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Generalista versus especialista, cómo será el trabajo en la era de la IA

En su libro Patrones, el ingeniero y líder en tecnología Juan José Behrend destaca el valor de las personas que pueden trabajar en distintas áreas frente al avance de la inteligencia artificial. También analiza cómo cambiarán el trabajo y la educación

Juan José Behrend pasó por empresas como IBM, Farmashop, PedidosYa, dLocal y Pomelo y también es docente universitario. Su trayectoria fue cambiando de industria y de especialidad hasta llevarlo a cofundar la paytech Akua y a convertir esa experiencia en un libro, Patrones. El generalista profundo en la era de la inteligencia artificial. Para él la ventaja ya no está necesariamente en saber muchísimo de una sola cosa, sino en entender distintas áreas y, sobre todo, en saber conectarlas.

La inteligencia artificial (IA) está cambiando qué significa saber. “Hoy vale más saber conectar diez cosas”, sostiene a Galería. Frente a una tecnología capaz de manejar enormes cantidades de información, la ventaja está en entender distintas áreas y relacionarlas. "El especialista puede conocer muchísimo una parte. El generalista puede entender cómo se mueve el sistema completo".

Juan José Behrend.

Juan José Behrend.

En Patrones plantea el valor de las personas generalistas y de quienes pueden conectar conocimientos de distintas áreas. Su propia trayectoria parece ser un buen ejemplo de eso. Pasó por IBM, Farmashop, PedidosYa, dLocal, Pomelo. ¿Cuándo descubrió que había un hilo conductor?

El hilo conductor medio que uno se lo va haciendo en la cabeza. En cada trabajo aprendí un montón y pude extraer patrones para llevarlos al siguiente. No había planeado mi carrera de esa manera. En Farmashop, por ejemplo, era jefe de tecnología y tuve que implementar el sistema logístico. Soy ingeniero en telecomunicaciones y nunca había estudiado logística. Empecé a aprender sobre patrones logísticos y llevé conceptos de informática, como la gestión de colas, a la logística. Después terminé dando clases de ingeniería y logística en la Utec (Universidad Tecnológica). Ahí empecé a entender que podía aprender algo en un lugar y llevarlo a otro completamente distinto.

¿Sus cambios de trabajo fueron una estrategia?

Yo busco todo el tiempo estar aprendiendo. Cuando siento que ya no estoy aprendiendo, que llegué a un techo y que entendí el 80 o 90 por ciento de una industria, puedo quedarme en mi zona de confort porque ya manejo todo. Pero cuando llego a ese punto tengo que salir.

¿Se obliga a hacerlo?

Sí. Porque ya no tengo lugar para expandirme, para aprender más o para conectar cosas nuevas. Entonces siento que estoy perdiendo tiempo.

¿Por eso defiende tanto al generalista?

Sí. Yo fui especialista en seguridad informática y entendí que eso no era para mí. Me encanta haberlo aprendido, pero después quise ser lo más generalista posible.

Hace unos años hice un posgrado en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) sobre big data y machine learning. Ya se veía venir lo que estaba pasando con la IA generativa. En ese curso vi personas que habían pasado por economía, ingeniería y negocios y habían ocupado distintos roles. Eran las que mejor podían establecer relaciones y encontrar patrones.

Ahí empezó todo. Primero escribí un artículo sobre el arte de ser generalista y después ese artículo fue creciendo hasta convertirse en el libro.

¿Qué es más importante hoy, saber muchísimo de una cosa o saber conectar diez cosas?

Hoy, saber conectar diez cosas. No hay forma de que un humano sepa más que una IA sobre una determinada cantidad de conocimiento. Salvo que estés trabajando sobre algo nuevo, que todavía no exista como conocimiento en el mundo. Entonces lo que más vale es poder conectar. Entender que movés una determinada pieza tecnológica y preguntarte cómo afecta a una persona, a una empresa, a las finanzas o a una regulación. Eso es entender el todo. El especialista puede conocer muchísimo una parte. El generalista puede entender cómo se mueve el sistema completo.

¿Eso también cambia la forma en que pensamos las carreras universitarias?

Sí. Creo que hay carreras que ya no van a tener mucho sentido y otras que van a ser todavía más importantes. Por ejemplo, para mí el ingeniero de sistemas está en el mejor momento. Lo que ya no tiene tanto sentido es formar programadores solamente para programar. La actividad de programación como la conocemos va a desaparecer. No al ciento por ciento todavía, porque existe mucho código heredado, regulaciones y sistemas viejos. Pero creo que a la industria le puede llevar entre tres y cinco años llegar a un escenario completamente distinto.

¿Qué le diría a un joven que acaba de terminar una carrera de programación y busca su primer trabajo?

Que intente conseguir trabajo lo más rápido posible. No me importa cuánto le paguen al principio. Si quiere trabajar en tecnología, que entre donde sea. Y que haga algo parecido al job hopping (cambiar de trabajo cada uno o dos años) pero más agresivo. Yo estaba dos años en cada empresa. Esto sería cambiar cada seis meses. Pueden ser pasantías o trabajos donde incluso al principio no ganes mucho.

Lo importante es acumular experiencia. La inteligencia artificial todavía no tiene contexto humano. No entiende completamente qué pasa en una reunión, las expresiones de la otra persona o todo lo que no se dice. El humano todavía es mejor entendiendo determinados tipos de contexto. Y estamos en un momento en que todo cambia mes a mes.

¿Qué trabajos que hoy parecen poco atractivos pueden ganar valor con la IA?

Los electricistas, por ejemplo. En Estados Unidos hay una demanda enorme porque se están construyendo muchos centros de datos. Pero también creo que eso puede cambiar. Dentro de unos años, un robot podría hacer trabajos que hoy requieren a una persona. Un trabajo como el de un electricista es muy preciso y repetitivo en algunos aspectos, así que tiene sentido pensar que parte de esas tareas puedan ser realizadas por robots.

¿Qué profesiones ve especialmente amenazadas?

Hay carreras que van a morir. Por ejemplo, no tendría sentido aprender traducción como se hacía antes, porque la inteligencia artificial va a poder hacerlo en tiempo real y probablemente mejor.

El periodismo va a seguir siendo necesario. Cada vez se va a generar más contenido y también más contenido basura. Alguien va a tener que separar la paja del trigo.

¿Nos imagina rodeados de robots dentro de cinco años?

Creo que dentro de cinco años la clase social alta va a tener dentro de su casa un robot haciendo tareas comunes.

¿Y qué va a pasar con el trabajo?

Hay dos escenarios posibles. Uno es casi utópico, de abundancia: que en cinco o diez años no existan algunas enfermedades, que las personas puedan vivir y hacer lo que quieran. Pero también hay que preguntarse qué vamos a hacer si el trabajo deja de ocupar una parte tan importante de nuestras vidas.

El otro escenario puede ser mucho más caótico: la inteligencia artificial puede generar más desigualdad, porque menos personas podrían hacerse mucho más ricas y más rápido, mientras habría menos trabajo disponible. Incluso con un salario universal, podría generarse una crisis social, como ocurrió con la Revolución Industrial. Y esta vez puede pasar mucho más rápido.

Como docente universitario, ¿qué es lo que más le preocupa del sistema educativo?

Que se mueve a la velocidad de los ministerios y de los gobiernos. La tecnología cambia todos los meses y los planes educativos muchas veces se cambian una vez por año. Eso es demasiado lento, sobre todo en las carreras vinculadas a tecnología.

También hay que revisar qué enseñamos. ¿Para qué a un contador le enseñás a armar un balance? Enseñale a entender el balance. Hay conocimientos que una inteligencia artificial puede hacer por vos. Lo importante es que entiendas las bases y sepas interpretar lo que la herramienta está haciendo.

¿Eso también vale para los más jóvenes?

Sí. Mis hijas son chicas y van al colegio. Yo veo que la educación no está avanzando al ritmo que debería para el mundo que viene. En la escuela y en el liceo habría que enseñar más cosas que hoy no se enseñan, como leyes, facturación o impuestos. Cada vez vamos a necesitar personas más generalistas.

Si tuviera que diseñar una carrera desde cero pensando en los próximos diez años, ¿cómo sería?

Haría algo parecido a administración de negocios digitales combinado con emprendedurismo. Enseñaría negocios digitales, administración y cómo emprender. Hay poco en el mercado que enseñe todo eso junto.

¿Qué debería buscar hoy una empresa en una persona joven que entra a trabajar en tecnología?

Curiosidad. Muchísima curiosidad. También buenas habilidades blandas. Nunca me gustó el ingeniero que es muy buen programador pero no puede tener una buena conversación humana. Y flexibilidad. Cómo reacciona alguien frente al riesgo, cómo se adapta. A mí me gusta tomar riesgos y espero que las personas que trabajan conmigo también lo hagan. Eso me da velocidad.

¿Por qué Uruguay logró generar tantos perfiles tecnológicos fuertes siendo un país tan pequeño?

La educación es buena. Históricamente fue buena, aunque haya tenido problemas. Las universidades también tienen reconocimiento. Después tenemos una combinación particular. Estamos muy cerca de Argentina, que es un mercado muy competitivo. Mucha de esa cultura de competir llega a Uruguay. También tenemos buen nivel de inglés, lo que permite trabajar para Estados Unidos, y hubo políticas de exportación de servicios de software que ayudaron mucho a la industria.

Ceibal fue otro ejemplo. Y la Utec también, porque llevó carreras de tecnología a lugares donde antes no había universidades con ese tipo de formación. Después están empresas como dLocal y PedidosYa, los unicornios derraman sobre el resto del ecosistema. Muchas de las personas que fundaron nuevas empresas pasaron antes por esas compañías. Haber vivido algo así te abre puertas mentales. Podés aprender cómo lo hicieron y después hacerlo a tu manera.

¿Puede cambiar el lugar que ocupan las personas mayores de 50 años en el mercado laboral camino a la IA?

Creo que pueden ser las mejores. Tienen el contexto de toda una vida y toda una experiencia. Si saben usar bien la inteligencia artificial, pueden sacarle un diferencial enorme a eso.

Hay una hipótesis de abundancia que dice que pueden aparecer muchas pequeñas empresas de dos, tres o cuatro personas. No necesariamente van a ser unicornios. Pero pueden permitir que sus integrantes vivan de ellas y generar empleo de una manera más dinámica.

Si alguien termina de leer Patrones y recuerda una sola idea, ¿cuál le gustaría que fuera?

Que cada persona puede interpretarlo como quiera. A mí me pasa que personas que leen el libro me dicen que durante toda su vida sintieron que estaba mal querer meterse en muchas cosas y que después de leerlo sienten alivio. Como si descubrieran que esa forma de ser también podía tener valor.

Lo que me gustaría es que alguien pueda mirar su propia actividad y encontrar conexiones con otras disciplinas. Un periodista puede mirar cómo trabaja un médico, un contador o alguien de tecnología y preguntarse qué puede llevar de ahí a su propia actividad. Quizás una industria desarrolló un método que puede servir para mejorar un proceso periodístico.

La idea es conectar esas cosas y detectar patrones y a partir de ahí hacer las preguntas correctas a la inteligencia artificial. Para mí, eso es lo más difícil. Saber qué preguntas tenemos que hacerle para obtener lo mejor de ella.

¿Cómo imagina a Uruguay dentro de cinco años con la inteligencia artificial?

No me animo a decirlo. Uruguay es uno de los países que más la está adoptando. Somos un país chico, tenemos mucha gente vinculada a la tecnología y el boca a boca funciona rápido. Pero la velocidad del cambio es tan grande que no sabemos qué va a pasar. Hoy estamos acostumbrados a pensar que la inteligencia artificial se materializa a través de un chat. No tiene por qué ser así. Puede aparecer otro formato.

Al mismo tiempo están avanzando la robótica y la computación cuántica. Si todo eso converge, puede pasar algo completamente distinto de lo que estamos imaginando. Por eso no me animo a predecir qué va a pasar dentro de cinco años.

¿Le preocupa ese escenario?

Sí. Me preocupa la velocidad. Cada seis meses tengo un momento en el que pienso que mañana se acaba el mundo (ríe). Ves cosas que a una persona o a un equipo especializado le pueden llevar meses y la inteligencia artificial las hace en segundos. Después empezás a usarla, seguís probando y te das cuenta de que también se equivoca. Entonces respirás y decís, ’bueno, no se acaba el mundo’ (ríe). ¡Pero seis meses después vuelve a pasar lo mismo!

El día que vea a un agente completamente autónomo y pueda decir que ese agente puede reemplazar a una persona entera, ahí sí voy a preocuparme mucho más. Porque si podés levantar miles de agentes en segundos y reemplazar miles de puestos de trabajo, podés empezar a afectar la economía entera. Hoy todavía no estamos ahí. Hay mucho marketing y mucho ruido alrededor de la inteligencia artificial. Yo sigo teniendo más miedo de las personas que están detrás de las herramientas que de la herramienta en sí. Pero tampoco estamos tan lejos.