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Por qué la adicción a las pantallas no es culpa de los adolescentes

Soledad Gutiérrez Eguía, autora de Querido adolescente, no es tu culpa, se propone informar a los más jóvenes para que usen la tecnología con responsabilidad y libertad, mientras cuestiona a los adultos por entregarles dispositivos sin prepararlos o acompañarlos

Editora de Galería

Es extraño el momento en que vivimos y cómo percibimos —o no percibimos— los adultos el peligro, y más cuando lo vemos desde la perspectiva de Soledad Gutiérrez Eguía. “Darles a los chicos un dispositivo electrónico se puede comparar con darles un auto a los 10 años (el promedio de edad en que reciben los celulares en Latinoamérica)”, explica a Galería esta licenciada en Comunicación argentina que desde hace años se dedica a la acción social. “Como el auto, los dispositivos obviamente tienen un montón de beneficios, pero también son sumamente peligrosos. Pero antes de darle un auto a un chico —que además no lo hacemos a esa edad— lo preparamos mucho. Tiene que dar un examen, tiene que aprender una teoría, tiene que aprender en la práctica. Lo acompañamos las primeras veces cuando se sube al auto, le decimos que se ponga el cinturón, que mantenga distancia y sobre todo hacemos mucho énfasis en que no todo depende de ellos, sino de los movimientos de los demás. Darles un dispositivo es comparable con darles un auto, con la diferencia de que, además, son adictivos”.

Después de dirigir programas solidarios en los que participaron casi 1.000 adolescentes, en un momento en que 1 de cada 3 hace un uso problemático de internet, decidió hacer su aporte desde la prevención con un libro breve. Y lo hizo dando vuelta la ecuación: en vez de hablarles a los padres, les habla directamente a los jóvenes, a los “mayores de 12 años que tienen acceso a un celular o a cualquier dispositivo electrónico”. “Querido adolescente, no es tu culpa”, les dice desde el título. En una coyuntura en que cada mes un nuevo país (casi siempre del primer mundo) decide legislar sobre las plataformas digitales para regular su uso en menores de edad, Gutiérrez Eguía les da información, los pone a cargo, les quita culpas y les proporciona herramientas para que ellos mismos puedan tomar sus decisiones libremente.

Después de la publicación del libro, una encuesta realizada a más de 150 adolescentes que lo leyeron concluyó que el 94% dijo que le había servido; de ellos, el 58% dijo que había podido implementar cambios para mejorar sus hábitos tecnológicos (42% solos, con las técnicas que sugiere el libro, y 16% con la ayuda de un adulto). El restante 36% que respondió que el libro le había servido dijo tener la intención concreta de mejorar, pero que necesita ayuda y no se anima a pedirla. “Ahí es donde estamos ausentes los adultos”, dice Gutiérrez Eguía.

A propósito del libro —declarado de Interés de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para la Educación y la Comunicación Social por el Poder Legislativo argentino— y los datos recopilados, Soledad Gutiérrez Eguía visitó Montevideo para dar una charla invitada por el Hospital Británico, y después conversó con Galería por Zoom, para profundizar en temas como la adicción a la dopamina que causan las plataformas digitales, la dificultad de algunos adolescentes de disfrutar experiencias presenciales, y dar algunas estrategias prácticas para que madres y padres puedan promover una relación más saludable entre sus hijos y la tecnología.

Por lo general, cuando se habla de adicción a las pantallas, los discursos van dirigidos a padres. Es original tu abordaje: en lugar de escribirles a los padres, les escribiste directamente a los jóvenes. ¿Cómo se te ocurrió?

Yo soy licenciada en Comunicación, trabajé 20 años en el mundo empresarial y hace 10 decidí volcarme a la acción social. Fui directora de dos programas de arte comunitario por los que pasaron en los últimos ocho años más de 800 chicos, junto con dos fundaciones argentinas, Los Naranjos y Grano de Mostaza. Además, soy mamá de tres adolescentes, y después de la pandemia empecé a notar mucho daño causado por la sobreexposición a las pantallas. Cuando hablo de mucho daño hablo de chicos con autolesiones, chicos que no pueden sostener conversaciones uno a uno, que les costaba mantenerse despiertos en un taller porque se habían quedado toda la noche con el celular, algunos medicados; muchísima apatía, mucho desgano. Y dije: ¿qué está pasando con estos chicos que deberían estar en un momento de más alegría, de más disfrute? Los veo profundamente tristes, con trastornos de ansiedad severos.

Hubo un caso que me voló la cabeza y me angustió mucho. Un chico contó que su primo de 16 años se había suicidado por deber plata a una plataforma online. Un chico de una villa muy humilde en la provincia de Buenos Aires que se había metido en esto como un juego, con posibilidad de ayudar a su familia, pensando que podía hacer algo al respecto. De ninguna manera se le pudo haber cruzado por la cabeza que podía llevar a ese desenlace. ¿Qué estamos haciendo como adultos y como generación entregándoles a estos chicos una herramienta que obviamente tiene un montón de usos buenísimos en muchos sentidos, pero por otro lado es realmente peligrosa? Y se las estamos dando sin ningún tipo de preparación.

Cuando empecé a notar todo este problema dije: algo tengo que hacer. Y empecé una investigación profunda, analizando informes nacionales e internacionales de entidades reconocidas como Unesco, Save the Children, Unicef, entrevisté a psiquiatras, psicólogos especialistas en el tema, tanto en la Argentina como en el exterior, y empecé a darme cuenta de la profundidad del problema, y que hay un cambio estructural en el cerebro que hace que los chicos no puedan disfrutar de la vida después. Porque cambia la forma en que estas neuronas se comunican unas con otras: van perdiendo la capacidad de sentir, y eso hace que los chicos también pierdan la libertad, porque están viendo las pantallas de una manera compulsiva, porque no bancan lo que sienten en un mundo donde perdieron la capacidad de sentir. Y dije: estos chicos se están metiendo en esto sin saber nada al respecto, tenemos que prepararlos. Mi grano de arena está en la prevención, yo creo que tenemos que ayudarlos a saber dónde están metidos para que se puedan cuidar más en este mundo. Por eso me dirijo a ellos. Hay mucho contenido dirigido a los adultos, muy poco a los chicos, y yo quería dejar en claro desde el primer momento que estoy de su lado. Ellos son víctimas de lo que está pasando. No es su culpa y los tenemos que ayudar; nos necesitan más cerca que nunca.

¿A qué tendría que estar atento un padre para determinar si su hijo tiene un consumo problemático de pantallas?

Hay tres indicadores claros. Por un lado, cuando afecta a los vínculos. Si yo le saco el aparato con que juega a los juegos electrónicos y le agarra un ataque de ira y rompe la televisión, seguramente le afecte los vínculos, por lo menos con su familia. Si se corta la luz y le agarra un ataque de ira, también, porque no soporta estar sin una conexión a una pantalla; eso también le va a afectar los vínculos. Si sus amigos se van a juntar fuera de la casa y lo invitan y él prefiere quedarse jugando a la computadora, también le va a afectar los vínculos. Ese es un primer indicador.

Otro es si afecta a las responsabilidades. Si empieza a descuidar las tareas, empieza a llegar tarde a todos lados, empieza a irle peor en el colegio. Si todo lo que tenga que ver con las responsabilidades empieza a caer, es una alerta.

Y otro es cuando afecta al descanso. Dos de cada tres chicos duermen menos de la cantidad de horas que deberían. En los adultos también las cifras son descomunales; esto nos afecta a todos, con la diferencia de que como los chicos tienen su cerebro en desarrollo, especialmente la corteza prefrontal, que se desarrolla hasta los 25 años más o menos, todo les afecta de forma más profunda y más rápida. Si lo último que miran antes de dormir es el celular y lo primero que miran a la mañana también, seguramente afecte el descanso. En secundaria se sugiere que duerman entre 8 y 10 horas, en primaria tienen que ser más, y estamos lejísimos de eso hoy. Y el problema no es solamente la cantidad de horas que dormimos, sino que además descansamos peor. Porque no es solamente la luz de estas pantallas, sino el contenido de velocidad extrema, lo continuo, el autoplay; esta velocidad excesiva hace que se inhiba la liberación en el cerebro de la melatonina, que es la hormona del buen descanso. A esos tres indicadores hay que estar alertas.

En la charla hablaste de cómo puede llegar a hacerse imposible para algunos adolescentes disfrutar las experiencias presenciales. ¿Por qué se da esto?

Lo primero que tenemos que entender es que las plataformas fueron diseñadas específicamente para generar adicción. Los creadores de tecnologías invierten millones de dólares en neurocientíficos para que les digan cómo hacer para captar nuestra atención y no soltarla. Por un lado, nos hacen perder la noción del tiempo, pasan las horas sin que nos demos cuenta. Esto lo verifico en territorio todo el tiempo. Les pregunto a los chicos cuánto tiempo creen que estuvieron conectados versus lo que dice la plataforma y siempre es mayor el tiempo que estuvieron que el que perciben. Nos pasa también a los adultos.

El problema de la dopamina es el exceso, porque las personas no estamos creadas para sentir placer de forma constante, todo el tiempo, sino para perseguirlo, para generarlo, para buscarlo. Entonces, cuando nuestro cerebro detecta esos excesos de dopamina, para protegernos se adapta, es decir, cambia su estructura. Primero, esconde la neurona receptora, y se tarda más en sentir esa sensación de placer. Después, se empieza a liberar menos dopamina, entonces necesito más cantidad para sentir lo mismo que antes. El problema de la dopamina es el exceso, porque las personas no estamos creadas para sentir placer de forma constante, todo el tiempo, sino para perseguirlo, para generarlo, para buscarlo. Entonces, cuando nuestro cerebro detecta esos excesos de dopamina, para protegernos se adapta, es decir, cambia su estructura. Primero, esconde la neurona receptora, y se tarda más en sentir esa sensación de placer. Después, se empieza a liberar menos dopamina, entonces necesito más cantidad para sentir lo mismo que antes.

Pero además es sumamente adictivo desde el punto de vista del diseño. ¿Cómo hacen? Como nos escuchan saben perfectamente lo que nos interesa, a qué le dimos “me gusta”, con qué videos nos detuvimos y con cuáles no; saben lo que nos importa y lo que no nos importa, lo que hablamos por WhatsApp. Nos leen los teléfonos o nos oyen, por eso nos mandan todo el tiempo cosas que saben que nos estimulan, que nos provocan y que hacen que se libere en nuestro cerebro la famosa dopamina, que es el neurotransmisor del placer. La dopamina no es mala, la necesitamos para vivir; se libera cuando tenemos relaciones sexuales, se libera cuando tenemos logros, cuando comemos. El problema de la dopamina es el exceso, porque las personas no estamos creadas para sentir placer de forma constante, todo el tiempo, sino para perseguirlo, para generarlo, para buscarlo. Entonces, cuando nuestro cerebro detecta esos excesos de dopamina, para protegernos se adapta, es decir, cambia su estructura. Primero, esconde la neurona receptora, y se tarda más en sentir esa sensación de placer. Después, se empieza a liberar menos dopamina, entonces necesito más cantidad para sentir lo mismo que antes. Igual que con cualquier droga dura. Por eso cuando decimos que las nuevas drogas entran por los ojos no es una forma de decir, es una realidad.

Llega un momento en que pierdo la capacidad de sentir, porque cada vez necesito más velocidad y más cantidad para sentir lo que sentí antes; llega un momento que ya nada me alcanza. Entonces, de un lado tengo las pantallas que me ofrecen excesos de dopamina disfrazados de bienestar, y del otro me doy vuelta a una vida donde perdí la capacidad de sentir. Una vida donde todo cuesta más, todo irrita, todo duele, donde no me divierte más salir a pasear con mi abuela, no me divierte un juego de mesa, no disfruto tanto de la naturaleza y de cosas que antes me parecían maravillosas. Por eso muchos padres dicen “mi hijo cambió”, como que de repente lo chupó la tecnología y nada más le interesa. Y es algo químico que sucede en el cerebro.

La buena noticia es que se puede volver, pero la forma de volver es bajar el tiempo de exposición a esa dopamina. A veces se requiere intervención médica, cuando el problema ya es muy grande, cuando se llega a una depresión, porque los trastornos de ansiedad que esto genera son inmensos. Pero hay muchos que pueden hacer cambios ellos mismos. Hay técnicas concretas para bajar progresivamente esa cantidad de tiempo que los chicos están frente a las pantallas (a idealmente dos horas y media), y a medida que van bajando se va reacomodando esa estructura neuronal.

Como padres, ¿nos cuesta a veces detectar un consumo problemático de pantallas por el vínculo que nosotros mismos tenemos con ellas?

Sí, por supuesto. Tenemos que ser ejemplo. No les podemos pedir a los chicos algo que nosotros no hacemos. Y además es difícil detectar el consumo problemático porque está generalizado, es algo que hacen todos. Y creo que hasta ahora todavía hay mucha ignorancia. Estamos empezando a hablar de este tema de la adicción. Se habla de que estamos muchas horas con los celulares, pero vuelvo al tema de antes: no es solamente la cantidad de horas que estamos con el celular, sino que, al dejarlo, no podamos disfrutar. Entonces nos afecta la vida entera. De eso todavía no hay conciencia.

Latinoamérica lidera el ranking mundial con más horas frente a pantallas, es tremendo. Tenemos que bajarlas de forma urgente. Pero no es el único problema. Tenemos que recuperar nuestra estructura neuronal sana, que nos permita disfrutar de la vida. Y se puede hacer. Y también ir a buscar esos neurotransmisores de la vida real que sí generan bienestar del verdadero, que no generan adicción: la oxitocina, que se libera cuando tenemos vínculos sanos con los demás, con personas que queremos o incluso con personas que no conocemos tanto; las endorfinas, los neurotransmisores de la risa, de la alegría, de todo lo que tiene que ver con el arte; y después la serotonina, que es todo lo que tiene que ver con la calma y la felicidad en general, como el contacto con la naturaleza. El arte, el deporte y todo lo que tiene que ver con los vínculos y con el amor es lo que nos salva de este problema del exceso de dopamina.

Querido adolescente, no es tu culpa, de Soledad Gutiérrez Eguía. Autopublicación, 64 páginas, 1.100 pesos. Disponible en librería El Virrey.

Querido adolescente, no es tu culpa, de Soledad Gutiérrez Eguía. Autopublicación, 64 páginas, 1.100 pesos. Disponible en librería El Virrey.

Los chicos me dirán: a mí me encanta esa sensación de exceso de dopamina, no me la saques. Y ahí está la buena noticia. No te digo: olvídate de eso, no sientas nada. Te digo dónde se pueden sentir cosas maravillosas en la vida real que no generan esta adicción. El placer es momentáneo, la felicidad es duradera. El placer se puede comprar, la felicidad no. El placer genera sensaciones y la felicidad genera sentido.

Varios países han prohibido el uso de celulares en colegios. Y algunos han ido más allá, prohibiendo las redes sociales a menores de 16 años. ¿Ese es el camino? ¿O ves más la “solución” como un trabajo en equipo?

Es un trabajo en equipo, y en un equipo muy grande. Por supuesto que al Estado le cabe una responsabilidad importante sobre todo esto, especialmente en lo que tiene que ver con la regulación de las plataformas. Y a mí en particular me parece fundamental todo lo que tiene que ver con la regulación de lo sistémico y lo que tiene que ver con la arquitectura de las plataformas, que son tan adictivas. Más allá de toda la regulación del contenido, que por supuesto también debe estar. A mí me angustia un poco la demora en la toma de decisiones, pero sé que en Argentina se está trabajando. Hay mucho análisis de lo que tiene que ver con los contenidos, lo que tiene que ver con el grooming y la legislación detrás de eso. Se está avanzando en ese sentido, pero yo creo que falta un paso previo, que es lo que hizo Brasil: poner los límites en este sentido del diseño. Por ejemplo, dijo: no más scroll infinito para los menores. Hay que ver después cómo se implementa, pero por lo menos la intención de este límite me parece muy valiosa. No al autoplay, que los videos no se prendan automáticamente, sino que las plataformas ya vengan con controles parentales y que uno si quiere lo saque, al revés de como es hoy. Eso es lo mínimo que tendríamos que hacer todos en la regulación. Me parece fundamental, lo que pasa es que, como decía un directivo de Unicef Latinoamérica, la brecha que hay entre los intereses económicos de las plataformas y el bienestar de los chicos es inmensa. Ojalá siempre prioricemos en esa brecha todos los involucrados en esto, el bienestar de nuestros chicos.

¿Qué estrategias le darías a un padre que se da cuenta de que su hijo es adicto a las pantallas? ¿Qué es lo mejor que puede hacer por su hijo?

Lo primero es el ejemplo, es muy importante. Hay algunas técnicas específicas que se recomiendan, que están funcionando muy bien, que tienen que ver con pautar horarios de uso y no uso, y lo ideal es hacerlos en familia. Si se puede hacer en comunidad, con los pares de la escuela, del colegio, del club, mucho mejor, pero al menos hacerlos en familia. La recomendación es escribirlos para poder respetarlos. Hay que pensar qué es lo que hacemos en vez de eso, generar actividades; ahí está la creatividad de padres y a veces también de los propios chicos. Vamos a escuchar música, vamos a ponernos a dibujar, nos vamos a pasear por el parque, a estar en contacto con la naturaleza, me voy a hacer un deporte; algo tengo que idear para ese momento, por lo menos al principio, hasta que nos acostumbremos a ese horario de estar sin pantallas. Otra recomendación muy importante es definir dónde sí y dónde no. Lo primero que nos dicen, sobre todo en la adolescencia, es: no habitaciones. Porque a los chicos les tira muchísimo su cuarto.

Si nosotros ya sabemos que el momento que están en su cuarto es libre de pantallas, ganamos ese tiempo. Pero además, si vamos a usar la tecnología en un área común, también se van a proteger de lo que están mirando. Muchas veces no saben qué están viendo, pero se dan cuenta de que no está bueno. Entonces: no en las habitaciones, no durante las comidas, no en el baño, no en el auto, no en las reuniones sociales. Eso es lo que se aconseja, y cuando es “no” en un lugar, no vale tener el celular dado vuelta al lado, porque los neurólogos dicen que la conexión sigue estando. Tiene que estar en otra habitación separada. Y después, poner alarma dos horas antes de irse a dormir, es muy importante por lo que decíamos del descanso. Y no cargar los celulares en las habitaciones, que también evita que lo último que mire sea eso y lo primero también. Muchos dicen: lo uso como alarma. Yo siempre les digo que siempre trabajé y que mi alarma era antiquísima y nunca me quedé dormida.

Pero lo más importante para que tengan en cuenta los padres es el diálogo. Contémosles a los chicos de estos peligros, porque los chicos que los conocen se autorregulan mejor que los que no. Es casi algo que les debemos. Yo siempre empiezo las charlas con ellos diciéndoles “perdón”. Perdón porque les dimos esto sin prepararlos y no les avisamos, y no les contamos, no les dijimos todo esto, porque no sabíamos. Pero ahora sí, ahora esto es ciencia, hay datos estadísticos contundentes, hay estudios científicos innegables. Ahora tenemos que involucrarnos sí o sí y ahí es donde creo que el diálogo es fundamental.

Algunos datos alarmantes

(sobre pornografía y apuestas en línea)

— 1 de cada 3 adolescentes hace un uso problemático de internet.

— 9 de cada 10 menores consumen pornografía; pueden empezar a partir de los 8 años, con su primer dispositivo; 90% de los padres no lo saben.

“Es pornografía dura, de una violencia tremenda, donde las mujeres se presentan como objetos y los hombres como superhéroes del sexo. Donde no hay las tres erres que debe haber en todo vínculo sexual: ni respeto, ni responsabilidad, ni reciprocidad”, dice Gutiérrez Eguía. “De ahí están aprendiendo casi todo de sexualidad”.

— 6 de cada 10 adolescentes tienen contacto directo o indirecto con el juego digital en el entorno escolar.

— 1 de cada 4 ya hizo una apuesta en línea.

“Es razonable que les atraiga. Los están incitando a apostar personas que son sus referentes o influencers o deportistas que ellos admiran”.

“¿Por qué son blancos fáciles los chicos? Porque son los que se enganchan fácil y no pueden medir mucho el riesgo. En comparación, un problema de adicción grande en ludopatía que a un adulto le puede llevar como 7 años adquirir, se dice que en los adolescentes se adquiere en 2 años”.

Qué pasa en Uruguay con las regulaciones

En Uruguay se abrió una consulta pública para comprender cómo cambia la vida de niños y adolescentes frente a lo digital y la inteligencia artificial. Esta opción se tomó, según el documento oficial presentado por el Parlamento uruguayo, teniendo como referencia la experiencia de otros países, con una mirada crítica sobre la prohibición directa de Australia (que no resuelve el diseño de las plataformas, según este análisis), los códigos regulatorios del Reino Unido (que son reglas para empresas, no para el Parlamento), y el estancamiento legislativo de Estados Unidos (que no ha avanzado en años sobre este tema, según este documento). La consulta pública multiactor que propone Uruguay cerrará el 10 de setiembre. Está previsto que el informe final esté elaborado para noviembre, con una síntesis ejecutiva para parlamentarios y decisores, y un documento público accesible a la ciudadanía con los principales hallazgos. Para participar se puede ingresar en este enlace.