En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
¿Por qué cada vez más adolescentes sufren depresión, ansiedad y adicciones?
En el libro La generación ansiosa, el psicólogo social Jonathan Haidt advierte que las redes sociales y la pérdida del juego libre en la infancia son los culpables de la debacle de salud mental de las generaciones más jóvenes y propone cuatro reformas para revertir la situación
"Dejemos que los niños crezcan en la Tierra primero, antes de enviarlos a Marte”. Esa es la advertencia que el psicólogo social y escritor estadounidense Jonathan Haidt lanza en la introducción de su libro La generación ansiosa a padres, docentes y gobiernos del mundo occidental, luego de contar la metafórica y “rocambolesca historia” de un empresario tecnológico que, sin el consentimiento de los padres, se lleva a los niños de la Tierra a Marte para que crezcan allí, con todos los riesgos que eso conlleva, alguno de ellos probablemente irreversible.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
“Es inconcebible que permitamos algo así. Pero, en cierto modo, es lo que hemos hecho. Puede que nuestros hijos no estén en Marte, pero tampoco están totalmente presentes aquí con nosotros”, afirma el autor en el penúltimo párrafo de su libro publicado en 2024, best seller del New York Times.
En La generación ansiosa, Haidt hace una concienzuda investigación sobre por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre los adolescentes y jóvenes. Para ello, compara los riesgos que supone la vida virtual a la que están expuestas las nuevas generaciones, con lo que implicaría el experimento de llevárselos a vivir a Marte. Desde la década del 2000, con la aparición de los primeros smartphones y las redes sociales, la infancia inició una transformación “catastrófica”, dejando de estar “basada en el juego” para estar “basada en el teléfono”. A este fenómeno, que marca un antes y un después en la historia de la humanidad, el autor lo llama la Gran Reconfiguración de la Infancia, la cual se inicia con la generación Z (nacidos a partir de 1996) y se concreta específicamente entre 2010 y 2015, cuando los primeros niños de esa generación llegaron a la adolescencia.
“La generación Z es la primera que atravesó la pubertad con un portal en sus bolsillos que los alejaba de sus allegados y los llevaba a un universo alternativo, emocionante, adictivo, inestable e inadecuado para niños y jóvenes”. Volviendo a la metáfora de Haidt, vienen a ser la primera generación que creció en Marte y eso tiene sus consecuencias.
No obstante, para el autor, el uso abusivo de las pantallas, que moldean el tiempo y el cerebro de los niños, no es lo único que marca el comienzo de la Gran Reconfiguración. Hay otro factor que también influye y mucho: la tendencia a la sobreprotección de los niños y a limitar su autonomía en el mundo real; por ejemplo, jugar en la calle sin la supervisión de un adulto o ir a hacer un mandado al almacén del barrio.
libro generación ansiosa
La generación ansiosa, de Jonathan Haidt. Ediciones Deusto, 378 páginas, 990 pesos.
“Los niños necesitan mucho juego libre para desarrollarse. Las pequeñas adversidades y contratiempos que se producen durante el juego son una vacuna que prepara a los niños para afrontar problemas mucho mayores más adelante”. Así fue como a medida que los padres intentaron eliminar los riesgos y la libertad del mundo real para sus hijos les otorgaron una plena libertad en el mundo virtual sin ser conscientes de lo que realmente pasaba ahí.
En definitiva, para Haidt, la sobreprotección en el mundo real y la infraprotección en el mundo virtual son las principales razones por las cuales los niños nacidos a partir de 1995 se convirtieron en la generación ansiosa.
De las redes sociales al tsunami de enfermedades mentales
En el libro, el psicólogo social señala que buena parte de la infortunada mutación de la infancia es responsabilidad de las empresas de redes sociales, las cuales “se afanan por maximizar el engagement, recurriendo a trucos psicológicos para que los jóvenes no paren de cliquear”. Su comportamiento es similar al de las tabacaleras o las empresas de productos de vapeo, que diseñan sus productos para que sean muy adictivos y eluden las leyes que ponen límite al marketing dirigido a los menores.
De esta manera, enganchan a los niños durante etapas vulnerables de su desarrollo cerebral, afectando, por ejemplo, la corteza frontal, esencial para el autocontrol, el aplazamiento de la gratificación y la resistencia a las tentaciones. Lo que más tarde se puede traducir en trastornos de salud mental, como ansiedad, depresión y adicción.
Por eso, si en 2007 la llegada de los smartphones cambió la vida de todo el mundo, ni que hablar la de los niños y adolescentes, cuyo cerebro no está preparado para una hiperestimulación de tal magnitud. De hecho, se considera que la corteza frontal no alcanza su plenitud hasta los 25 años aproximadamente.
El autor señala que si bien es verdad que en muchas partes del mundo, por ejemplo, en su país de origen, los adolescentes usan celular desde la década del 90, estos eran teléfonos básicos, sin acceso a internet, que servían sobre todo para comunicarse con familiares o amigos. Los smartphones son muy diferentes porque permiten al usuario conectarse con internet las 24 horas del día y ejecutar millones de aplicaciones, lo que muchas veces resulta tóxico y adictivo.
En este sentido, cita un estudio de Pew Research Center que establece que en 2011 el 77% de los adolescentes (13 a 19 años) tenía un teléfono, pero solo el 23% tenía un smartphone. Eso significa que para conectarse a las redes sociales, la mayoría de ellos debía hacerlo desde la computadora de su casa, sin mucha intimidad y por tiempo limitado. Sin embargo, cuatro años después otra investigación del mismo instituto mostró que uno de cada cuatro adolescentes decía estar en línea “casi constantemente”, a través del celular. Para 2022, esa cifra había trepado al 46%.
Todo indica que la generación Z no solo es la primera que ha pasado la pubertad absorta en un teléfono, sino que también es la primera que ha tenido menos conversaciones cara a cara o aventuras con sus amigos. Sin dudas, esto también colaboró para que dichos jóvenes se volvieran más ansiosos, depresivos y frágiles. Todo indica que la generación Z no solo es la primera que ha pasado la pubertad absorta en un teléfono, sino que también es la primera que ha tenido menos conversaciones cara a cara o aventuras con sus amigos. Sin dudas, esto también colaboró para que dichos jóvenes se volvieran más ansiosos, depresivos y frágiles.
“Las cifras de esos ‘casi constantemente’ son alarmantes; (...) indican que, incluso cuando los miembros de la generación Z no están mirando sus dispositivos, y parecen estar haciendo algo en el mundo real —como estar en clase, comer o hablar con alguien— una considerable parte de su atención está pendiente o preocupándose (en estado de ansiedad) por los acontecimientos del metaverso social. (...) Se trata de una profunda transformación de la conciencia y las relaciones humanas”, advierte.
La vida cotidiana, la conciencia y las relaciones sociales de los niños de 13 años que tenían un smartphone en 2013 (por lo tanto, nacieron en 2000) era muy diferente a la de los niños de 13 años con teléfonos móviles básicos en 2007 (que nacieron en 1994). Mientras que la vida social de las chicas se trasladó a las redes sociales, los chicos se zambulleron en el mundo de los videojuegos multijugador, YouTube y en la pornografía dura, todo lo cual tenían disponible en su teléfono en cualquier momento, gratis y sin supervisión de sus padres, convencidos de que en el mundo virtual sus hijos estaban más seguros que en el real.
Así, los jóvenes perdieron la capacidad de estar plenamente presentes con las personas a su alrededor. “Los patrones sociales, los modelos de conducta, las emociones, la actividad física e incluso los patrones de sueño de los adolescentes experimentaron una reestructuración radical en el transcurso de solo cinco años” (2010-2015), en los que Haidt señala se concretó la Gran Reconfiguración de la Infancia.
Esto mismo fue lo que desencadenó el tsunami de enfermedades mentales en los jóvenes, a partir de la década de 2010, más pronunciada en las chicas que en los chicos. De hecho, la tasa de autolesiones en las adolescentes estadounidenses casi se triplicó entre 2010 y 2020, aumentando un 188%. En los chicos apenas aumentó un 48%. En Reino Unido se registró también un crecimiento en ambos sexos: desde 2010 la tasa de autolesiones en mujeres creció un 78% y en varones un 134%, aunque las tasas de estos últimos siguen siendo inferiores en términos absolutos; es decir que las chicas superan en cantidad a los chicos.
Otro dato que maneja el autor es la tasa de suicidios en Estados Unidos. En el caso de las chicas, entre 2010 y 2021 aumentó un 167%, mientras que en los chicos el crecimiento fue de un 91%. En tanto, en Australia, las hospitalizaciones por motivos de salud mental en mujeres (12 a 24 años) se incrementó un 81% desde 2010 y en los varones un 51%. Los datos de los países nórdicos (Finlandia, Noruega, Suecia, Dinamarca e Islandia) también llaman la atención: la tasa de chicas (11 a 15 años) que declararon niveles de angustia psicológica registró un aumento del 76% a partir de 2010, mientras que en los chicos el crecimiento fue de 51%.
Menos juego libre y contacto con el mundo real
A la atracción que ejercen las pantallas y las redes sociales se sumó la pérdida sostenida del juego libre entre niños. Desde la década de 1980, con una acelerada caída a partir de 1990, los pequeños dejaron de disfrutar del juego físico al aire libre y con otros niños de distintas edades. Esto se debió a la creciente percepción de inseguridad por parte de los padres, que de a poco prohibieron a sus hijos jugar solos en la calle, y al crecimiento de las grandes ciudades. Así, los niños se vieron privados de los grandes beneficios que el juego libre tiene en su desarrollo, entre ellos, adquirir las habilidades que necesitarán para salir adelante como adultos.
El verdadero juego libre suele ser un fin en sí mismo, que supone riesgos, poca o nula supervisión adulta y directrices impuestas por los mismos participantes, por eso cuando intervienen los padres o cualquier otro adulto, se vuelve menos libre, lúdico y beneficioso.
“Los niños expuestos habitualmente a pequeños riesgos crecen y se convierten en adultos capaces de afrontar riesgos mucho mayores sin sufrir ataques de pánico. Por el contrario, los niños que se crían en un invernadero protegido, quedan a veces incapacitados por la ansiedad antes de alcanzar la madurez”, señala el psicólogo social.
“Los niños necesitan mucho juego libre para desarrollarse. Las pequeñas adversidades y contratiempos que se producen durante el juego son una vacuna que prepara a los niños para afrontar problemas mucho mayores más adelante”. “Los niños necesitan mucho juego libre para desarrollarse. Las pequeñas adversidades y contratiempos que se producen durante el juego son una vacuna que prepara a los niños para afrontar problemas mucho mayores más adelante”.
Pero si la práctica del juego libre entre niños y adolescentes venía en picada desde 1980, a partir de la década del 2000 con la aparición de los smartphones prácticamente desapareció. “El diseño adictivo de estas plataformas reduce el tiempo disponible para el juego cara a cara en el mundo real. La reducción es tan grave que podríamos referirnos a los smartphones y tabletas en manos de los niños como inhibidores de experiencias”.
A modo de ejemplo, el autor cita una investigación de Monitoring the Future, que da cuenta de que el tiempo no estructurado con los amigos cayó precipitadamente en los años en que los adolescentes comenzaron a tener smartphones, es decir, desde 2010. Mientras que en la década de 1990 aproximadamente el 45% de las chicas (13 a 18 años) decían hacer planes con sus amigas “casi todos los días” después del colegio, en 2010 la cifra cayó a 38%, para situarse en 25% en 2017. En tanto, en los años 90, el porcentaje de chicos de la misma edad que sostenía hacer planes con amigos “casi todos los días” después del colegio se situaba en 55%, cifra que en 2010 descendió a 43% y en 2017 a 33%.
Todo indica que la generación Z no solo es la primera que ha pasado la pubertad absorta en un teléfono, sino que también es la primera que ha tenido menos conversaciones cara a cara o aventuras con sus amigos. Sin dudas, esto también colaboró para que dichos jóvenes se volvieran más ansiosos, depresivos y frágiles. Por esta razón, Haidt asegura que no hay ninguna contradicción cuando recomienda a los padres supervisar menos el mundo real y más el virtual, principalmente retrasando la inmersión.
Cuatro reformas para regresar a los adolescentes
Para Haidt, todavía estamos a tiempo de revertir esta realidad y devolver la salud mental a los adolescentes y jóvenes. Para eso, luego de compartir una decena de sugerencias para frenar esta epidemia, invita a padres, profesores, gobiernos y miembros de la generación Z a promover y llevar a cabo algunas reformas que Ellas son:
Nada de smartphones antes del liceo: reducir la cantidad de tiempo en línea en la niñez y en la adolescencia temprana los ayudará a tener una mayor participación en el mundo real, ganando tiempo para que su cerebro desarrolle un mejor autocontrol y una atención menos fragmentada. Si es necesario darle un teléfono antes de que ingrese al liceo, que este sea uno básico. Para esto es necesario coordinarse con otros padres para que el niño no sienta que es el único que no tiene smartphone.
haidt
Psicólogo social Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa.
Nada de redes sociales antes de los 16 años: el autor recomienda esperar hasta bien entrada la pubertad, cuando ya hayan pasado los años más vulnerables, para permitir a los adolescentes conectarse a potentes agentes socializadores, como Instagram y TikTok. Abrir una cuenta en estas redes sociales es “un paso importante”, en el que los chicos proporcionan datos personales y se introducen en un torrente de contenidos personalizados elegidos por un algoritmo, además de publicar contenidos propios. Al igual que en la reforma anterior, Haidt recomienda a los padres unirse para que sus hijos no se sientan solos.
Mucho más juegos sin supervisión e independencia infantil: llenar la escuela de juegos puede ser más eficaz para enseñar habilidades sociales y reducir la ansiedad que cualquier programa educativo, porque el juego libre es la forma que tiene la naturaleza de lograr sus objetivos.