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Los simbólicos

Tal vez los reyes del postureo, los emperadores del simbolismo guay, los plusmarquistas del “hacer sin hacer” sean los políticos. Y da igual que sean de izquierdas o de derechas

Columnista

Como ahora es tanto más importante parecer que ser, proliferan como nunca los simbólicos, y son interesantísimos de observar desde un punto de vista… entomológico, digamos. Un simbólico, en la esfera que sea, es un experto en gestos, un virtuoso en hacer que hace cuando en realidad no hace nada.

¿Conocen por ejemplo al feminista simbólico? Se caracteriza por llevar un par de vasos al lavavajillas, o vaciar unos cuantos ceniceros y luego decir que le encanta colaborar en las tareas domésticas y que está muy por la paridad.

Otro prototipo interesante es el elegante simbólico. Un elegante de esta modalidad sabe perfectamente, por ejemplo, qué ropa hay que usar para no desentonar en Gstaad o en Martha’s Vineyard; se horroriza de cómo otros manejan los cubiertos y jamás de los jamases dice “que aproveche”. Pero luego se muestra grosero y prepotente con sus subordinados, y olvida que la elegancia no consiste en saber cómo se comen los espárragos o qué vino marida mejor con las setas de cardo, sino, simplemente, y como siempre dice mi sister Marta Robles, en no hacer daño a los demás.

Otro de mis simbólicos favoritos es el ecologista. Ese que firma todos los manifiestos habidos y por haber en pro de la defensa del planeta; lleva en la solapa un pin con la cara de Greta Thunberg y cuelga en Instagram fotos suyas encendiendo una velita para luchar contra el cambio climático. Pero luego derrocha agua, fuma como una usina y deja plásticos por doquier.

¿Conocen por ejemplo al feminista simbólico? Se caracteriza por llevar un par de vasos al lavavajillas, o vaciar unos cuantos ceniceros y luego decir que le encanta colaborar en las tareas domésticas y que está muy por la paridad. ¿Conocen por ejemplo al feminista simbólico? Se caracteriza por llevar un par de vasos al lavavajillas, o vaciar unos cuantos ceniceros y luego decir que le encanta colaborar en las tareas domésticas y que está muy por la paridad.

¿Y qué me cuentan del simbólico intelectual? Un simbólico cultural habilidoso puede hacernos creer que es muy leído cuando a duras penas ha pasado del prólogo. Además, ahora con la inteligencia artificial cualquiera puede fingir que es un erudito; basta con ser lo suficientemente rápido con el ChatGPT y luego perorar como si lo dicho fuera de cosecha propia. Por lo demás, un simbólico cultural suele trufar su conversación de citas y guiños literarios. Por ejemplo, cuando se produce una situación poco agradable que más o menos todos veíamos venir, un simbólico cultural de inmediato afirmará que aquella era “la crónica de una catástrofe anunciada”. También le gusta mucho introducir en su parla muletillas culturetas como “Ladran, luego caminamos” o “La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”.

Otro de mis impostores favoritos son los ricos simbólicos. Esos que se dedican a publicar en sus redes sociales viajazos exóticos y comidas gourmet que o bien nunca han disfrutado o bien les han costado tal pastón que el resto del año tienen que comer espaguetis para recuperarse del dispendio.

Pero tal vez los reyes del postureo, los emperadores del simbolismo guay, los plusmarquistas del “hacer sin hacer” sean los políticos. Hablo de esos responsables de diversos estamentos de la administración, ministros o presidentes, etcétera, y da igual que sean de izquierdas o de derechas. Esos que, cuando sobreviene una tragedia inesperada, un fuego, una inundación o una erupción volcánica al principio quedan en shock y reaccionan mal y tarde. Pero luego, como impulsados por un resorte, allá que se van con casco, chaleco ignífugo/manguera/rastrillo/etcétera, con aire compungido y cara de “aquí estoy yo para lo que haga falta” a hacerse la foto justo antes de regresar a sus despachos y retomar su habitual inoperancia.

Sí. El mundo está lleno de simbólicos. Cada vez proliferan más y los hay del más diverso pelaje. Unos son irritantes, otros son divertidos, los hay graciosos, caraduras, pomposos, enervantes, ingeniosos, patéticos… En realidad, en mayor o menor medida todos somos simbólicos y practicamos algún tipo de postureo, así que les confesaré el mío.

Para hacerme la abuela enrollada con mis nietos, me finjo erudita en deportes. El fútbol me encanta, así que en ese terreno juego con ventaja, conozco los resultados de la semana y puedo comentar polémicas y últimos fichajes. Donde postureo más y tiro descaradamente de san Google es en otros deportes como el esquí, el atletismo y el motor en sus diversas variedades. También puedo perorar de tenis, de la NBA, de balonmano y por supuesto lo sé todo del gran Ilia Topuria. Ya ven. Grandísima impostora que es una, qué quieren que les diga…

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