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La necesidad del chisme, para todos por igual

Mientras las mujeres tienden a hablar más sobre la vida privada y la intimidad, los hombres orientan sus conversaciones de vestuario hacia todo aquello que pone en juego el estatus y la posición social

Editora Jefa de Galería

Aunque suene fuerte decirlo, el chisme es útil y necesario. A esa conclusión llegó la periodista María Inés Fiordelmondo después de embarcarse en una investigación sobre este tema. Todos sabemos que existe, la amplia mayoría lo practicamos con frecuencia y, sin embargo, lo condenamos, sentimos que estamos haciendo algo malo, cuando lo decimos o cuando lo recibimos, pero no lo podemos evitar.

Según investigaciones, el chisme existe desde que el ser humano vive en sociedad, y ha cumplido funciones importantes en el desarrollo de la civilización. Se puede decir entonces que es un acto esencial humano y tiene un propósito. Los especialistas hablan de que a través de ellos formamos vínculos en las comunidades y se mantiene la cohesión en los grupos. Cuando compartimos información de alguien más se genera con el interlocutor un vínculo de confianza o sensación de complicidad, de cercanía, de pertenencia.

Otra función del chisme es la de establecer cierto orden, transmite información sobre las normas mediante las cuales funciona el mundo social. Además, para las personas, el hecho de saber que sus acciones pueden terminar siendo juzgadas por otros actúa en cierto modo como un mecanismo de control social que permite mantener el orden grupal.

El chisme también es un regulador emocional. Frente a incertidumbres, situaciones complejas y ansiedades, compartir el problema alivia, porque descarga emociones al tiempo que se van encontrando aliados para la causa propia.

Por supuesto que el chisme tiene dos caras, y cuando pasa a ser malicioso con la intención deliberada de dañar a otro es cuando se traspasan los límites. De ahí su mala fama y esa condena anticipada.

En esas conversaciones informales las mujeres han sido las encargadas de transmitir la sabiduría sobre temas esenciales de la vida privada. Se han ocupado de compartir conocimientos de salud, curación y experiencias de vida a través de la tradición oral.

Pero más allá de estas consideraciones sociológicas y antropológicas, lo que impera en esta actividad tan arraigada es la necesidad profunda del ser humano de procesar información para orientarse en la vida. La información es brújula. Las personas necesitan saber para después actuar, entender qué pasa, por qué pasa, y así protegerse.

Y esto no tiene género. Les pasa tanto a mujeres como a hombres.

Esa creencia tan extendida de que el chisme es dominio de la mujer es falsa. Numerosos estudios han demostrado que hombres y mujeres chismean por igual. Los hombres también conversan y pasan información sobre otras personas, aunque sus temas y motivos sean diferentes que los de las mujeres.

En el caso de ellas, el chisme históricamente ha sido una herramienta de protección. Las diferencias de género en la sociedad las suelen colocar en un lugar más vulnerable que a los hombres, y ese cotilleo les ha permitido establecer alianzas de ayuda mutua. Pero también en esas conversaciones informales ellas han sido las encargadas de transmitir la sabiduría sobre temas esenciales de la vida privada. Se han ocupado de compartir conocimientos de salud, curación y experiencias de vida a través de la tradición oral. Mucho de ese intercambio entre mujeres se asume como chusmerío irrelevante y es señalado por la sociedad —sobre todo, por los varones— de manera despectiva, desconociendo el valor de esa transmisión de conocimiento.

Pero mientras que las mujeres tienden a hablar más sobre la vida privada y la intimidad, los hombres hacen lo suyo. En esa lucha y competencia por la jerarquía, orientan sus conversaciones de vestuario hacia todo aquello que pone en juego el estatus y la posición social. Los chismes se centran en quién ascendió, quién perdió dinero en una inversión, qué auto se compró uno o cuánto tiempo pasó el otro en el gimnasio. La atención está puesta en el comportamiento o la reputación de otros, en un claro afán de compararse.

Si pasamos raya, podemos concluir que tanto hombres como mujeres tenemos la misma necesidad de saber sobre la vida de los otros, y que si no se hace con malicia y desprecio, la circulación de información es lo que nos orienta, nos une y nos controla. Sigamos haciéndolo con el respeto que se merece.

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