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    Alur busca posicionarse como “una plataforma para el desarrollo de la bioeconomía”, según su presidente

    Marcelo Sadres detalló en entrevista con Agro de Búsqueda la actual gestión de la empresa estatal

    Redactor Agro de Búsqueda

    La actual gestión de Alcoholes del Uruguay (Alur) se basa en tres ejes estratégicos: mejorar la eficiencia; el rol económico y social, y la visión de futuro, que posiciona a la empresa como plataforma de desarrollo de la bioeconomía nacional. Además de dos prioridades transversales: poner a las personas en el centro de todas las decisiones e incorporar la sostenibilidad como un criterio permanente de gestión, detalló en entrevista con Agro de Búsqueda el presidente de Alur, Marcelo Sadres.

    El jerarca también informó que una alternativa que se está analizando es “aprovechar” la capacidad instalada de las plantas para “brindar servicios industriales”, con la posibilidad de importar determinados aceites, procesarlos en Uruguay y transformarlos en biodiésel para terceros.

    Además, se analiza la viabilidad de desarrollar aceites trazables y certificados que puedan transformarse en combustibles sostenibles de aviación.

    Y por otra parte, Alur está expectante respecto al avance del proyecto de HIF en Paysandú, ya que podría convertirse en proveedor de dióxido de carbono generado durante la fermentación para producir bioetanol.

    En 2025 Alur facturó US$ 234,4 millones, 61% con el negocio de biocombustibles, 15% con alimento animal, 14% aceite crudo, 5% azúcar, 2% solventes y 3% con otros negocios.

    —¿Cuál es la estrategia que se planteó esta gestión para Alur?

    —Cuando asumimos la conducción de Alur definimos tres ejes estratégicos y dos ejes transversales que orientan nuestra gestión. El primero está vinculado a la “excelencia operacional y la reducción de costos”. Desde el primer día entendimos que Alur debe trabajar de forma permanente para mejorar su eficiencia.

    Existe una política pública que promueve la incorporación de biocombustibles, pero nuestra responsabilidad es producirlos al menor costo posible. Somos una empresa del grupo Ancap y los costos que tiene Alur terminan trasladándose al precio del combustible. Por eso, mejorar la eficiencia también significa contribuir a minimizar el impacto sobre el consumidor.

    El segundo eje tiene que ver con el rol económico y social de Alur, especialmente en Bella Unión y Paysandú, aunque también en Montevideo. Nos propusimos evaluar cuál es el impacto que genera toda la cadena de valor de Alur sobre esos territorios y cómo se distribuyen esos beneficios. Nos interesa entender de qué manera el valor que genera la empresa llega a las comunidades y cómo lograr que ese derrame sea cada vez más equitativo.

    Con ese objetivo estamos realizando, con una consultora internacional, un estudio de impacto económico y social de la cadena de Alur en Bella Unión. Esperamos contar con los resultados durante este año.

    El tercer eje responde a una visión de futuro: posicionar a Alur como una plataforma para el desarrollo de la bioeconomía nacional. Uruguay tiene una enorme fortaleza en su producción agrícola y pecuaria. El desafío consiste en agregar valor a esos recursos biológicos mediante ciencia, tecnología e innovación, desarrollando nuevas cadenas productivas, generando empleo y contribuyendo al crecimiento de la economía.

    Además de estos tres ejes estratégicos, definimos dos prioridades transversales. La primera consiste en poner a las personas en el centro de todas las decisiones de la empresa, fortaleciendo una cultura de cuidado y seguridad. Y la segunda es incorporar la sostenibilidad como un criterio permanente de gestión. No solamente por las exigencias comerciales o de certificación, sino porque entendemos que debe formar parte de la manera en que Alur desarrolla todas sus actividades.

    —¿Qué significa pensar a Alur como una plataforma para el desarrollo de la bioeconomía?

    —El mundo atraviesa un proceso de transición energética. Quizás el principal desafío sea comprender la velocidad con la que esa transición se va desarrollando y cuáles serán las tecnologías que se impondrán en cada etapa.

    Nuestra visión es que los biocombustibles tienen un papel importante que cumplir durante ese proceso. Son tecnologías de transición que permiten avanzar hacia una economía con menores emisiones mientras continúan desarrollándose otras alternativas energéticas.

    Alur trabaja principalmente con materias primas tradicionales, biocombustibles de primera generación. En Bella Unión utilizamos caña de azúcar, en Paysandú procesamos principalmente maíz y trigo para producir bioetanol y en Montevideo trabajamos con oleaginosas como canola y soja para la producción de aceites y biodiésel.

    Sin embargo, el escenario internacional está evolucionando rápidamente y aparecen nuevas oportunidades. Cada vez existe mayor interés por materias primas que no compitan con la producción de alimentos, ni con el uso principal del suelo agrícola.

    En ese contexto adquieren relevancia cultivos como camelina y carinata, que la normativa europea reconoce como cultivos de interzafra, capaces de producir biomasa, sin desplazar a otros cultivos agrícolas.

    Y hay otras alternativas que comienzan a analizarse, como pongamia, además de materias primas provenientes de la economía circular, como los aceites usados de fritura y las grasas animales.

    Uruguay tiene capacidad para producir diversas materias primas destinadas a los biocombustibles y puede transformarse en un proveedor competitivo dentro de esas nuevas cadenas de valor y también de las del futuro.

    —¿En qué proyectos concretos está trabajando Alur?

    —Estamos desarrollando varias iniciativas vinculadas a la sostenibilidad y certificaciones. Trabajamos en el cálculo de la huella de carbono de nuestros sistemas productivos, utilizando información generada en Uruguay y no solo referencias internacionales.

    Al mismo tiempo, avanzamos en sistemas de trazabilidad para distintos cultivos, poniendo énfasis en la canola, aunque también contamos con experiencias en maíz y otras materias primas.

    Trazabilidad y certificación son herramientas cada vez más relevantes, porque permiten acceder a mercados que reconocen ese valor, sobre todo en canola.

    En algunos casos incluso podemos trasladar ese valor a los productores, reconociendo mejores condiciones comerciales cuando cumplen determinados requisitos vinculados a sostenibilidad, trazabilidad y certificación.

    Todo este proceso requiere inversión en tecnología, desarrollo de sistemas y generación de conocimiento.

    Normalmente comienza con proyectos piloto, incorporando un número limitado de productores, para luego escalar progresivamente hasta alcanzar una dimensión comercial.

    —¿Qué volumen de oleaginosas están moliendo?

    —En 2025 fueron 127.000 toneladas, va dependiendo de los negocios. Dependemos de las dos puntas de la cadena, de la disponibilidad de granos y de la demanda externa, fundamentalmente, porque, salvo las harinas proteicas, el resto del aceite o biodiésel es mercado de exportación.

    —¿Dónde identifica las principales oportunidades para mejorar la competitividad?

    —La competitividad constituye uno de los principales desafíos de esta gestión. Existen oportunidades de mejora dentro de la empresa, con mayor eficiencia operacional y un uso más intensivo de la infraestructura disponible.

    También entendemos que es necesario revisar algunas condiciones con determinados socios estratégicos. Mantenemos conversaciones con Cousa, para analizar oportunidades de mejora para ambas partes.

    Al mismo tiempo, creemos que la infraestructura industrial de Alur puede generar nuevos negocios. Por ejemplo, el procesamiento de un aceite importado y producir acá el biodiésel. Una alternativa que estamos analizando consiste en aprovechar la capacidad instalada de nuestras plantas para brindar servicios industriales.

    No significa que ese vaya a ser necesariamente el camino, pero sí refleja una forma distinta de pensar el negocio. El desafío consiste en encontrar nuevas oportunidades para aprovechar mejor la infraestructura y generar valor.

    En un contexto internacional cada vez más competitivo, la flexibilidad­ pasa a ser un factor clave. Uruguay nunca competirá con Brasil o Argentina en volumen. Nuestra ventaja está en identificar nichos específicos, responder rápidamente a las oportunidades del mercado y desarrollar productos con mayor valor agregado.

    —¿Cómo está operando la planta de Paysandú?

    —La planta de Paysandú viene trabajando prácticamente a plena capacidad. Durante el último año produjo alrededor de 69.000 metros cúbicos de bioetanol y para este ejercicio esperamos un nivel similar.

    Una de las grandes fortalezas de esa planta es que fue concebida como una instalación multigrano. Originalmente había sido diseñada para procesar sorgo. Posteriormente trabajó con trigo y más adelante incorporó el maíz como materia prima principal. Este año las dificultades de disponibilidad de maíz llevaron a utilizar una combinación de trigo y maíz.

    Cada materia prima tiene distintos niveles de eficiencia industrial, pero esa flexibilidad permite mantener la producción, aun cuando cambian las condiciones del mercado o de la oferta agrícola. Esa capacidad de adaptación constituye una de las principales fortalezas de Alur. En 2025, se demandaron 169.000 toneladas de cereales.

    —¿Qué oportunidades identifica Alur en la nueva generación de biocombustibles?

    —La transición energética está abriendo nuevas oportunidades, especialmente en sectores donde la descarbonización presenta mayores dificultades.

    Se destacan la aviación y el transporte marítimo, dos actividades que difícilmente puedan electrificarse en el corto plazo, y que necesitarán combustibles líquidos de bajas emisiones durante muchos años.

    Uruguay reúne condiciones para participar, tanto como proveedor de materias primas, como —eventualmente— productor de nuevos combustibles.

    En la aviación existen distintas rutas tecnológicas para producir combustible sostenible de aviación (SAF). Una de ellas consiste en producir SAF a partir de alcoholes, utilizando etanol como materia prima (Alcohol-to-Jet).

    La otra, más desarrollada a nivel comercial, parte de aceites vegetales y otras materias primas lipídicas, que luego son transformadas mediante procesos industriales específicos (ruta HEFA).

    Alur analiza ambas alternativas. En función de las capacidades instaladas y de las materias primas disponibles en Uruguay, el país podría convertirse en proveedor de insumos para esas cadenas o en un actor con mayor nivel de industrialización.

    —¿Qué papel puede desempeñar Uruguay en ese proceso?

    —Más allá del combustible final, existe una oportunidad muy importante en la producción de materias primas certificadas.

    Estamos analizando la posibilidad de desarrollar aceites trazables y certificados, que puedan transformarse en combustibles sostenibles de aviación.

    Eso implica trabajar desde el origen de la cadena, asegurando que la producción cumpla los requisitos ambientales y de sostenibilidad que exigen los mercados.

    Cada vez adquieren mayor importancia aspectos como la trazabilidad, la reducción de emisiones y la certificación de origen. Quienes logren cumplir con esos estándares accederán a mejores oportunidades comerciales.

    Por eso, entendemos que Uruguay puede construir una ventaja competitiva sobre la base de su capacidad para producir materias primas diferenciadas.

    —¿Cómo observa Alur el desarrollo del hidrógeno verde?

    —En particular, estamos expectantes respecto al avance del proyecto de HIF en Paysandú. Si esa inversión avanza, Alur podría convertirse en proveedor de una materia prima muy importante para ese proceso: el dióxido de carbono generado durante la fermentación para producir bioetanol.

    Actualmente ese dióxido de carbono biogénico se libera a la atmósfera. En cambio, un proyecto de hidrógeno verde permitiría capturarlo y utilizarlo como insumo industrial.

    Ese dióxido de carbono se combina posteriormente con hidrógeno para producir nuevos combustibles sintéticos. Desde nuestra perspectiva, se trata de un claro ejemplo de economía circular.

    Un subproducto de un proceso industrial pasa a transformarse en materia prima para otra industria. Ese tipo de integración es precisamente uno de los caminos que imaginamos para el futuro de la bioeconomía.