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Hoy, la brecha generacional básicamente está en la diferencia de cómo trabajan nuestros cerebros. Adultos y jóvenes convivimos en tiempo y espacio, pero está claro que utilizamos las conexiones neuronales de forma distinta
Cuando era adolescente y con mis amigas, en medio de los conflictos con nuestros padres, sentíamos las diferencias generacionales y poníamos en palabras la incapacidad que tenían para comprendernos y comprender el mundo en el que estábamos viviendo (“¡las cosas ahora eran diferentes!”), nos preguntábamos cómo iba a ser cuando nosotras fuéramos madres, qué cosa nueva iba a surgir que fuera a provocar esas distancias generacionales con nuestros hijos. Como todos los adolescentes, estábamos convencidas de que la teníamos reclara, que entendíamos cabalmente el funcionamiento del universo, y no encontrábamos ninguna respuesta convincente. No nos imaginábamos qué podía pasar, lo que nos hacía pensar que no íbamos a tener conflictos con nuestros hijos adolescentes porque ya teníamos la verdad revelada.
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La soberbia de la adolescencia se dio de frente con la lógica evolutiva del ser humano, en la que lo único constante es el cambio. Cómo adivinar en los 90 la revolución tecnológica que vino después. Ilusas adolescentes. Hoy, la brecha generacional básicamente está en la diferencia de cómo trabajan nuestros cerebros. Adultos y jóvenes convivimos en tiempo y espacio, pero está claro que utilizamos las conexiones neuronales de forma distinta. Y allí radica la explicación cuando quedamos perplejos ante la manera de actuar de los jóvenes.
Nosotros, los adultos, nos formamos en una realidad analógica, en la que la espera era parte de la vida cotidiana, y nuestra distracción en clase no era más que hacer dibujitos en el cuaderno o conversar con el de atrás. Los jóvenes aprenden en una lógica digital en la que logran trabajar en la dispersión. Miran el celular, escriben en la computadora, escuchan al profesor, leen el texto que les entregó y hacen el ejercicio, todo al mismo tiempo. Ese multitasking les permite atender muchas cosas a la vez, pero sin estar presentes, sin comprometerse realmente con ninguna de las tareas. Todo fluye en una plano superficial, pocas veces llegan a capas más profundas, lo que compromete la capacidad real de adquirir conocimiento. Pocas veces conectan con una pasión. Hoy, las nuevas generaciones parecen haber perdido el entusiasmo. Nada los moviliza, los fascina, los atrae, nada les parece interesante o sorprendente. Esta apatía que surge de navegar siempre en aguas llanas podría empezar a ceder si encontramos un equilibrio. Momentos analógicos en medio de la vorágine digital.
El uso intensivo de pantallas ocupa hasta 60% del tiempo libre de los jóvenes después de clase, y aclara que en la mayoría de estudios disponibles, más del 50% de los jóvenes encuestados reconoce sentirse mal por la cantidad de tiempo que pasan conectados.
Esta semana, la periodista Milene Breito, nacida a fines de los 90, se sometió a la experiencia de jugar con su familia a un juego de mesa que consistía en resolver un crimen con papel, lápiz, fotos y documentos impresos. La full experience implicaba alejarse de las pantallas por un largo rato. Y aunque por momentos hubo síndrome de abstinencia y alguien escabulléndose para scrollear, la misión se logró.
Hace ya unos años que los juegos de mesa están volviendo con fuerza. En el artículo que escribió Milene para contar su noche en familia, ofrece datos de plataformas de venta en las que los juegos de mesa figuran entre los 10 productos más vendidos, y asegura que el auge de este entretenimiento analógico se está dando sobre todo en jóvenes cercanos a los 30 años: “Generaciones que crecieron en lo digital, y justamente por eso, sienten la necesidad de la presencialidad genuina. En una era en la que todo se descompone en códigos binarios y lo que reina es el FOMO (fear of missing out, “el miedo a perderse algo”, fomentado por las constantes publicaciones en redes sociales), el verdadero acto de rebeldía en la generación Z y los millennials es poner el celular boca abajo, sentir alivio de no estar en todas, y no tener que buscar excusas para quedarse en casa”.
La nota cita un estudio del Centro Nacional de Información Biotecnológica de Estados Unidos que señala que el uso intensivo de pantallas ocupa hasta 60% del tiempo libre de los jóvenes después de clase, y aclara que en la mayoría de estudios disponibles, más del 50% de los jóvenes encuestados reconoce sentirse mal por la cantidad de tiempo que pasan conectados, “por lo que reivindicar lo analógico funciona como una forma de poner en valor prácticas culturales que, en definitiva, son más humanas”, como conversar, mirarse, discutir en buenos términos, descifrar en equipo, compartir horas sin interferencias.
Entonces, aunque la realidad digital se impone, y obviamente que también arrastra a los adultos, el cuerpo nos pide una vida con más pausas, más conversación, más presencia. A pesar de que el cerebro nos funcione distinto, las necesidades humanas son las mismas: contacto con el presente, conexión con los que nos rodean en ese preciso momento y lugar. Y tal vez así vuelva la pasión, el interés y la fascinación por un mundo real, físico, que nunca ha dejado de sorprender.