Juan Taratuto: La respuesta sencilla es sí. Si yo te pregunto ahora, vos también dirás “¿cómo terminé acá?”. Todos en algún momento de la vida estamos en jaque con las decisiones tomadas, o en un inconfort. A mí sí me interesan esos momentos. Y aparte, si no, no hay película. A los personajes es interesante agarrarlos en un momento de cambio, de crisis, de replanteo. Lo que hace rica a una película tiene que ver con un personaje expuesto a una situación que lo obliga a emprender un camino, a tomar una decisión, a buscar algo para solucionar. Siempre hay un evento que viene a alterar el orden.
La película plantea una idea muy actual, que es la de que a veces una conexión breve puede sentirse muy intensa, incluso más que un vínculo de años. ¿Te interesaba explorar también esa idea?
J. T.: Sí, siempre los vínculos me atraen. Es una película sobre el deseo también, sobre cuánto escuchamos el deseo. No quiere decir que uno no hace lo que quiere. No es tampoco que debe cumplir todos los deseos, porque no tendríamos una sociedad, seríamos casi animales. Pero sí creo —y eso lo puedo ver en mis contemporáneos, a mi alrededor, y en mí mismo— que muchas veces apagamos ciertas llaves que tienen que ver con el deseo porque nos obligan a replantearnos si las decisiones tomadas son las que debimos tomar y si nos animamos. Puede ser esto de vivir un amor que transcurre en tres días con una intensidad inimaginable, que quizás después desaparece o se convierte en el amor de la vida de cada uno; o puede ser cambiar de trabajo, encontrar un nuevo hobby, lo que sea. Lo que veo es que somos muy temerosos con el cambio y, a medida que vamos creciendo, nos vamos poniendo cada vez más conservadores.
¿La locación del hotel de lujo en la playa se prestaba como un lugar para que los personajes pudieran permitirse ser otros y expresar ese deseo con libertad?
J. T.:Exactamente, esa era la idea. Esta cosa de no lugar que tienen los hoteles, sobre todo en esos viajes laborales donde uno se despierta de noche y no sabe ni dónde queda el baño. Los personajes se encuentran en una situación en la que están disponibles, en un lugar donde están dadas las cosas para que algo se acote a un tiempo y un espacio en el que no hay testigos; donde cada uno va a tener que enfrentarse con sus propios fantasmas. En ese sentido, la relación entre ellos muestra cómo muchas veces se sale de situaciones con comportamientos que no son los esperables.
¿Qué querés decir con eso?
J. T.:Que hay crisis de pareja que pueden solucionarse con un amante, y capaz que el personaje de ella tiene un amante que le hace ver el valor que tiene su familia, y eso la acomoda. No se habla mucho de esto. Siempre parece que en la literatura o en el cine el amante viene a reemplazar algo. Y la vida es más compleja, todo se va complementando. Me interesaba, junto con el otro guionista, Matías Scartascini, echar un poquito de luz sobre esto.
Guillermina Fabbiani Nada entre los dos
La actriz uruguaya Guillermina Fabbiani interpreta a la hija adolescente del personaje de Oreiro.
Guillermina, ¿qué te llevás de haber compartido escenas de madre e hija o padre e hija con Natalia Oreiro y Gustavo Peto Menahem?
Guillermina Fabbiani: Mucha experiencia y aprendizaje. Para mí, es muy importante mantenerme en aprendizaje constante. ¿Y qué no vas a aprender de una figura como Natalia Oreiro? Viéndola en acción, en vivo. Como actriz en formación que me considero, ver las herramientas que ella tiene para entrar en escena me aportó mucho. De Peto también, el carisma con el que se mantiene constantemente y cómo eso lo incorpora en su personaje. Aprendí muchísimo y eso es lo que me llevo de ellos: verlos, tenerlos como referentes.
¿Qué fue lo más desafiante en la construcción del personaje de Frida, hija de Mechi en la película?
G. F.:Fue difícil la construcción, la verdad. Ana Clara Ferreira, la directora de casting, fue como mi coach. Tuvimos varias instancias de ensayo previas a la película y yo siempre pedía si podíamos mechar alguna más antes del rodaje porque me ponía muy nerviosa.
J. T.:No se te notó nerviosa.
G. F.: ¡Qué bueno! Frida es un personaje muy complejo a nivel emocional, o así lo percibo yo. Tiene la complejidad de su edad, de estar atravesando la adolescencia. Además, tiene a su mamá lejos, que es uno de los mayores soportes en ese momento, por más que en esta etapa queramos a los padres bien lejos. Me pareció muy lindo jugar con eso mismo: tener lejos a mi mamá, sabiendo que lo que más necesitaba era tenerla cerca. Y el desafío era cómo mostrar eso sin que ella lo supiera. Trabajar en esa dualidad de lo que mostraba y lo que en realidad sentía el personaje.
¿Qué cosas reconociste de los vínculos madre-hija actuales en la película?
G. F.: Yo leía el guion en la casa de mi mamá y en muchas escenas le decía: “Ma, mirá esto; ¡somos nosotras!”. Te juro que éramos nosotras. Había líneas de pensamiento que se me disparaban a mí y que las podía asociar con experiencias que había vivido con mi mamá. El guion está escrito de una manera tan sensible que genuinamente me llevó a mi realidad. Y con Nati creo que lo relogramos también.
Natalia Oreiro_Nada entre los dos
Natalia, tu personaje parece estar un poco agotado de sostener todo: el trabajo, la maternidad, la pareja. ¿Qué era lo que más te interesaba de ella?
Natalia Oreiro: Que fuera real, y que se tratara de una película de vínculos, en el caso del rol que me tocaba, que fuera una mujer reconocible en una amiga, en una madre, en mí misma, poder decir “bueno, esto está pasando, es parte de los conflictos actuales del amor”. Porque a veces se vende el amor como un hecho romántico para toda la vida. Y después, en la realidad, estos temas son más tabú. Enamorarte de un compañero de trabajo, enamorarte de alguien en un viaje, sentir que tu pareja ya perdió la chispa, tener conflictos con tu hijo o hija adolescente. Y la moral puesta sobre eso. ¿Y dónde queda el deseo? Los protagonistas son dos personajes que están en conflicto con sus parejas, pero también con sus elecciones laborales. El personaje de Mechi tiene un conflicto más expuesto. No sé si porque es mujer, pero expone más a su pareja y su trabajo. El personaje de Guillermo tiende a callar un poco más lo que le pasa. Pero se encuentran en esa situación y conectan. ¿Podés enamorarte de alguien durante tres días? Sí. ¿Y qué pasa después de eso? ¿Cómo vuelve uno a la rutina? ¿Todo sigue igual? ¿La culpa pesa? ¿O ayuda a tomar una decisión? ¿Ayuda a dar un paso al costado o a revincularse con la pareja desde un lugar más sincero?
La película muestra a una mujer que vuelve a conectar con su deseo, y eso todavía causa bastante incomodidad social cuando el personaje es mujer y además es madre. Sentís que seguimos siendo más duros con el deseo femenino?
N. O.: A nivel social, somos incluso las mujeres más duras con nosotras mismas. Pero creo que las nuevas generaciones tienen eso mucho más aceptado desde lo vincular. Además, es muy personal, mi vivencia no tiene por qué servirle o ser idéntica a otra. Pero sí puedo conectar con la historia de otra persona, en este caso, en el cine, que me puede hacer pensar o repensar, y no sentir que es algo que me pasa solo a mí. O que también hay una posibilidad, abrir una puerta. Esa reflexión me parece valedera. Es una película para ir a ver con amigas… No sé si en pareja. O por ahí también, pero seguro que a alguna amiga le está pasando algo así.
Peto Menahem Nada entre los dos
Gustavo "Peto" Menahem interpreta a Catriel, marido de Natalia Oreiro, en Nada entre los dos
Fue tu primer trabajo con Gael García Bernal, ¿qué encontraste en la dinámica entre ustedes que hizo funcionar tan bien a la pareja?
N. O.: Sí, con Gael fue lo primero que concretamos, pero después yo fui a filmar una película con él como actor y director en México. Nos llevamos superbién, pero eso no lo sabés hasta que no prendés la cámara. Porque vos podés tener mucha química o conexión con un compañero para abordar un texto, o ponerte de acuerdo en las escenas desde el compañerismo, el respeto, la forma de actuar. Pero a veces no se traduce en la pantalla. Y a veces es al revés. Sé de historias de películas superfamosas en las que los protagonistas detrás de cámaras se mataban, pero en cámara tenían una conexión impresionante. Y han sido históricas esas películas. Entonces decís “¡qué loco!”. Pero con Gael tuvimos química como compañeros y también vos ves la película y decís “¡están conectados!”. Yo creo que actuar es mirar y conectar con la mirada de tu compañero o compañera. Y saber escuchar. Y él es muy bueno en eso. Él tiene una presencia escénica… Puede que no esté tan conectado, parece que está en millones de cosas, y en el momento en que se prende la cámara está ahí.
Entre los personajes de Mechi y Guillermo hay diálogo, pero tienen mucha más fuerza las miradas, los gestos, el contacto; ¿eso se dio de forma espontánea entre ustedes o fue algo dirigido o guionado?
N. O.: Obviamente, la dirección es fundamental, tenés un guion y tenés mucha charla previa. Pero una vez que se prende la cámara no hay mucha dirección para generar un vínculo. Eso es algo vincular de los dos que están delante de cámara. Sí, obviamente, el director te puede decir “yo me imagino esta escena más así”. Por ejemplo, me pasó en esta peli que Juan quería desde el principio hablar de la escena de sexo. Porque esa escena para él tenía que ser cuidada. Y yo le dije: “No te preocupes por esa escena, va a suceder, va a estar bien”. Además, yo soy una actriz y sé con quién trabajo. Confío en él y confío en que el director también me va a cuidar. Pero sí recuerdo que Juan estaba desde el principio queriendo hablar de esa escena. Y yo le digo: “Hablemos de otras escenas que para mí son más difíciles de abordar, porque con esta de verdad que no vas a tener ningún problema”. Y así fue. Hicimos dos tomas con un equipo superreducido y todo salió bárbaro. Para mí, la escena de la playa era mucho más difícil de abordar porque era la primera vez que se encontraban Mechi y Guillermo y era medio delirante. Que un tsunami, que la computadora, que la remera, que el coso, que era de noche, que lo que decían. Ahí ella contaba un poco la frustración de su vida. Para Juan, esa era una escena más. Y quizás por un exceso de cuidado de él, estaba más preocupado por la escena de sexo, por la mujer, los límites que se ponen, cómo se va a contar, la tensión, que uno se pone duro. Y nosotros (Gael y Oreiro) le dijimos: “Olvidate, va a estar todo bien”.