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Reinventar el lugar que nos da la edad

Ser mayor no tiene que ser sinónimo de feo o malo. Modificar eso es una forma más saludable, física y mentalmente, de honrar la vida

Editora Jefa de Galería

Hace unas semanas, sentadas en un bar con unas amigas después de un recital, saltó Madonna a la conversación, artista que todas admiramos desde hace muchos años, como buenas hijas de la década del 90. Para algunas, su nuevo disco, Confessions II, es una obra maestra y en medio de los halagos y alabanzas hacia la estrella y su inconmensurable talento osé criticar su apariencia, en particular su aparición en el show del entretiempo del Mundial 2026. Dije que Madonna me había desilusionado. Que su imagen transgresora, de mujer fuerte capaz de enfrentar cualquier prejuicio no pudo contra uno de los más duros contra las mujeres: el edadismo. Opiné que sucumbió al mandato del estereotipo de la juventud impuesto por la sociedad. De ella hubiera esperado otra cosa. Siendo Madonna, la artista más poderosa e influyente del planeta, que puede ser quien quiera ser, eligió tener la misma imagen que Taylor Swift o Sabrina Carpenter en sus 30 o menos. A mí, como mujer de 51 y admiradora suya, me gustaría ver a Madonna a sus 68, irradiando belleza, sensualidad, rebeldía sin tener que aparentar 40 años menos.

Pues me acusaron que la edadista era yo por no permitir que se expresase como ella quisiera y esperar que se vista “como una vieja de 68”. Jamás me imaginé a Madonna vestida de esa manera (todos sabemos a qué nos referimos). ¿Por qué tendría que lucir así? Después entendí que parece que esa es la única imagen que tenemos de una persona de 68. Pues considero que Madonna tiene el talento, la creatividad y la potencia suficiente para crear la nueva imagen de la mujer de esa edad y no caer en la trampa de tener que parecer más joven para sentirse que sigue vigente.

El edadismo está tan fuertemente arraigado en la sociedad que resulta muy difícil y doloroso aceptar el paso del tiempo, dejarnos ver como la vida y la experiencia acumulada nos fueron tallando. La industria cosmética y la farmacéutica se aprovecharon de esa realidad y fueron reforzándola con mensajes bien directos y soluciones momentáneas, muchas invasivas y algunas hasta peligrosas. Todo por modificar nuestra apariencia y en ese proceso ir perdiendo identidad. Desactivar esa maquinaria parece una misión imposible, pero es un proceso de deconstrucción, tal vez un poco parecido al que venimos enfrentando con la igualdad de género.

Madonna tiene el talento, la creatividad y la potencia suficiente para crear la nueva imagen de la mujer de esa edad y no caer en la trampa de tener que parecer más joven para sentirse que sigue vigente

Pero el edadismo no atañe solo a la mujer y a la apariencia. Es un fenómeno que refiere a toda discriminación por la edad. Días atrás me crucé en las redes con una publicación en la que Joan Manuel Serrat hace un llamado a la reflexión sobre esto. Con la humildad que lo caracteriza se presenta y dice que tiene 82. Claro, el público de las redes no tiene por qué conocerlo. “Me gusta la vida, me gusta estar vivo y sentirme útil, por eso me rebelo contra un mundo donde se identifica a los viejos con la falta de capacidad, de talento, de preparación. Los viejos resultan incómodos para una sociedad que potencia el gasto y busca beneficios fáciles y rápidos, en tanto que a los viejos los tienen marginados porque consumen menos, porque tienen menos necesidades. A los viejos se los abandona en la soledad porque la soledad, dicen, es algo inherente a la vejez y han de acostumbrarse a ella. Pero una sociedad sin solidaridad entre las generaciones es una sociedad empobrecida. Prescindir de los viejos no solo es un acto criminal e imbécil, es como quemar los libros, es destruir la memoria. (...) Los viejos somos un colectivo que aún tiene mucho que aportar. Que no nos hagan invisibles, que escuchen y respeten nuestras preferencias, que empaticen con nuestros problemas y con nuestras dificultades. Que nos tengan en cuenta en sus decisiones. Hacer otra cosa sería tirar piedras al tejado propio”.

Con estas palabras me acordé de la nota que escribió María Inés Fiordelmondo recientemente titulada “Edadismo, una forma de discriminación a la que todos estaremos expuestos”, que comienza con una verdad contundente: “De momento, la única opción que existe para no envejecer es morir”. Y sigue, “todos queremos vivir muchos años. Nadie quiere que se note. Basta con detenerse a pensarlo unos segundos para notar lo tramposo de este laberinto sin salida: la batalla contra el envejecimiento es de las pocas que se arrancan sabiendo que nunca se ganarán”.

Es hora ya de recapacitar y darnos un nuevo lugar, con su respectivo brillo y belleza, a medida que vamos ganando edad. Porque ser mayor no tiene que ser sinónimo de feo o malo. Modificar eso es una forma más saludable, física y mentalmente, de honrar la vida.