Con el tiempo, ante el mayor involucramiento de muchos padres en la crianza, empezaron a surgir espacios para compartir sus vivencias con otros hombres que atraviesan la misma experiencia.
Desde que creó Maternarse, De Souza intenta que la paternidad ocupe un lugar protagónico: sus talleres de parto, por ejemplo, incluyen charlas para padres llevadas adelante por el psicólogo especializado en psicología perinatal Cristian Jaurena. “Si se habla poco de lo que sentimos las mujeres cuando somos madres, aún menos de lo que sienten los hombres. Desde ahí surgió la necesidad de generar un espacio”, cuenta. En paralelo se crea un grupo de WhatsApp con el objetivo de establecer una red entre quienes formaron parte de la charla. Aunque la recepción entre quienes participan es muy positiva, la convocatoria sigue siendo baja: según De Souza, quienes se suman a las charlas específicas para padres son entre un 10% y 15% de los varones que asisten con sus parejas a los talleres de parto. “Nosotros los generamos gratis y, aun así, la respuesta es que hay poca convocatoria. Pero quienes participan sienten que es un espacio que disfrutan y que les gustaría volver a tener”, subraya.
Un problema mayor
Más allá de los espacios ideados con ese objetivo, los especialistas no detectan por el momento —al menos, en esta parte del mundo— un claro equivalente masculino a la tribu de mujeres que existe en torno a la maternidad.
La falta de una verdadera apertura de los hombres acerca de su propia experiencia como padres y, por ende, la ausencia de una red en la que apoyarse es parte de un tema mucho mayor y bien conocido: la dificultad del género para mostrarse vulnerable en tantos otros ámbitos, señala Rodríguez Añón. “A los hombres nos cuesta encontrarnos con hombres a ver las cosas que de verdad nos pasan. Evitamos el contacto con la sensibilidad, con la angustia, compartir la intimidad con otros padres, porque el modelo patriarcal nos invita como identidad masculina a hacer otras cosas, a entrar en competencia, a evadirnos de lo que nos pasa”.
Entre otras cosas, también existe la fantasía masculina, expresada en terapia, de mantener el resto de su vida intacta. Los varones entienden que deberían poder hacer frente no solo a la demanda de trabajo, sino además al ejercicio, a jugar al PlayStation, a encontrarse con sus amigos. “Aunque tengan 30 y pico, hay un poquito de dificultad para abandonar los hobbies y otras diversiones y concentrarse en la paternidad”, señala Fernando Rodríguez Añón, psicólogo especializado en género.
Cuando la conversación gira en torno a la paternidad, el diálogo a corazón abierto sigue siendo escaso por varias razones. En primer lugar, los roles de cuidado siempre se asociaron a lo femenino, incluso desde lo lúdico, al fomentar que las niñas jueguen a ser madres. Salvo excepciones, buena parte de los varones no tienen contacto real con escenarios de crianza hasta la llegada de su propio hijo. Jaurena se pone a sí mismo como ejemplo: “Yo nunca cambié un pañal hasta que nació mi hija. Las niñas juegan a cambiar, a dar la mema, y no son cosas que se promuevan en los varones”.
Mientras que el género femenino es socializado para construir su deseo de maternidad desde la infancia y a hablarlo con sus amigas mujeres, los varones permanecen muchas veces ajenos a esa reflexión. A esto se refiere Rodríguez Añón: “Soy bastante crítico de la falta de preparación que tenemos los hombres desde la planificación familiar o la construcción del deseo de ser padre. No hay un pensamiento a priori de los varones, en la infancia, la adolescencia, de los hijos que les gustaría tener y cómo se los imaginan, como sí puede venir de la mano de un juego con muñecas o un diálogo entre pares en las mujeres”.
Mientras que el género femenino es socializado para construir su deseo de maternidad desde la infancia y a hablarlo con sus amigas mujeres, los varones permanecen muchas veces ajenos a esa reflexión.
Esta falta de socialización es lo que, en primera instancia, les dificulta verse a sí mismos en roles de cuidado en la crianza y, aun cuando lo ejercen, reconocerlo ante sus pares, explican los psicólogos. “Es difícil empoderarse como hombre frente a otros hombres y decir ‘sí, me gusta cuidar a mi hijo, bañarlo y pasarle el peinecito, hacerme cargo de que tenga comida sana’. Cuesta hablar de todo lo que tiene que ver con el cuidado en sentido amplio, como trabajo no remunerado”, apunta el psicólogo especializado en género.
Las charlas sobre la propia paternidad suelen girar en torno a cuestiones más superficiales, como el juego, la alegría de ser padres o cuestiones prácticas de la crianza. Según Jaurena, “lo más común es poder mostrarse alegres, pero en una etapa donde todo es nuevo, todo cambia, no siempre está la alegría”. “Es difícil que se sientan seguros con un grupo de amigos; si se habla, aparece la broma, el chiste, cuestiones vinculadas con sus parejas y no tanto desde lo que cuesta, lo que preocupa”, agrega.
De qué hablan cuando hablan (de verdad)
Que los varones no hablen sobre sus sentimientos asociados a la paternidad no significa que no tengan la necesidad de hacerlo. Aunque el propio sistema y la sociedad muchas veces los arrastre a no problematizar su rol como padres ni a cuestionar lo establecido, los especialistas se encuentran cada vez más con excepciones a la regla. Lo complejo es lo que les toca: muchos padres de hoy están confundidos entre lo que parte de la sociedad aún espera de ellos como varones y los padres en los que les gustaría convertirse por fuera de esas expectativas.
Un estudio liderado por la investigadora Ashleigh Watkins, de la Universidad de Newcastle (Reino Unido), identificó los retos comunes en los padres de esta generación: la tensión entre los mandatos tradicionales de masculinidad y el deseo de involucrarse en la crianza (desde lo que espera la sociedad hasta qué expectativas tienen sus suegros), el agotamiento, sentirse mal preparados y el escaso reconocimiento de su rol, incluso por parte del sistema de salud.
En ese sentido, Rodríguez Añón afirma que “hay una generación de alrededor de 30 años que es la primera que se está haciendo estos planteos a priori, pensándose”. Algunos, por ejemplo, proponen la planificación de la paternidad en terapia al notar el valor que tendría esa preparación consciente con algunos años de anticipación. “Me parece un proceso bastante saludable y ojalá fuera más común, pero te lo presento como una novedad”, explica el psicólogo.
En terapia, los padres de esta generación bisagra suelen someter a análisis su angustia, su ansiedad, sus miedos y sensaciones de malestar consigo mismos por sentirse relegados en las decisiones y por no saber cómo ser parte de un proyecto de a dos. “Hay una búsqueda de la clave para estar bien con la paternidad en proceso y realmente no la encuentran. Acompañan las clases de parto y de maternidad, pero ahí tampoco hay muchas cosas que los involucren más allá del acompañamiento”, apunta. En la misma línea, Jaurena añade que la angustia muchas veces proviene de sentir la exigencia por ocupar el rol de proveedores, además de dar estabilidad y ser sostén para sus parejas, junto con la expectativa de tener que estar siempre listos, preparados y seguros “para sostener algo de lo que también se está formando parte y que tampoco se sabe a dónde va”.
Rodríguez Añón dice que, en general, los nuevos padres llevan su agotamiento a la terapia desde que nace el bebé y no hay suficiente claridad acerca de su rol. “Hay un fastidio al no saber qué hacer con el tema de los cuidados, y vamos pensando juntos cómo generar esos turnos de cuidado para que ella descanse”, plantea. Entre otras cosas, también existe la fantasía masculina, expresada en terapia, de mantener el resto de su vida intacta. Los varones entienden que deberían poder hacer frente no solo a la demanda de trabajo, sino además al ejercicio, a jugar al PlayStation, a encontrarse con sus amigos. “Aunque tengan 30 y pico, hay un poquito de dificultad para abandonar los hobbies y otras diversiones y concentrarse en la paternidad”, señala.
Los roles de cuidado siempre se asociaron a lo femenino, incluso desde lo lúdico, al fomentar que las niñas jueguen a ser madres. Salvo excepciones, buena parte de los varones no tienen contacto real con escenarios de crianza hasta la llegada de su propio hijo.
Por todo lo que conlleva esta transformación vital, Rodríguez Añón considera “sumamente necesario” que los varones formen una red sobre la que apoyarse al convertirse en padres. “Evidentemente se trabajarían cosas de manera distinta, o los mismos temas encarados desde diferentes lugares u ópticas. Me parece sumamente saludable”.
Para Rodrigo, de 30 años y padre primerizo hace dos meses, esa red existe y ha sido fundamental. “Es real lo que me decían, que nadie te enseña a ser padre, que te vas haciendo y aprendiendo, y así lo siento y lo vivo”, cuenta. Al principio le costaba todo aquello que parece tan básico, desde agarrar a su bebé hasta cambiarle los pañales y hacerlo dormir. También, como es de esperar, hubo nerviosismo e incomodidad en los primeros días, sobre todo cuando el bebé lloraba y no encontraba motivos. “Nadie me lo había explicado antes, pero gracias a la experiencia de mi pareja —quien tiene un hijo más grande— fue todo mucho más fácil”, asegura.
Además de la terapia, los amigos que ya habían transitado la experiencia se convirtieron en un sostén. Con ellos habla sobre las situaciones que atraviesa en el día a día y busca consejos cuando aparecen dudas o miedos. Recuerda, por ejemplo, una conversación sobre los celos que suelen surgir en los hermanos mayores ante la llegada de un bebé, y otra acerca de la convivencia con la pareja durante los primeros meses y cómo su amigo afrontó ciertos conflictos. “Planteo situaciones que me suceden en el día a día y me hacen sentir acompañado y escuchado”, afirma.
Su experiencia refleja lo que observan los psicólogos: “Si sentimos que nos escuchan y que estamos en un lugar seguro, nos abrimos”, señala Rodríguez Añón.
Mientras esa tribu no se cree de forma natural en el propio entorno del varón, seguirán surgiendo círculos como el de Maternarse, liderado por Jaurena, entre otros talleres específicos para padres. En esos espacios, sin embargo, la apertura tampoco es automática. “No es espontáneo, hay que generar confianza”, asegura.
Lo primero que surge en estas charlas es la falta de información de buena parte de los padres acerca del desarrollo de la infancia. “Puede llevar un tiempo entrar en el training de cantidad de veces que se puede enfermar un niño, el tema de la lactancia. En esos encuentros aparece mucho lo incierto, la duda, el temor”.
De Souza, por su parte, agrega que en general los varones llegan hablando sobre temas prácticos de rutina, como el sueño y cómo acompañar a la pareja; luego, al sentirse habilitados, comienzan a hablar de sus sentimientos.
No obstante, ninguna red será suficiente mientras el sistema en general no cambie, concluyen los especialistas. Jaurena dice que “falta sensibilizar en ámbitos legales, donde se promuevan más días de licencia por paternidad”, al igual que en el mundo laboral o en el sistema de salud. Que se normalice que el padre pida permiso en el trabajo para acompañar a un hijo al control de rutina, así como que el médico se dirija también al padre si está la madre presente. “Los controles de posparto están pensados en la mujer y en el niño o niña. No hay mirada sobre la familia. ¿Cómo está ese papá que volvió a trabajar el día 14? ¿Se pudo tomar todos los días? Hay exigencias que recaen sobre el hombre y no se observan y analizan. Esa mirada sistémica sería revolucionaria”, concluye.