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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMe gustaría ofrecerle un breve análisis sobre la posición del presidente al firmar “la declaración de una sola China” para que pueda compartir con los lectores de su prestigioso diario.
Se sigue instalando la idea de que Yamandú Orsi es un presidente de trámite. Un hombre simpático, de sonrisa fácil, de tono manso, con esa cara de “yo no sé” que a veces desarma hasta al más desconfiado ¿Quien estaría a la defensiva de alguien que dice no saber? Pero lo que estamos viendo en estos primeros movimientos es otra cosa. Y, a esta altura, seguir subestimándolo empieza a parecer más un error nuestro que una virtud de él.
Lo digo porque no es la primera vez que Orsi logra un resultado que, en la lógica política tradicional, no era sencillo. Hace poco lo vimos en el plano interno, cuando consiguió que el intendente de Paysandú y el de Florida terminaran apoyando el proyecto de María Dolores. No fue casualidad, ni un alineamiento espontáneo, ni una coincidencia feliz. Fue política real. Negociación, lectura fina y una capacidad para mover piezas sin hacer ruido, y, lo más interesante, el costo no lo pagó él; acordó y dejó al Partido Nacional con un breve problema interno.
Ahora lo volvemos a ver en el plano internacional. Orsi firmó el respaldo al concepto de “una sola China” en el marco de una reunión con Xi Jinping. Y la discusión pública se fue, como casi siempre, a los extremos. Para algunos, fue una traición. Para otros, una decisión sin importancia. Pero en realidad lo que parece es una jugada calculada, de esas que se hacen con la certeza de que el costo es mínimo y el beneficio potencial es alto.
Porque Orsi sabe algo que muchos todavía no terminan de asumir. El mundo está volviendo a una lógica de zonas de influencia. Las grandes potencias están marcando territorio y los países chicos, si no juegan con inteligencia, quedan atrapados entre intereses que no controlan. Donald Trump ya dejó claro que Estados Unidos va a proteger sus espacios de poder. China hace lo mismo. Y el resto, si no se adapta, se vuelve irrelevante o directamente prescindible.
En ese contexto, la firma de “una sola China” tiene un peso simbólico evidente, pero también un componente pragmático. Uruguay no está votando una invasión a Taiwán ni avalando una acción militar. Está repitiendo una fórmula diplomática que muchos países ya sostienen y que, en los hechos, no genera un conflicto inmediato con Washington. Estados Unidos no va a reprocharle a Uruguay una declaración que, en el fondo, forma parte del lenguaje diplomático que medio planeta ya utiliza para convivir con China sin romper con Occidente. Orsi lo sabe. Por eso lo firma. Y por eso lo hace en el momento y el lugar exacto donde puede traducirse en una tajada comercial para Uruguay.
Entonces la pregunta no es si el presidente es ingenuo. La pregunta es si nosotros, desde la oposición, vamos a seguir actuando como si lo fuera. Porque la política tiene una regla vieja pero vigente. El que se cree más vivo por mirar al otro con desprecio suele ser el primero en perder una partida sin darse cuenta.
Hoy fue Taiwán. Ayer fue María Dolores. Mañana puede ser otro tema más sensible. Y lo que empieza a quedar claro es que Orsi no es un presidente decorativo. Puede gustarnos o no, pero está demostrando que es un adversario a considerar.
Quizás sea hora de que en la oposición dejemos de mirarlo como un individuo que no sabe y empiece a tratarlo como lo que puede ser. Un ajedrecista silencioso, de esos que no levantan la voz, pero avanzan casillero por casillero hasta que el resto se despierta tarde.
Esequiel Ibarra
Convencional nacional
Partido Colorado