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El epítome de las democracias modernas se supone que se rige desde sus orígenes por valores que nada tienen en común con los de Donald Trump. Y, sin embargo, el señor Trump ha sabido conectar con esos mecanismos de añoranza de los que hablamos
Hace años, José Luis de Vilallonga, en uno de sus libros, acuñó un concepto que se ha convertido en una frase hecha, y es este: “La nostalgia es un error”. En esa obra (una crónica desenfadada y mordaz del mundo del cine, la cultura y la vida social) argumentaba que la nostalgia, a pesar de ser un sentimiento agradable y melancólico, es un error, una equivocación, porque distrae de los problemas y escollos del presente e impide avanzar y disfrutar de la vida.
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La nostalgia cuenta además con un gran aliado, el poder embellecedor del tiempo, que consigue que, al mirar atrás, olvide uno lo malo y recuerde solo lo bueno. También hace que uno “fabrique” un pasado que nunca existió. Por eso, aquel amor que pudo ser y no fue o aquella vocación a la que renunciamos, con la perspectiva que dan los años, parecen extraordinarios.
“Ah, si me hubiese casado con Fulanita o con Menganito”, “ah, si hubiese estudiado ballet en vez de derecho por hacer caso a mis padres…”. Y da igual que Fulanita o Menganito no sean el dechado de virtudes que pensamos y que el ballet sea una disciplina sacrificada en la que solo triunfa realmente uno de cada cien. Porque la nostalgia nada tiene que ver con la razón, es más, abdica voluntariamente de ella.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, etimológicamente el término nostalgia viene del griego nostos, que significa “regreso”, y algia, “dolor”, aunque también se usa para dar nombre a una dicha imaginada.
Les cuento todo esto porque la nostalgia, que siempre ha sido un error que nos impide avanzar, se está convirtiendo en un peligro. Sobre todo en el terreno político, en el que existe una nostalgia sobre todo de aquello que no se ha vivido. El fenómeno es mundial y condiciona conductas y tendencias de voto. ¿Cómo se explica, si no, que, tras el fracaso del modelo soviético en los años 90, en Rusia más de un 50% de los encuestados vea como históricamente positivo el rol de Stalin, mientras que una gran mayoría, entre un 60% y un 70%, lamente la disolución de la Unión Soviética?
Algo similar ocurre en China, donde Xi Jinping apuesta ahora por un cierto regreso al maoísmo. O en Alemania, con el auge de la AFD, a la que a cada rato se le escapan tics pronazis. A derecha e izquierda la nostalgia de lo no vivido gana elecciones. Sobre todo a la derecha. Ahí están, si no, los casos de Argentina y ahora de Chile, con un presidente que se declara abiertamente pinochetista, o el auge y la presencia de un modo u otro en sus gobiernos de formaciones ultramontanas en países antes tan moderados como Holanda, Finlandia o Suecia.
Ahí están, si no, los casos de Argentina y ahora de Chile, con un presidente que se declara abiertamente pinochetista, o el auge y la presencia de un modo u otro en sus gobiernos de formaciones ultramontanas en países antes tan moderados como Holanda, Finlandia o Suecia.
Pero tal vez el caso más paradigmático del imperio de la nostalgia sea el de los Estados Unidos. ¿Nostalgia de qué?, dirán ustedes. El epítome de las democracias modernas se supone que se rige desde sus orígenes por valores que nada tienen en común con los de Donald Trump. Y, sin embargo, el señor Trump ha sabido conectar con esos mecanismos de añoranza de los que hablamos.
Su lema “Make America Great Again” lo dice todo. Él ha logrado sintonizar con aquellos que sentían que su país daba a la comunidad mundial mucho más de lo que recibía; con los que piensan que otras potencias —en especial Europa— se aprovechan de él, tanto económica como políticamente; con los que creen que Estados Unidos está perdiendo su condición de referente mundial, así como con los que piensan que su país se está llenando de inmigrantes ilegales y de droga.
Y ante todo eso, ¿cuál es la receta de Trump? Una vuelta al pasado más imperialista de los Estados Unidos. No solo a la doctrina Monroe, que lo faculta para intervenir en países de su llamado “patio trasero” (que según sus cánones llega hasta la Patagonia). También ha abrazado otra doctrina, en este caso una de F.D. Roosevelt menos conocida pero igualmente inquietante, la del big stick o gran garrote. Opinaba Roosevelt que en su relación con otros países había que “hablar suave y llevar un gran garrote”. O, lo que es lo mismo, negociar y dialogar pero también estar dispuesto a tomar medidas drásticas y firmes en caso necesario.
Mejorando la receta de su antecesor, Trump se ha olvidado del “hablar suave” y se concentra en el asunto del gran garrote. Y lo peor es que le está funcionando. Sobre todo con quienes a él menos le importan (como Europa y Latinoamérica). No así con China y con Rusia, pero eso es muy propio de matones, son fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.
Y mientras tanto, mientras la nostalgia hace estragos y cada nueva elección nos trae lo peorcito de cada casa, nosotros, sufridos ciudadanos del mundo a los que nunca nos gustó este tipo de añoranzas, no podemos hacer otra cosa más que confirmar que la nostalgia (y más aún la nostalgia de lo que no se ha vivido) no es solo un error, es también un grave peligro para la democracia.