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    Crónica de un concierto memorable en el Teatro de Verano

    Sr. director:

    Veinte años de Los Problems flotando: entre “los eucaliptos de al lado”, el Parque Rodó y el Río de la Plata.

    Corría el año 1991 y, con apenas 12 años, mi hermana me llevaba a ver a Los Estómagos en su nuevo formato de Buitres Después de la Una, en los escenarios pequeños de la ciudad donde nacieron: Pando. Ser la mascota de mi hermana, periodista del rock desde antes de serlo, era lo más grande que había. Ella conocía todo sobre el rock de la posdictadura: los entretelones, las historias de las canciones, las integraciones anteriores y actuales de las bandas. Gabi me llevaba al medio del pogo, me cuidaba y todos los punkrockers me sonreían. Yo me sentía grande, muy grande. De adolescente, ya independiente, continué con la tradición de seguir las bandas de rock locales. Mis primos tenían La Factoría, escenario imprescindible de muchas bandas locales y regionales. Tener primos así era una garantía de complicidad de disfutar del rock local sin tener edad en la cédula ni dinero en los bolsillos.

    Desde entonces, mi lugar en el mundo es el escenario de la música en vivo. Concretar entradas para un recital es como viajar: comienza antes, en la previa, cuando se disfruta de la discografía y se imagina, en una dinámica lúdica, cuál es el repertorio que van a tocar esa noche. El viaje: esa noche. El después: disfrutar repasando el material audiovisual y escuchando los temas de estudio que fueron elegidos en el menú de aquella noche. Debo confesar que me encanta haber estado en casi todos los recitales de las bandas que sigo, en el festejo de sus años redondos.

    Ayer fui a ver por primera vez a Eté y Los Problems, en el festejo de sus 20 años. El motivo: escuchar en vivo el mejor disco de los últimos años del rock uruguayo. Plata es una obra de arte, de inicio a fin. Tiene coherencia, armonía y melodía, y un contenido musical para salir a correr con el viento en la cara (“Las palomas”), para llorar (“Arariyo”) o para reírse y enternecerse hasta los huesos (“La espuma”) o ponerse la piel de gallina con las gaitas de “Nubes”. Quizás es la inspiración en la Ciudad Vieja, lugar donde nací y crecí con el aire del Río de la Plata que la rodea, que permea en cada una de sus letras y melodías.

    El pronóstico del tiempo del 29 de noviembre nos tuvo en jaque desde temprano. Si bien daban lluvia los días previos, ese día parecía que dejaría de llover para la hora del inicio del espectáculo. Y finalmente así fue: llovió toda la tarde de un día gris y, sobre el rosado atardecer, el cielo nos regaló un arcoiris completo sobre la rambla, el cual el vocalista y lider de la banda, Ernesto Tabárez, lo expresó como un regalo y una señal poderosa para el buen augurio del recital. Y así lo fue: un espectáculo que valió la pena haber vivido para poderlo contar.

    Luego de secar la banqueta con un buzo del escenario a cielo abierto del renovado Teatro de Verano, nos sentamos por tan solo dos minutos, ya que apenas el recital comenzó a sonar la melodía del primer tema de su disco, “Oración al marinero”, la gente se levantó de sus asientos y así transcurrimos de pie. Una banda radiante y feliz de festejar sus primeros 20 años, y un cantante muy emocionado comenzaba a conversar desde el inicio con su público, advirtiendo que no iba a hacer caso de la advertencia que su propia banda le había hecho de que no hablara mucho y que claramente no tuvo en cuenta.

    El recital recorrió buena parte de su discografía mezclando temas viejos menos conocidos, sus temas más populares y el disco Plata de inicio a fin, respetando el orden armónico que tiene el disco. Los invitados estuvieron presentes prácticamente en todo su repertorio (algunos espoileados por sus redes horas previas filmados entrando en las pruebas de ensayo); así abrieron: Martín Quiroga y una cuerda de tambores en el potente tema “Ismael”; Gabriel Peluffo en “El gesto de la nada”. El momento alto y sorpresivo de la noche fue el de Dani Umpi, que se comió el escenario en una fusión explosiva y todo fue luz . El cierre con La Catalina estuvo correcto y acorde al lugar donde se estaba llevando a cabo: el templo de Momo.

    Sin embargo, no puedo recordar los nombres de las mujeres en las cuerdas de violines, dulces, suaves y anónimas. Cantantes mujeres que apenas fueron presentadas con voces hermosas en “Santa María” y “¡Ay, amor!”, en las cuales cantaron tímidamente al costado y en un segundo plano del vocalista en el escenario (Niña Lobo, Laura Gutman). La comunicación corporal del cantante primó sobre las palabras; el espectáculo fue Tabárez-centrista, a lo largo de las tres horas. Está claro que los vocalistas lideran las bandas y que el sueño de la banda estaba sucediendo, pero sobre todo vivimos el sueño del propio rockstar, como lo mencionó en reiteradas oportunidades e incluyó el show de meterse tímidamente incendiado entre un puñado de público de la platea baja, cantando prendido fuego.

    Un punto alto de la noche fue la versión de “Los muertos”, que el cantante comenzó cantando sentado al borde del escenario:

    Pintar de rimel la boca negra de los recuerdos. / Ungir de incienso y mirra la memoria y recordar la mejor vez. / Llorar y después enterrar a los muertos.

    La emoción estuvo a flor de piel a lo largo de toda la noche. Bárbara Jorcin, su tecladista y principal coreuta, brillaba con su voz clara y complemento perfecto de la homónima y áspera de Tabárez; intentó tomar la palabra en dos o tres oportunidades con comentarios de aliento e intentando desmonopolizar la palabra, siendo rápidamente desplazada por los del vocalista. Pareciera que no había lugar para otros comentarios que no fueran los del cantante principal.

    El espectáculo fue musical y visualmente hermoso; casi tres horas de música en vivo, con un sonido impecable y un despliegue de luces a cargo del iluminador Enzo, al cual el vocalista le dedicó unos minutos y le agradeció fehacientemente su presencia en esa noche. Sin embargo, si bien habló de la importancia del trabajo en equipo, entre las sombras del espectáculo estuvo la ausencia de presentación ante el público de sus músicos, fundamentales para que este sueño se cumpliera.

    Al final, un cierre espectacular con “Hambre”, canción que le da nombre al cuarto disco de la banda; todos los invitados arriba del escenario, al son de los coros del público que acompañó muy entusiasmado y feliz: “Al final, al final, todo vuelve a cambiar al final…”, en un loop infinito.

    La banda lo dio todo. Había ambiente de fiesta y 3.500 personas acompañaron coreando y bailando en el sueño de una noche que no fue tan de verano, más bien invernal. Sin embargo, en palabras del propio Tabárez, nadie le cantó que los cumpla feliz. Al final, al final, la banda vuelve para sacarse la selfi con el público, la foto que no puede faltar en los nuevos recitales; esa en la que miramos todos ilusionados y levantamos los brazos, para inmortalizarnos en ese momento y que luego no te encontrás nunca, pero sabés que estuviste ahí, grabando el disco de los 20 años de una banda que se encuentra dentro de las mejores del rock nacional.

    Sin dudas, el Darno, referente principal de la banda y dador del nombre del grupo, se hizo presente en el aire durante toda la noche.

    Recuerdame, mi mejor vez; / la espina no, la flor, la flor, / si es que hubo flor.

    El final… al final…, en el propio final, los muertos siempre nos unen.

    Natalia Bernardi De Vecchi

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