo, a la vivienda o simplemente a la tranquilidad depende de ocultar un aspecto propio.

"Los que nos salvamos llevamos un escudo en el corazón".

Desde Naciones Unidas, Meré lo plantea con crudeza: para tener el derecho a ser, muchas personas sienten que deben abandonar su localidad. Y cuando una comunidad expulsa —explícita o silenciosamente— a sus diversidades, se priva de ellas. Se empobrece cultural y socialmente: “Cuando nosotros atacamos esa diversidad, estamos atacando las bases de la convivencia, las bases de la paz”, dice Meré. “Es increíble pero las empresas reconocieron antes que nadie el potencial creativo de equipos diversos, heterogéneos, con foco en una misma tarea. Reconocieron lo que traía esa mirada diversa, esas múltiples perspectivas… Que un pueblo pequeño se prive de esa sensibilidad diferente, de un punto de vista diferente, de una inteligencia diferente, es una pérdida para el desarrollo”.

libro relatos diversos
Relatos diversos de Margarita García Telesca, autoedición, 92 páginas, 550 pesos.

Relatos diversos de Margarita García Telesca, autoedición, 92 páginas, 550 pesos.

Pero Montevideo absorbe y el interior expulsa. La pregunta que hace Meré es ¿por qué en un país sin grandes montañas ni peligrosas cascadas que separen a sus departamentos, la geografía termina marcando quién puede vivir su deseo con libertad y dónde, y quién no? Un país irregular, donde para la zona metropolitana el marco normativo tiene mayor cumplimiento mientras el resto del territorio se mantiene regulado por persistencias culturales.

De eso escapan cuando se van. La violencia que denuncian los relatos aparece en forma de golpes la menor de las veces. No era espectacular, no fue titular de diarios, pero sí producto de una pedagogía del rechazo que se aprende desde temprano.

"Se burlaban de él, no entendían que no había una sola manera de ser".

La diferencia se ridiculiza hasta que se corrige, o es obligada a esconderse. Sin embargo, la misma voz que denuncia eso en el libro ofrece una ironía cargada de luz: “Nadie juzga a los que tienen alergia y se brotan, ni a los que estornudan con el sol. En el pueblo hay alguien que hasta es alérgico a pagar las deudas. Y todos conviven”. La frase desnuda el absurdo de que la diversidad existe en múltiples formas —físicas, emocionales, temperamentales— y no genera alarma. Entonces, lo que incomoda no es la diferencia en sí, sino aquella que desafía la norma sexual y de género establecida.

Los diagnósticos territoriales del estudio que compartió Meré muestran que la totalidad de los varones gais entrevistados declararon haber vivenciado situaciones de violencia física o psicológica en espacios públicos; las mujeres lesbianas relatan miradas, filmaciones, hostilidades; y las personas trans enfrentan limitaciones en salud, educación y empleo. Todo eso no expulsa de inmediato, pero sí acumula miedo, erosiona, produce silencios y alimenta el deseo de irse.

La ambivalencia familiar

No toda familia acompaña pero tampoco todas rechazan. “Esperó a que su padre estuviera bajo tierra para contárselo a su mamá. Sabía que ella lo iba a aceptar siempre. Ahora su pareja es un hijo más y toman mate los tres en la cocina”. También hay madres, hermanas, abuelas que acompañan cuando la figura del padre concentra el peso de la masculinidad. Los estudios territoriales lo confirman: las referentes femeninas resultan más receptivas, mientras que los referentes masculinos sostienen con mayor rigidez la norma, esa herencia patriarcal que se materializa en la mesa familiar y en la expectativa de continuidad, en la idea de qué significa ser hombre o ser mujer.

Salir del clóset no es solo un acto individual. Es un acontecimiento familiar. Puede implicar peleas, distanciamientos, rupturas, pero también abrir procesos de aprendizaje y reconfiguración.

La expresión tuve suerte aparece varias veces, como si el derecho a ser aceptado en la propia casa fuera cuestión de azar. La ambivalencia familiar arroja un poco de luz en todo este tema; demuestra que el interior no es un bloque homogéneo de rechazo. Pero entre el mandato y el mate compartido en la cocina hay un proceso. Y ese proceso, aunque lento, también es parte de la transformación cultural de la que todo el tiempo habla Meré y muestra que las leyes por sí solas no garantizan nada.

La educación que salva

"A mí el liceo me salvó. Tuve que ser traga y obsesionarme con estudiar".

Ir al liceo también es ambivalente. Puede servir como margen, refugio, o puede significar lanzarse a la guerra con un escarbadientes. Muchos relatos coinciden en que usan el rendimiento académico como escudo, destacarse en algo para amortiguar la diferencia. Sin embargo, según los diagnósticos de la Unfpa­, casi la mitad de las personas entrevistadas vivieron situaciones de hostigamiento en instituciones educativas. En algunos casos, la violencia dificultó la permanencia y hasta provocó la deserción.

Por eso Meré insiste en que la transformación no es solo normativa: es pedagógica, cultural. Implica revisar contenidos, formar docentes, generar espacios seguros para infancias y adolescencias diversas y “romper el silencio curricular” que durante décadas dejó fuera de los programas cualquier mención a identidades y orientaciones “no heteronormativas”.

Sobre todo en el interior, las instituciones educativas pueden marcar la diferencia entre la privación y la posibilidad. Ir al liceo es acceder a la información que desarma la culpa, al lenguaje, conocer conceptos que permiten nombrarse y acceder a referentes diversos.

“(Velar por la diversidad) no es solamente una responsabilidad institucional, es una responsabilidad ciudadana, de cada persona”, reflexiona Meré.

La supervivencia en manada

Las redes de pares, sobre todo entre mujeres jóvenes, aparecen como factor protector. Y es que la amistad también educa. La comunidad puede ser opresiva, pero cuando la red se arma desde la diversidad, se convierte en sostén. Muchos relatos muestran ese giro. Después de la burla, del miedo, del aislamiento, aparece la identificación de que existen otros como yo.

Las marchas departamentales se animaron a florecer de a poco, y aunque pequeñas, ocupan las plazas principales y obligan a mirar lo que antes se escondía.

"Descubrí cuáles eran los verdaderos amigos. No faltaron los que dijeron: ‘No vayas a gustar de mí".

Rechazo y depuración van de la mano cuando la comunidad heredada es sustituida por la comunidad elegida y se rompe con los entornos violentos. Las investigaciones en varios departamentos muestran que cada vez más personas participan en colectivos locales, organizan talleres, impulsan campañas, gestionan espacios culturales. “Hay que trabajar la cultura. El arte como aliado, hay que llegar con emociones”, concluye Meré.

Y es allí donde Relatos diversos interviene no agregando datos, sino agregando palabras. Las palabras crean realidad. Visibilizan o discriminan, representan o excluyen. Y las emociones dependen de las creencias que se desarman y construyen en el lenguaje. Por medio de la sexualidad se puede transitar amor y enojo, ternura y poder, intimidad y abandono.

Meré señala que tal vez el verdadero desafío no sea garantizar leyes, sino revisar las jaulas construidas por nosotros mismos con palabras y herencias: “No hay un valor más profundo en la humanidad que la diferencia entre las personas; las diferencias del pensamiento, las diferencias de origen, las diferencias corporales, de género, sexuales. Esa diversidad humana es lo que hace la riqueza del mundo”, dice.

“Yo espero que la lectura de Relatos diversos pueda mover internamente algo en las personas, y que eso se traduzca en un gesto empático. Que tenga un efecto sensibilizador, movilizador, porque acá estamos moviendo cultura”.

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