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    Las peras del peral

    Es como si la pulsión destructiva que, de manera cíclica, nos arrima como especie al abismo se nos presentara hoy (como también antes) como el viento de cambio que nos hace falta para salir del pantano en el que se supone que estamos

    Columnista de Búsqueda

    Como lector de ensayos sobre temas sociales y de letras de rock, me pasa que muchas veces encuentro que dos líneas incisivas, inteligentes y bellas de una canción pueden tener más poder descriptivo que un obsesivo y denso texto de más de 400 páginas. Por supuesto, las intenciones de ambos son distintas. Mientras la letra intenta hacer arte, sea eso lo que sea, un ensayo o un paper intenta hacer ciencia y ofrecer una mirada exhaustiva y articulada sobre un tema o asunto. La letra no tiene por qué cumplir con ninguna de estas condiciones y puede bastarle con ser simplemente expresiva. Y a veces ni eso, alcanza con que suene bien en el contexto de la canción; tan poco se suele pedir a las letras.

    Pero, en ocasiones, las letras hacen eso: resumen un instante, una situación, una era, mejor que el mejor texto científico. Por ejemplo, estas líneas de la canción 225 de New Model Army: “Esta era dorada de la comunicación significa que todos hablan al mismo tiempo y la libertad solo significa la libertad de explotar cualquier debilidad que puedas encontrar”. El tema es de 1988, antes de la explosión de internet y la globalización acelerada que se radicalizó en ese instante. En ese sentido, la letra de New Model Army, escrita por su vocalista y líder Justin Sullivan, resultó premonitoria: la cacofonía actual es mil veces más intensa que la cacofonía de entonces. Y el carácter depredador de la libertad es lo que se nos vende hoy como alternativa a la democracia liberal, con una energía descarada y un volumen de adeptos mucho mayor de los que Sullivan imaginó entonces en su canción.

    En ese sentido, los dos problemas que detectó y describió la banda inglesa en su letra parecen haber dejado de considerarse como tales y se instalaron entre nosotros como método. Miremos, por ejemplo, nuestro Parlamento: no entra el que en campaña proponga más cosas razonables, entra el que resulta más ruidoso, el que es capaz de salpicar de manera más violenta al rival político, calificado ahora, y en lenguaje bélico, como enemigo. Se sostiene quien es capaz de descalificar y sacar pecho mientras lo hace. El que encuentra el nicho de discurso que mejor llega al nicho que le va a dar los votos. El terreno común, la zona de acuerdos, que es la única razón para la existencia de un Parlamento, se ve lijado, debilitado, ya que esa estrategia de “cacofonía más descalificación” es muy poco propicia para encontrar acuerdos. Citando otra letra de otra banda, esta de la banda gringa Live, “no podés permitirte creer solo en tu lado”.

    Y sin embargo, no solo creemos exclusivamente en nuestro lado, como hooligans a la entrada de un estadio, sino que creemos que todo el mal se concentra en la vereda de enfrente y votamos a quien dedica su período parlamentario a eso, a vociferar que todos los males vienen de “los otros”. Que eso haga que como país seamos (casi) incapaces de construir algo sólido a mediano plazo parece secundario. Si nuestros representantes se dedican a publicar mensajes radicalizantes en X, es suficiente. La cacofonía, entonces, ya no es un problema a erradicar, sino que pasa a ser el centro de nuestra nueva forma de hacer “política espectáculo”. Y lo peor es que no es ni siquiera una cuestión de buena o mala intención. Es tan sencillo como que la inmensa mayoría de nuestros políticos actuales simplemente no conoce otra cosa que no sea ruido y espectáculo como forma de dirimir las esperables diferencias que tiene una sociedad compleja como la nuestra. Compleja e infantilizada como la nuestra, se podría agregar.

    Sobre el segundo asunto, la libertad entendida como la oportunidad de explotar cualquier debilidad que podamos encontrar en el otro, en nuestro beneficio. Pues eso es más o menos lo que hoy se nos vende como alternativa a nuestras menguantes democracias liberales. Como siempre, una herramienta que depende exclusivamente de lo que hagamos con ella (nuestra democracia será tan buena o mala como nuestros esfuerzos al respecto), es descalificada en su conjunto en nombre de una suerte de realpolitik digitada desde los centros que ejercen efectivamente el poder. Así, por ejemplo, los derechos humanos pasan a ser vistos solo como parte de una retórica del statu quo. Y esto ocurre a izquierda y derecha: a la izquierda siempre le parecieron inestables o mentirosos, un invento de las élites para su propio beneficio. A la derecha le parecen una incómoda fachada de la izquierda para ponerle obstáculos y distorsiones a la realidad. Una realidad que pasa por aceptar que los bullies son los que mandan en el patio del liceo y que lo mejor que se puede hacer es arrimarse al sobaco cálido y maloliente del grandote que mejor se alinee con nuestro prejuicio político. Y rezar para que alguna vez al grandote le dé por ponerse desodorante.

    Es por eso por lo que quizá el eje ideológico más importante de este instante no sea el que separa izquierda de derecha. Quizá sea aquel que separa a quienes creen que la democracia liberal es un sistema perfectible y que solo depende de nosotros mejorarlo, de aquellos que ya lo dan por amortizado y proponen una vuelta a los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Convenientemente maquillados de futuro próspero y necesario, faltaría más. Es como si la pulsión destructiva que, de manera cíclica, nos arrima como especie al abismo se nos presentara hoy (como también antes) como el viento de cambio que nos hace falta para salir del pantano en el que se supone que estamos. Todo esto mientras los problemas reales y cotidianos de la gente son borroneados de la política concreta, bajo un manto de declaraciones altisonantes sobre cualquier asunto a resolver. Asunto que, casi seguro, seguirá sin resolver.

    Para tirar la democracia al tacho, hace falta que alguien en alguna parte proponga algo que la mejore. Porque con la democracia van también nuestros derechos y nuestra posibilidad de sacarnos a los ineptos de encima. La retórica de la realpolitik, expresada de manera muy clara en el discurso antiglobalista de Marco Rubio en Alemania, tiene el problema de que suele tirar al niño junto con el agua sucia que se supone viene a superar y cambiar. Como todo pack ideológico, en su interior suele haber cosas menos gloriosas que cantarles las cuarenta a esos malditos progres pro-ONG. Por ejemplo, el aval a la violencia ejercida por el ICE contra la población civil de EE.UU.

    La canción 225 comienza con una descripción muy de época: “Ella mira fijamente la pantalla, las pequeñas palabras verdes. Intenta recordar qué hacer a continuación. Hay un rastro de frustración en su rostro. Buscando la tecla que debe presionar. Y yo la ayudaría si supiera cómo. Pero estas cosas son un misterio para mí”. La pantalla es la de una vieja PC, las palabras verdes son los comandos en DOS. La frustración de no saber qué hacer a continuación es vigente en todo momento, incluso hoy. La cacofonía como método político, lejos de ayudar, complica. Pero esos son los representantes que elegimos y que, efectivamente, nos representan. La calidad del resultado es otro asunto y al olmo no se le deben pedir peras. Para comer peras hay que plantar perales.

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