Plantado frente al mar como encallado en el tiempo, el Argentino Hotel sigue mirando la rambla de Piriápolis con la solemnidad de alguien que vio pasar todas las épocas y todas las tendencias, sin mover un músculo de la cara.
Entre hoteles que no terminan de envejecer, este clásico balneario se actualiza con café de especialidad, la renovación del espacio público y una forma más consciente de cohabitar la naturaleza
Plantado frente al mar como encallado en el tiempo, el Argentino Hotel sigue mirando la rambla de Piriápolis con la solemnidad de alguien que vio pasar todas las épocas y todas las tendencias, sin mover un músculo de la cara.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDemasiado descuidado para perdurar tanto —afortunadamente su fachada está en un demorado proceso de refacción—, demasiado cargado de historia para dejar de existir. A sus pies, la ciudad que Francisco Piria soñó como un visionario esotérico.
Antes de que Punta del Este fuera lo que es, Piriápolis ya se estaba construyendo. Pensado como un balneario pequeño pero completo, con la belleza de los cerros, la energía del mar, la rambla, el puerto, la gastronomía de costa y la propuesta hotelera. Todo eso se alcanzó, y hoy despliega un atractivo que no termina de volverse vintage, pero tampoco se sube a la ola de lo cool.
Sin perder su identidad de balneario fundacional y familiar, busca ponerse a tiro con las tendencias actuales. No solo porque aparecieron los cafés de especialidad, sino porque se fue instalando una nueva conciencia, otra forma de (co)habitar la naturaleza que hace mirar distinto al cerro San Antonio. Siempre estuvo ahí, pero ahora su tan incorporada imponencia vuelve a sacarle el aliento a quien se anime a saltar 30 metros en caída libre desde su falda.
Con todo esto, el balneario de Piria está desplegando su encanto para que una escapada a Maldonado no sea solamente un paseo estacional.
Hace años que Piriápolis está redefiniendo su espacio público para que la ciudad funcione mejor, no solo para veraneantes, sino para quienes la habitan o visitan todo el año.
La última gran intervención urbana había sido la rambla, en 2017, hasta que en 2025 se construyó la bajada accesible de la playa La Rinconada: pasarelas de madera renovadas, sillas anfibias y barandas que dan a las personas con movilidad reducida la autonomía de entrar al agua.
El balneario también reinvirtió en el parque La Cascada; un espacio verde que había perdido el brillo con los años. La inversión fue millonaria (3,5 millones de dólares) para volver a convertirlo en un lugar de encuentro de las familias, con zona de parrilleros, áreas de descanso y juegos.
El crecimiento, aunque lento, es real, y se reparte entre lo residencial y turístico. A finales de 2025 la Junta Departamental dio el visto bueno a un proyecto que permite la construcción de unos 130 apartamentos sobre la rambla, en un predio hoy ocupado por un estacionamiento, a unos metros de la inconfundible rotonda.
No hay por qué agotar opciones en La Goleta, La Pasiva o el remodelado Puertito Don Anselmo. Si bien los clásicos nunca mueren, Piriápolis está abriendo su abanico de opciones gastronómicas. Y Forajida Café es una de las señales de que algo se está moviendo distinto.
Su Espresso Bar, sobre la calle Sanabria, no solo es un café de especialidad —que no había— sino que, desde la consistencia del tueste lote a lote hasta la preocupación por el origen y trazabilidad del grano, el equipo de Forajida se muestra preocupado por el entorno y los procesos.
Minimizar la huella de carbono, educar a través del café con diferentes prácticas sustentables como la utilización de bolsas, vasos y tapas compostables, y un sistema de beneficios en bebidas calientes si el cliente colabora con plásticos para su programa de reciclaje.
Además, escondida en el monte nativo del cerro Pan de Azúcar se encuentra la central de Forajida: un espacio multifuncional construido en barro y madera donde se realizan el tueste, el envasado, la selección de café, las catas y los eventos sociales.
En el local sirven una variedad de dulces y salados (lo más pedido es la carrot cake), bebidas calientes y frías, y café en todos sus formatos.
Pero el mundo de la cafetería no fue la única incursión reciente en Piriápolis. Del puerto hacia la playa San Francisco, la zona vibra al ritmo de algún que otro resto pub y boliche nocturno. Uno de ellos cambió de dueño y hace menos de un mes que reabrió sus puertas y dejó la noche por el día.
Da Haus todavía se está armando, pero, con vista al mar, ya está instalado para los clientes que se arrimen a desayunar antes de la playa, tomarse un trago después o almorzar en el entretiempo que esquiva al sol.
La idea es quedarse mucho tiempo. Así lo cuentan sus impulsores Nicolás Martegani y Guillermo Cánepa, una dupla que trae influencias de viajes y experiencias desde Estados Unidos y Australia, como la cultura de la cafetería de especialidad —ahora trabajan junto a The Lab con un blend exclusivo para Da Haus—, el diseño relajado y la convivencia entre comida y paisaje.
Con aires de casa y refugio costero, entre la madera, las hojas de palma y las entradas de luz natural, la propuesta gastronómica dialoga con la playa: la cocina funciona de 12 a 16 horas, con un fuerte foco en sushi y pastas caseras (de Vibra Raíz, la fábrica de pastas que ya tenía Guillermo), mientras que la cafetería acompaña la mañana y la tarde. Por la noche el espacio se transforma en un punto de encuentro para el aperitivo y la cena, de 20 a 0 horas, y el menú considera opciones libre de gluten y lactosa.
El lugar supo ser un hostel y todavía conserva algo de ese espíritu de tránsito, ahora reconvertido en un punto de anclaje para quienes eligen estas playas.
El vínculo de Piriápolis con la naturaleza también empieza a correrse hacia el movimiento, y no es una referencia al trekking por el cerro del Toro, mucho menos a los carritos que se alquilan para recorrer la rambla. Junto a la tienda de alquiler de kayaks y motos de agua en La Rinconada, una pequeña escuela de vela está sembrando su primera generación de velistas de Optimist, que, por unas horas, durante el verano, dejaron de leer una pantalla para aprender a leer el viento.
La escuelita, coordinada por Julia Arrillaga, funciona en doble turno, de 9 a 11 y de 11 a 13 horas, y recibe a niños y niñas de hasta 15 años. Lo que sorprende no es solo la rapidez con la que se lanzan al agua solos —en la tercera clase ya estaban navegando por primera vez—, sino el nivel de autonomía que desarrollan: arman sus propios barcos, aprenden nudos, entienden cómo funciona cada parte y se hacen responsables del cuidado del equipo. El Optimist, cuenta Julia, es una puerta de entrada al deporte (vela), pero también una forma de relacionarse con el entorno. Más activa, más lúdica y educativa.
A pesar de que el objetivo es que los chicos participen en alguna competencia, uno de los aprendizajes centrales no tiene nada que ver con la velocidad. Tumbar el barco, es decir, hacerlo escora (inclinarlo intencionadamente, muchas veces para reducir la vela y aprovechar el viento, pero en contexto de escuelita significa provocar un volcamiento para que, ante un accidente real, aprender cómo reacomodarlo), enseña a no darse por vencido. “El mar como un maestro paciente, no complaciente”, dice Julia.
Las clases se dictan miércoles, jueves y sábados, con opciones por clase, por semana o por mes, adaptándose a las dinámicas familiares y al ritmo de la temporada.
Si el mar y el viento enseñan a caerse y levantarse estando en el agua, la gravedad enseña la importancia de pisar un suelo firme. La sensación de liberarse en un salto al vacío encontró su lugar en el mapa de Piriápolis con BungeeUy, la primera empresa uruguaya dedicada a ofrecer experiencias de bungee jumping.
La postal era impensada hace algunos años para el balneario: lanzarse en caída libre desde el San Antonio sostenido por cuerdas de látex, con el paisaje abierto como escenario y una descarga de adrenalina inmediata.
La experiencia combina vértigo y control —el cuerpo suspendido da el impulso para que la elasticidad del sistema de seguridad absorba la energía y devuelva el movimiento— y tiene un valor de 3.800 pesos, pensada tanto para quienes buscan su primera experiencia extrema como para quienes ya transitan el mundo de los deportes de aventura.
Con el respaldo de instituciones como la Agencia Nacional de Desarrollo, el Ministerio de Turismo y la Intendencia de Maldonado, los protocolos responden a estándares internacionales y contemplan inspecciones constantes de plataforma y equipos, operadores altamente capacitados y un sistema de cuerdas con doble respaldo, incluida una cinta tubular con resistencia de hasta dos toneladas.
Detrás del proyecto están Sebastián Paguas y Lucía Toyos, fundadores y “jefes de saltos”; dos profesionales certificados y apasionados por los deportes de aventura, que se inspiraron en su experiencia personal de bungee jumping en Nueva Zelanda, con la primera empresa que comercializó la actividad en el mundo. Postularon a un llamado para Validación de Ideas Turísticas de Negocio para Piriápolis que realizó la Agencia Nacional de Desarrollo en 2018, y allí comenzó el proceso de concreción del proyecto, que les llevó seis años.
La actividad está permitida para personas entre 14 y 55 años, entre los 40 y 110 kilos, en buen estado físico y mental, que no pertenezcan al grupo de riesgo (hipertensión arterial, problemas cardíacos, problemas articulares, óseos, musculares o de espalda, posoperados, embarazadas, con disfunciones neurológicas, epilepsia, problemas de retina) y que no estén bajo el efecto de las drogas.
Esta abierto todos los días del año, por reserva previa de 10 a 17 h. Reservas en www.bungeeuy.com. WhatsApp: 098 128121
Los cerros, el monte nativo y la playa invitan al contacto con lo vivo a través de espacios como la Reserva de Fauna Autóctona del Cerro Pan de Azúcar, que propone no solo observar animales, sino entender las complejidades de su hábitat.
En los últimos años, la reserva impulsó mejoras significativas en los recintos de aves y mamíferos, con nuevas zonas de sombra, reduciendo el estrés térmico y aportando enriquecimiento ambiental.
Se inauguró un nuevo pórtico y los senderos interpretativos para visitantes, con pasarelas y cartelería, facilitando el recorrido y enfocándose en la educación ambiental.
Los servicios del parque son todos gratuitos, aunque el ascenso del cerro puede tener restricciones de capacidad y horarios. La reserva abre al público en verano de 8 a 19 horas, y está cerrada los martes por mantenimiento.
Conviviendo con ese espíritu de observación y respeto por la vida del entorno, hace más de una década que Alternatus Herpetocultura, un proyecto dedicado al estudio, cuidado y divulgación de especies autóctonas de reptiles y anfibios, desarrolla su trabajo en La Cascada.
No es nuevo, pero inauguró esta nueva sede durante el proceso de remodelación integral de ese parque. El proyecto implicó la construcción de un edificio moderno para albergar el reptilario, nuevos terrarios, laboratorio de extracción de veneno y una sala de incubación para observar cómo nacen los animales.
El centro cuenta con alrededor de 200 ejemplares, de los cuales la gran mayoría de especies no son nativas, dato que da pie a la reflexión sobre la tenencia responsable y los circuitos legales de conservación. Alternatus funciona como criadero de reptiles habilitado para la comercialización de animales de compañía.
Más que un lugar para ver animales, Alternatus propone una convivencia responsable con la fauna local, acercando al público al conocimiento directo de animales con muy mala prensa. El equipo realiza rescates de serpientes venenosas, brindados de forma gratuita y voluntaria dentro y fuera de Piriápolis, y también ofrece orientación y asesoramiento sin costo cuando aparecen reptiles o arácnidos en entornos domésticos.
Muy a pesar de sus esfuerzos en charlas, talleres, cursos, capacitaciones y congresos, no siempre la respuesta de la gente está a la altura de ese trabajo paciente y pedagógico: sucede que alguien pide ayuda por una supuesta serpiente venenosa, pero que no representa ningún peligro, y mientras se intenta explicar cómo proceder, la devolución llega en forma de una foto con la serpiente ya destrozada.
Es cierto, quizá no sean tan simpáticas como Francisca, la vedette de esta temporada, pero merecen una oportunidad de ser miradas con respeto, apreciación y sin miedo.
En octubre de 2025 nació en la playa de Piriápolis una cría de elefante marino del sur, un evento sin precedentes en las costas uruguayas, bautizada como Francisca. Enseguida capturó la atención de locales y visitantes, que se acercaban para observar cómo descansaba junto a su madre bajo el monitoreo de SOS Rescate Fauna Marina y autoridades locales.
A primera vista parecía que la elefanta era símbolo de convivencia respetuosa y de la importancia de generarle el espacio a la naturaleza. La cría movilizó conversaciones sobre protección, educación ambiental, el papel de los balnearios, y fue una lección a cielo abierto.
Hace unas semanas, finalmente, se adentró en el mar. Que lo lograra también dejó visible el valor del trabajo de equipos como el de Richard, que voluntariamente monitorearon su evolución, desalentaron el contacto humano y sostuvieron una comunicación constante con la comunidad.
En su sede en Punta Colorada, actualmente hay alrededor de 40 animales en recuperación entre los cuales se encuentran 16 crías de lobo marino, que por un ticket de 400 pesos se pueden conocer.
Pero no hay que romantizar la presencia de estos cachorros. Que aparezcan elefantes marinos a parir en nuestras costas o un número tan alto de lobitos huérfanos es un reflejo de un problema ambiental mayor, como el aumento de gripe aviar o el desplazamiento de especies ante la ocupación humana de su hábitat original.
Francisca enseñó (más bien, confirmó) que el territorio no nos pertenece. Piriápolis viene actualizando su infraestructura, diversificando su oferta y recuperando espacios públicos, pero el intento por construir un vínculo cada vez más consciente con la naturaleza lo distinguió especialmente esta temporada.
La apropiación del espacio ya no se limita al paseo y la contemplación, sino a formar parte de un hábitat compartido con otras especies.
La naturaleza no está alrededor, sino debajo de los pies, en el plato, en el grano de café, y hasta contenida en un suspiro producto del viento o un grito instintivo al saltar del borde de un cerro.