En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Hay películas que no se explican: se atraviesan. Un futuro brillante, el nuevo largometraje de la cineasta uruguaya Lucía Garibaldi, es una de ellas. Antes de su estreno nacional en el Festival Internacional de Cine de José Ignacio (JIIFF) —recibido con una ovación larga y sentida—, la directora le pidió al público que se dejara llevar “como cuando entran al mar y vienen olas grandes que los chupan”. La imagen no es casual: la película avanza así, por corrientes, por intuiciones, por zonas de extrañeza que no buscan respuestas cerradas sino experiencia. Y también así se piensa el cine para Garibaldi y para Sofía Gala, actriz clave del filme: como un diálogo vivo entre quien filma y quien mira, nunca como una explicación didáctica de lo que hay que sentir.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Ambientada en un mundo tan distópico como real, Un futuro brillante sigue a Elisa (la uruguaya Martina Passeggi), la última joven de una comunidad envejecida, que resulta seleccionada para viajar al Norte. Allí se encuentra una tierra prometida donde, según la versión oficial, “se reescribe la historia sin errores”. Mientras su madre trabaja sin descanso para ganar una subasta que le permita reunirse con sus hijas en esta tierra prometida, llega a su vecindario un nuevo personaje. Se trata de Leonor (Gala), una vecina enigmática que despierta en Elisa una sospecha decisiva: su juventud es un bien codiciado, un recurso a administrar. A partir de allí, la película se vuelve una pregunta insistente sobre el deseo, la obediencia, la productividad y la posibilidad —o no— de rebelarse para no volverse mercancía.
Garibaldi, una de las cineastas uruguayas más reconocidas de su generación desde Los tiburones (2019), confesó que estrenar en Uruguay es “de los momentos más esperados y más temidos”. “Es horrible”, dijo, bajando la cabeza, antes de la función en José Ignacio. No es pudor: es la conciencia de que el cine, para ella, no termina en la sala, sino en la cabeza de cada espectador cuando se va a dormir. En esa fragilidad también se gestó el vínculo creativo con Gala, a quien llegó con un pitch errático y lleno de dudas. “Las dudas son la única certeza que tengo”, respondió la actriz, que encontró en Un futuro brillante una de esas raras propuestas que todavía apuestan a un cine que incomoda, que no explica todo, que confía en la inteligencia y en la sensibilidad del espectador.
En entrevista con Galería, Garibaldi y Gala conversaron sobre la juventud como territorio político, el miedo a las certezas absolutas, el cine como coreografía colectiva, la importancia de lo pequeño para contar historias grandes y la urgencia de un arte que no sea complaciente. Hablaron de rebelión pero sin pose; de autenticidad pero sin consignas; de un cine que no dicta, sino que invita. Como la película misma: una ola que arrastra, sacude y, al final, devuelve a la orilla a un espectador un poco distinto del que entró.
Lucía, antes de la proyección de Un futuro brillante en JIIFF dijiste que estrenar en Uruguay es de tus momentos más esperados y más temidos también. Dijiste “es horrible”, y bajaste la cabeza. ¿Por qué ese temor?
Lucía Garibaldi —Y bueno, nadie es profeta en su tierra… El estreno fue muy lejano (se estrenó por primera vez en el Festival de Tribeca, en Nueva York, en junio pasado), y de a poco nos fuimos acercando a Sudamérica. Empezás a hablar con las personas en los mismos códigos, las interpretaciones son distintas, muchísimo más profundas para cualquier lado. Y es un temor también porque cuando hago la película en lo único que pienso es en qué va a pensar el público. Y cuando pienso en el público pienso en el que habla el mismo idioma que yo. No estoy pensando en qué van a pensar los rusos de esta película. El vínculo entre el director y el espectador es complejo, es como absolutamente dramático porque, por un lado, estás tratando de no pensar, y hacer y conectar contigo; pero, por otro, es un diálogo. El cine es un diálogo que termina en la casa del espectador. Yo lo empiezo, pero la película termina contigo, de noche, cuando te vas a dormir. Es muy temido, claro.
También dijiste que cuando fuiste a buscar a Sofía Gala y le contaste sobre la película fuiste un poco errática, te pusiste nerviosa y “pitcheaste ” mal.
L.G. —Siempre pitcheo mal.
Lucia Garibaldi y Sofia Gala 2
Mauricio Rodríguez
Pero dijiste que lo hiciste desde un lugar de absoluta honestidad también. ¿Creés que esa fragilidad inicial marcó el vínculo creativo entre las dos?
L.G. —Creo que sí, porque creo que tanto Sofía como yo les damos mucho espacio a la duda y a la conversación, no le tememos a dudar.
Sofía Gala —No, al contrario.
L.G. —Nos gusta.
S.G. —Sí, sí, a mí me dan mucho miedo las certezas totales.
L.G. —A mí también, las personas muy seguras son terroríficas. ¿Cómo podés andar con esas personas en la vida? Y creo que es beneficioso para el arte también la duda.
Sofía, ¿cómo recibiste la idea y la actitud tan humana de Lucía de presentarte el proyecto de la película entre tantas dudas?
S.G. —Me pareció buenísimo que no supiera cómo explicármela en un primer momento. Me llamó la atención y me gustó. Después, leyendo el guion y entrando en el universo de la película, me dieron muchas ganas de hacerla porque yo persigo lo curioso, lo nuevo, lo que siento experimental o arriesgado. Esas son las cosas que a mí me entusiasma hacer. El guion me volvió loca. Me pareció muy interesante y me dieron muchas ganas de hacerlo.
Sofía, dijiste que es cada vez más difícil encontrarse con este tipo de propuestas verdaderamente arriesgadas en el cine. ¿Qué fue lo que te hizo sentir que Un futuro brillante sí era una apuesta arriesgada?
S.G. —Está visto en la forma de contar, el guion, la perspectiva. Es un universo distópico, pero no es una distopía de ciencia ficción con unos elementos supergigantes. Es algo más chico, que tiene que ver con lo cotidiano, con una realidad conocida. También podría ser un futuro, también una metáfora del ahora mismo. Y eso me pareció muy interesante. Además, hay un universo femenino, habla de vínculos entre mujeres. Porque más allá de todo lo que está pasando en el mundo, las que juegan, mueven los hilos y se transforman son las mujeres. Las que se rebelan también. Siento que la película es un experimento, y así fue mientras la hicimos. Conversamos un montón, todos aportábamos nuestras ideas sobre cómo era este universo, porque lo estábamos creando. Desde la gente de arte, los que actuamos… Porque de eso también se trata el cine. Lo hermoso es lo colectivo del asunto, cómo uno llega con una idea, pero después todos le van poniendo una cuota de su visión.
Sofia Gala en Un futuro brillante
Sofía Gala interpreta a Leonor en Un futuro brillante.
Lucía, has dicho que “la película pone en escena un mundo que no es estrictamente distópico sino apenas desplazado”, ¿qué significa esto?
L.G. —Que no es tan distinto. Es una realidad que parece verdad…
S.G. —Siento que trabajar con pocos recursos te vuelve más creativo, pero también es una nueva manera de contar. Hoy todo se cuenta con efectos superespeciales, vas a ver películas y no sabés ni lo que estás viendo. Y está buenísimo poder hacer cosas chicas contando historias grandes, que no necesiten un presupuesto supergigante.
L.G. —Tratábamos de pensar todo desde otro lado, los personajes actuaban de una manera particular, auténtica. En la narración también buscamos el detalle y la manera propia de cada uno de enamorarse, de caerse, de mirarse. Cómo sería ese beso, dónde estaría puesto el deseo. Estamos cansados de ver lo mismo siempre, porque aparte es mentira, no deseamos todos de la misma forma.
S.G. —Las historias no son todas iguales, el amor no se representa de la misma manera.
La manera en la que se cuenta la historia tiene aspectos lúdicos y coreográficos. ¿Fue algo premeditado o surgió durante el rodaje?
L.G. —Cuando yo hablé con Arauco (Hernández Holz), el director de fotografía, lo primero que me preguntó de la película no fue sobre los lentes ni nada técnico, sino cuál era la banda sonora. Él es medio bailarín, hace aikido, y teníamos una protagonista que es bailarina también (Passeggi). Y yo entiendo al cine como una coreografía general, porque entra el movimiento del actor, del foco, de la cámara, de los otros, el diálogo. Y ahí también entra la música, la luz. Entiendo a la película como una gran coreografía.
El filme cuenta la historia de la última mujer joven rebelde, ¿se sienten un poco así, como directora y actriz?
L.G. —Fui con Sofía porque yo la percibo bastante así. En mi imaginario, es una punk. Me arrimé a ella por eso.
S.G. —Es difícil autoproclamarse rebelde. En mi caso, es como un estado natural. Ser como soy siempre me trajo choques y conflictos con los demás. Por decir lo que pienso, por hacer lo que quiero. Siento que la palabra rebelde, si uno la usa para definirse a sí mismo, pareciera que es algo que está articulando. Y, en realidad, yo soy así, soy como soy. La gente distinta siempre lleva ese mote de rebelde porque llama la atención, porque no sigue las normas. En mi caso, no es una imposición de “bueno, voy a ser así” o “no voy a ser así”. No puedo ser de otra forma.
Sofia Gala y Martina Passeggi en Un futuro brillante
Sofía Gala junto a la uruguaya Martina Passeggi, protagonista de Un futuro brillante, en una de las escenas de la película.
Lucía, ¿sentís que sos un poco rebelde en tu forma de contar historias?
L.G. —Lo que siento es que trato de ser quien soy y no otra cosa. Considero que el arte tiene que ser auténtico. Estamos llenos de películas iguales, es aburrido. Necesitamos películas distintas porque todas las personas somos distintas. Si una logra conectar con su mirada y ponerla en la película, esa película va a ser distinta, y el mundo la va a necesitar. Porque el mundo necesita la diversidad, si no, es agotador. A mí me agota.
S.G. —Ver algo que sea sincero, que esté desnudo, que sea vulnerable… Siento que estamos en una época superplástica en lo emocional, una época de estandarizar todo. Todos los streams vienen con una especie de cuaderno de cómo filmar, cómo contar. Todo tiene voz en off, te narran todo como si fueras un pelotudo que no puede pensar. Entonces, es muy importante ser auténtico y querer contar una historia sin pensar en si te van a entender o si van a cambiar de película a los tres minutos.
L.G. —Es como lo que decía Matt Damon, que fue reviral, de que ahora Netflix te pide que cada tanto repitas la trama de la película para que la gente no se olvide. Para mí, cuando explican la película una y otra vez me parece horrible.
S.G. —Es una mierda. Yo no voy a ver una película para que el director me diga ni lo que está haciendo, ni lo que tengo que pensar, ni lo que tengo que sentir. Si el director me tiene que explicar una película, me voy del cine. Si esa película no está mostrada con lenguaje cinematográfico o desde un lugar donde se me dé a mí el rol de completarla y entender lo que se me cante, no me interesa. Cuando veo la película, no me importa qué le pasó a Lucía y por qué la escribió. Si me importa es porque es mi amiga, porque nos conocemos. Pero, como espectadora, tengo mi propio punto de vista; y si me están explicando la película, lo que quisieron decir con cada cosa, llega un punto en el que me aburre. Es una paja intelectual del que lo está haciendo y es una imposición casi dictatorial en la que yo tengo que entender lo que el director me quiso decir. Para mí, lo interesante, que creo que se perdió, es lo que se llama “lenguaje del cine”, que por algo existe. El lenguaje no es una dictadura, es una conversación.
L.G. —Es esa idea de que una película son mil películas; son las que el espectador ve e interpreta.
Tras su experiencia con la proyección de la película en Nueva York, en Chile, e incluso en José Ignacio, ¿sintieron que el público estaba preparado para narrativas distintas?
L.G. —Creo que sí. En todos los lugares donde la estuve mostrando se generó un diálogo, un ida y vuelta reinteresante.
S. G. —Siento que la gente se “despreparó”. Porque no somos tontos, toda la vida hubo películas increíbles de las que hablamos, rarísimas, extrañas, poco convencionales. Esas fueron las películas que hicieron que el cine crezca, cada una en su época, y fueron moviendo las estructuras. Siento que ahora sí estamos todos con muchas ganas de ser idiotas, de pensar lo menos posible, de que todo nos impacte lo menos posible, de que nos expliquen todo, de sentir lo menos posible. Hay poco deseo de que algo nos movilice también. En un universo en el que está todo el mundo siendo soldado de un sistema, es muy difícil entrarle a algo que te abra la cabeza. Porque estamos educados para que no nos la abran, entonces es raro pensar cuál sería el recibimiento correcto de los demás, o el esperado. Lo esperado es que a la gente le parezca una locura, o que la pueda llegar a rechazar, pero que le pasen cosas. Para mí, lo más importante es que te movilice, incluso si te da bronca, incluso si te vas. Porque te mueve la matrix por lo menos, te pasó algo, aunque sea malo.