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    Femicidios que avisan: señales tempranas y prevención posible en Uruguay

    Hablar de prevención no es simplificar un problema complejo, sino aceptar que la violencia letal rara vez aparece sin señales previas

    Por Agustín Romano (Magister en Psicología Criminal)

    Este artículo no pretende ofrecer una solución total ni definitiva al fenómeno de los femicidios en Uruguay. Busca ser un puntapié para la discusión pública y el debate informado, desde una mirada preventiva de la psicología criminal y forense. Hablar de prevención no es simplificar un problema complejo, sino aceptar que la violencia letal rara vez aparece sin señales previas.

    Los femicidios suelen ser el punto final de procesos que se fueron gestando con tiempo, muchas veces a la vista de otros. Celos persistentes, conductas de control, acoso reiterado, vigilancia constante y dificultad para tolerar la frustración, conforman –entre otros– patrones de riesgo reconocibles. Un indicador especialmente sensible es la incapacidad de aceptar que la relación terminó o que la expareja inició una nueva vida afectiva.

    Estas conductas no deben leerse como simples conflictos vinculares ni como excesos emocionales pasajeros. Funcionan como señales tempranas de un proceso que, si no se interviene, puede escalar hacia la violencia grave o letal. Prevenir implica aprender a diferenciar conflicto de riesgo y actuar antes de que el miedo se vuelva cotidiano.

    El primer nivel de prevención es social y cultural. Familiares, amistades, docentes, equipos de salud y referentes comunitarios suelen detectar cambios preocupantes mucho antes que las instituciones. Tomar en serio esas señales, sin minimizarlas ni dramatizarlas, puede marcar una diferencia decisiva.

    La prevención también exige un Estado con capacidad real de respuesta, con organismos dotados de más recursos, con mayor capacitación específica para evaluar trayectorias de violencia y momentos críticos. Evaluar riesgo no es un trámite administrativo, sino una tarea técnica compleja con impacto directo en vidas concretas.

    Otro eje preventivo fundamental es el trabajo con personas que ejercen violencia. Uruguay necesita ampliar y descentralizar dispositivos de atención, para que no se concentren solo en algunos puntos del país. Interrumpir carreras violentas implica trabajar celos, frustración, aceptación de la pérdida y responsabilidad afectiva.

    La prevención más profunda comienza incluso antes, en la infancia. La educación en inteligencia emocional, empatía y el respeto por la autonomía del otro son pilares centrales. Aprender a tolerar el rechazo y gestionar el enojo reduce riesgos futuros reales.

    Pensar los femicidios desde una lógica preventiva no niega responsabilidades ni gravedad. Implica asumir que llegar antes es posible, pero requiere decisión, formación y coordinación. Cambiar la pregunta de qué pasó a qué estaba pasando es un cambio de paradigma necesario.

    Este texto no cierra el debate ni ofrece respuestas finales. Busca instalar una mirada preventiva para que Uruguay deje de reaccionar solo cuando el daño ya es irreversible. Porque cuando la violencia avisa y no se la escucha, las consecuencias siempre son colectivas.

    Hablar de prevención es, en definitiva, hablar de responsabilidad compartida entre sociedad, instituciones y políticas públicas sostenidas en el tiempo. Sin recursos suficientes, sin formación continua y sin dispositivos accesibles en todo el territorio, la prevención queda reducida a una consigna. Invertir en prevención no elimina el conflicto humano, pero reduce la probabilidad de que derive en tragedias evitables. Ese es el debate que Uruguay necesita sostener, antes de que una nueva muerte vuelva a recordarnos que las señales estaban allí.

    La prevención no garantiza resultados absolutos, pero amplía las oportunidades de intervenir a tiempo y de salvar vidas. Seguir discutiendo, formándose y fortaleciendo respuestas tempranas es hoy una urgencia ética y social. Llegar antes no es una utopía, es una tarea colectiva que empieza cuando decidimos escuchar lo que la violencia anuncia. Y asumir que prevenir también implica incomodarnos, revisar prácticas y sostener compromisos más allá de la coyuntura. Solo así la prevención dejará de ser discurso para convertirse en acción concreta.

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