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De lunes a viernes cumple con rigor sus responsabilidades, pero al llegar el tiempo libre pierde el control frente a una botella. Es un bebedor social, de guante blanco, que oculta una adicción
Hay entre nosotros muchos de ellos. A algunos los conocemos bien. Son amigos o parientes. Vemos lo que están haciendo, pero no decimos nada, o deslizamos por debajo un comentario al pasar con alguien de confianza. Y un poco también nos excusamos pensando en que no está pasando nada grave; si, total, sigue con su vida normal. Porque, mientras el lunes se rinda en la oficina, el desborde del sábado puede ser ignorado como un simple exceso social.
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Pero no. Esa persona está en problemas, es un alcohólico de fin de semana, aquel que de lunes a viernes cumple con rigor sus responsabilidades, pero que al llegar el tiempo libre pierde el control frente a una botella. Es un bebedor social, de guante blanco, que oculta una adicción, de la que, como tal, no puede salir y tiene consecuencias graves: conflictos familiares, accidentes de tránsito o resaca emocional, ese círculo vicioso de culpa, vergüenza y depresión que lo termina empujando a buscar alivio en un nuevo trago para recuperar ese estado de falsa felicidad.
Según cifras de la Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas, 28,4% de los uruguayos que consumieron alcohol en el último año (71% de la población) tiene uso problemático de alcohol. Estamos hablando de unas 682.054 personas.
A esto se suma un inicio del consumo cada vez más temprano en adolescentes, con un patrón de “atracón” (beber mucho en poco tiempo) que define su primer contacto con la sustancia. La gravedad de todo esto es que sigue la línea del componente cultural que hay en la sociedad sobre el consumo de alcohol.
Después nos asustamos con las altas cifras de adicciones (que incluyen el alcoholismo) entre los jóvenes. Si los propios padres les están abriendo la puerta a la adicción.
Hace unas semanas me contaron una nueva forma de festejar los cumpleaños de 15: “un descampado”, así se llama, en el que las opciones de regalo pueden ser dinero al homenajeado o llevar alcohol para la barra de tragos. Todo esto avalado por los padres del chico en cuestión, claro. Que los padres habiliten el consumo de alcohol en la previa de los cumpleaños de 15 no es una novedad. Siempre hubo desubicados, sobre todo padres de varones, que permitían a sus hijos y amigos reunirse en sus casas a tomar cerveza antes de la fiesta. Pues ahora el alcohol ya estará en la fiesta, ni siquiera deben molestarse en organizar la previa. Esto es ilegal, pero ya ni eso importa. Como si el hecho de que sea ilegal fuera un capricho de las autoridades y no tuviera atrás estudios científicos que respaldan el daño físico y psicológico que hace. Y después nos asustamos con las altas cifras de adicciones (que incluyen el alcoholismo) entre los jóvenes. Si los propios padres les están abriendo la puerta a la adicción.
En la nota que la periodista Milene Breito escribió esta semana sobre esta adicción silenciosa que es la del bebedor de fin de semana, para la que consultó a expertos, queda en evidencia la importancia del factor cultural en este contexto. Explica que el desafío real es dejar de ver la borrachera como una performance social aceptable y empezar a entenderla como el síntoma de una enfermedad que no necesita ser diaria para ser significativa. El bebedor de fin de semana no es alguien que “disfruta de la vida”, es alguien que, muchas veces sin saberlo, está atrapado en un ciclo de alivio y deuda emocional.
La nota plantea que el primer paso para empezar a comprender la verdadera dimensión del problema es habilitar la conversación pública. Figuras internacionales, como Ben Affleck, Robbie Williams y Demi Lovato, han hablado y ayudado a visibilizar una enfermedad que no distingue entre el éxito profesional y el colapso privado.
Como sociedad, tenemos que dejar de ver al alcohol como algo inocuo y divertido, y que eso del exceso y el consumo problemático les sucede a otros. El alcohol está en todos lados, todo el tiempo, y no tenemos la sanidad psicológica sellada y garantizada de por vida para creer que nunca vamos a caer en una dependencia. Y mucho menos un adolescente, que tiene todas las inseguridades a flor de piel.